jueves, 31 de diciembre de 2015

Bone tomahawk

Año 1850. Llega a Bright Hope un forastero que rápidamente levanta las sospechas del sheriff, el cual le detiene después de una disputa. Una bella mujer decide cuidar del preso hasta que una noche ambos desaparecen. Debido a que la única pista es una flecha que pertenece a una tribu de caníbales, el sheriff irá en búsqueda de la joven acompañado de algunos hombres entre los que se encuentran un vaquero y un anciano.


¿Te gusta el revuelto de sabores antagónicos y opuestos? Adelante, has encontrado tu película; pistolas de ciudad contra hachas de las cuevas.

Y el héroe acabó siendo un lisiado en busca de su amada mujer...
Porque en el fondo no deja de ser un western clásico, ese en el que los malditos indios atacaban el honrado poblado y secuestraban a sus hermosas esposas a las que liberar; sólo que, en esta ocasión, los salvajes han sido sustituidos por cavernícolas antropófagos que se desviven por devorar carne humana; trogloditas de esperpento comportamiento, cuya imagen no deja de chocar con el ambiente árido y seco de un curtido sheriff, su anciano ayudante, su reluciente segundo y un añadido que, realmente no quiere estar allí.
Marido inválido a la cabeza de un cuarteto que busca venganza y rescate, ambos a poder ser, de entrada lenta en la materia se toma su tiempo para situar a los personajes y la atrocidad que está por suceder, contundencia relativa de unos diálogos y conversaciones que no dan para gran entusiasmo ni apetito; parece querer recrearse, con mayor gusto, en las escenas físicas, repulsivas y repugnantes, en la barbarie violenta y el enfrentamiento atroz que en nutrir el tiempo comunicativo de contenido instructivo, emocionante y válido; lo de que el susodicho sea cómico es sabor aparte.
No se corta en la imagen feroz y cruel, en la devastación corporal de bárbaros salidos de la nada, extraña mezcla de hombres de bien contra el mal inhumano salido de las cavernas, cuya balanza hace hincapié en la bestialidad de los segundos; la dificultad seca y ardua de su ruta no se compone de gran aliciente, sólo un desmenuzar la margarita para ver quién irá cayendo primero, y cuál es la designación del adalid superviviente que pondrá a todos en su lugar, así como aquellos afortunados que le acompañen en ese triunfante y desvalido desfile final.
La fotografía acorde a la supuesta época donde se sitúa, la banda sonora bastante catástrofe para amenizar los fotogramas aunque, siendo justos, el

guión le va a la zaga pues intenta extender, con dos horas y 13 minutos de impacto visual, tacto cuestionado y consumo exclusivo, lo que se adivina a los cinco minutos y, a pesar de tu entrega de no abandonar y continuar a su lado en dicho camino, éste tampoco mejora en demasía al compás que avanzan los tramos.
Llegado un momento, el desvío de la bella doncella a localizar se convierte en un compasivo observar tanto desasosiego y desastre, tanto acoso y matanza por doquier de quien empieza a necesitar de una mano amiga que le ayude a recuperarse y continuar avance; no hay frases elocuentes, ni épicas batallas, únicamente cuatro desahuciados intentado llevar a cabo su loable misión de devolver, sanos y salvos, a quienes fueron despojados de su cálido hogar por la fuerza.
“Bone tomakawk”, hacha de hueso, insuficiente trabajo para entretener la velada con dicha lograda; S. Craig Zahler ofrece una delirante y fantasiosa aventura, alargada con erróneo exceso, que podría servir como peculiar anécdota de una combinación atrevida e irreverente que suena graciosa y divertida pero, su inicial ocurrencia se apaga y frustra según se digiere su trabajo interior y esencia; aunque también es cierto que, por ridícula y absurda que ésta pueda llegar a ser..., si vinieron los alienígenas a enfrentarse con un James Bond de pantalones ajustados y revólver al cinto, ¡por qué rechazar a
estos hombres de las madrigueras, de rivalidad dura y catastrófica!
Tampoco es que sea un continuo despropósito, sólo un mareo de salsa roja que se sale de madre cada vez que se le antoja, con pautas de valiente campeador en busca de su amada; como drama heroico, de hazaña peligrosa, no logra decibelios de calor, adrenalina o tensión, únicamente mezcolanza de un espectáculo gore que parte de un tradicional John Ford para derivar en terror sangüíneo, macabro y escabroso, que puede gustar a fans del género pero, para la presente, tanta ida y vuelta de géneros distintos sin destreza ni condimento, ni se disfruta, ni agrada, ni se le encuentra su punto picante.
Bajo presupuesto para un filme novedoso donde director, guionista y encargado de la música se encierran bajo la misma persona, proyecto privado cuidado con cariño que tiene sus encantados devotos que aplauden con esmero; para mi, la sorpresa no ha sido ni desagradable ni apetitosa, sólo una rareza que no consigue eclipsar mi avidez, voracidad o gula; excelentes actores, morbo de unión chocante pero, sencillamente, algunas mezclas no apetecen, no combinan bien; también es cierto que no soy
apasionada del terror como género filmográfico por tanto..., lo que para mi empaña un meritorio relato a lo Eastwood renovado, para otros es innovación, potente y lustrosa, que luce originalidad fabulosa por todas sus partes.
Enhorabuena para ese sector, yo me hallo en bando contrario.
Pretérito western aterrador, de ciencia ficción surrealista, que avisa pero no previene de la reacción ante su visión y consumo.


Lo mejor, sus intérpretes y la curiosidad de desenvolver lo que encierra en sus entrañas.
Lo peor, al no ser de tu estilo y anhelo, no hay forma de apreciar su osado tanteo.
Nota 5,8




miércoles, 30 de diciembre de 2015

El becario

La joven dueña de un exitoso negocio online dedicado a la moda acepta a regañadientes que la compañía contrate como becario a un hombre de 70 años, pero poco a poco irá dándose cuenta de que ese hombre es alguien indispensable para la empresa.


Nada, como un curtido becario, para arreglarte la vida.

¡Pero si no pedía mucho!, una comedia ligera, amable y simpática, que llenara mi tiempo de ocio y aportara distracción tenue y ¡ni siquiera llega a tal escaso rango!
Dos horas para nada, para un guión laxo, de escenas con contenido ausente, donde te cansas de observar a un Robert De Niro, desganado y desaprovechado por el pobre papel que tiene que realizar, y la dulce sosaina de frases a recitar.
¡En serio no se le ocurrió a la guionista nada más sabroso, divertido u ocurrente con que llenar el abundante espacio!, o simplemente algo de calidad y esmero para unas sentencias más enriquecedoras, de palabras dignas de oírse y no tanta melosidad, de ritmo ñoño y ambiente de colegas ¡super guay!, que de tan angelical y sedoso plan ofertado, rompe el espejo de la madrastra de Blancanieves pues ésta es glorificación de mujer emprendedora, mamá cumplidora y empresaria de éxito que, por supuesto, sabrá afrontar el desliz inconveniente que la vida le traiga y sacar a flote su renqueante matrimonio en dicho.
Y a la cabeza, como hombro de apoyo y correcto consejero pensante, su pasante de la tercera edad, que tiene mucho tiempo libre y poco que hacer en él, la verdad.
Entiendo que el referido genial actor, de pasado deslumbrante y honorífico, tenga que aceptar lo que caiga en sus manos, pues está en una edad difícil para seguir trabajando como protagonista en un Hollywood que sólo busca jóvenes de moda, que llamen en masa a un público genérico, pero ¡Anne Hathaway!, si ibas a trabajar en este proyecto, no te se ocurrió solicitar, insinuar, dejar caer a la responsable oportuna ¡un poco más de contenido, carácter y carisma en el argumento!, y ¡unos secundarios de más peso!, ¡no tan lelos, superficiales y ridículos en sus conversaciones!
Porque han cambiado los papeles, ahora eres tú el diablo que se viste de Prada y, aunque no se solicita tanta agresividad ni locura, estilo ni portento, tampoco vayamos al extremo de ofrecer una válida y capaz mujer de negocios, que utiliza a su adoptado
abuelo como terapia socorrida de quien se queja por la dificultad y el coste del triunfo de su sueño; un término medio hubiera estado bien, que son ¡121 minutos de escenas!, no soporíferas pero sí ausentes de interés y emoción, cuya indiferencia y desapego es sentimiento constante, dado el aburrido intercambio de ideas con el que tienen que lidiar y trabajar estos dos grandes actores.
Un agradable vacío inunda a este becario, que se cansa de llevar entre las manos tantas tazas de café, y mira que el inolvidable “Toro salvaje” hace un meritorio cambio hacia ese registro de comprensivo y experto jubilado, que siempre está en silencio para hablar únicamente cuando es adecuado y preciso, y que la lejana “Princesa por sorpresa” sigue siendo un eclipse que la cámara adora, por su facilidad para atrapar su atención y encandilar al público pero, es que hay ¡tanta ausencia de todo en este libreto!, que no deja de rondar la pregunta ¿sale alguien beneficiado de este trabajo?
Porque Nancy Meyers, como directora y autora del escrito visionado, ya ha quedado retratada, y en evidencia, al buscar la virginidad y candor de un relato que se nutre de muchos huecos inapetentes y nulos de nutrición, al tiempo que no deja de estropear a esa creada figura femenina que, aún con triunfal éxito en su carrera y preciosa hija, llora desconsolada y patética pues ¡qué hará si se queda sola!, ¡quién la querrá si su marido la abandona!, amén de que, una vez definida la inmaculada
presencia de la misma ¡para qué cuidar al resto mínimamente! y que no parezcan accesorios de tercera, para estirar un relato que no daba ni para hora y media.
Tampoco sale contenta una audiencia que, aún sabiendo de antemano que será bonachona, cálida, cordial y para pasar el rato, descubre que no logra entretener ni media partida pues, al poco de su inicio ya te das cuenta de que estira lo que no da para mucho, y lo poco que sí daba, era de un anodino vacuo que no se esperaba.
Pero ¡ya está hecho y consumido!, para error y enfado de la presente; convencional aplauso a la familia por encima del sacrificio que haga falta, sentimentalismo para enternecer tras situaciones de supuesta gracia, previsible adivinación de todo su recorrido y, un final de felices para siempre, tras hallar la paz para respirar mientras se practica tai chi, que dan ganas de llorar por no reír, y por malgastar la ocasión de hacer algo digno y loable con la unión de estos dos estupendos intérpretes.
“Sólo se que hay un agujero en mi vida y tengo que llenarlo. Pronto”, el problema es que se lo pasas a una espectadora, que inició la cinta ilusionada, y termina desencantada de tanto mustio encanto.
Nunca tanta amabilidad fue tan extenuante y desfalleciente.

Lo mejor; sus dos actores principales.
Lo peor; una falta total de imaginación, para crear un texto motivador que no agote.
Nota 4,4


 

martes, 29 de diciembre de 2015

Paulina

Paulina es una joven abogada que regresa a su ciudad para dedicarse a labores sociales. Trabaja en un programa de defensa de los derechos humanos en zonas humildes de la periferia de la ciudad. Tras la segunda semana de trabajo, es interceptada y atacada por una patota.


Madurez de convertir, las metáforas de pensamiento, en realidad de itinerario.

“Les tienes miedo.” “No.” “Peor, les tienes lástima”
Poderosa arma es la pena, aquella silenciosa culpa de quien mira desde arriba avergonzada de su mejor condición económica, marginalidad social cuyos deleznables actos se perdonan y asumen por ese presente síndrome de estocolmo que te lleva a simpatizar y fraternizar con tu anónimo agresor, cuyo nombre y rostro reconocido no hace más que profundizar en esa actitud de heroína salvavidas, de quien mereció más suerte en la vida.
Naturalidad paisajística para una fotografía rural, del pueblo, que es personaje tan importante como la protagonista, creencia en unos principios, identidad y seña de su persona cuya firmeza en su valor y contenido será llevado hasta las últimas consecuencias, esa obsesión de raíz profunda por huir del clasicismo, cinismo y acomodamiento de cuna y adentrarse en tierra llana de mochilera, como una más, integrada en una región y estatus social que le estallará en la cara, y pondrá a prueba la solidez de sus afirmaciones altruistas frente a ella, así como la incomprensión de todos los que la rodean.
Dolores Fonzi es la historia, en sufrida carne de mirada fija, una soberbia y penetrante interpretación de quien está en shock a los ojos del que observa desde fuera, pero robusto espíritu interno de asumir las secuelas de un acto vandálico, producto del devenir de quien es olvidado por la sociedad y se mueve entre la violencia; toda una osada mártir que se abre camino contra viento atacante y marea dolorosa de ser víctima sin pedirlo, por partida doble,
por un lado la agresión que sufrió el cuerpo, por otra la excusa que un alma, confusa y devastada, refiere hacia su asaltante.
El guión es meticuloso y concienzudo, sensible y feroz, sin artimañas ni engaños y con claridad humilde expone una situación complicada de quien está sola en su bando campeador, en lucha contra todos quienes la envuelven, juzgan y no entienden; y en ese barullo cognitivo y desorden emocional se encuentra, también, un espectador ofuscado y atrapado que sigue los pasos del argumento con atención perpleja e incomprensible, al igual que todos los seres queridos que la acompañan.
Te incorporas a la lista de conocidos de la lesionada que no comprenden su proceder, lo cual aviva tu interés por el discurrir del relato; Santiago Mitre sabe plasmar una crónica de un sólo acto que tendrá secuelas duras de aceptar y engorrosas de asentir, no hay reproche, no hay sed de venganza, no hay ojo por ojo, únicamente el rostro sereno, inmutable y consistente de quien ha decidido por si misma, sin vuelta atrás.
No vas a perder de vista las escenas, te vas a interrogar sobre el desbarajuste racional de la persona violentada, vas a continuar hasta su final con querencia de una comprensión que se resiste y escapa; sin opción a ignorar la cinta, se descarta el pasivo mirar sin involucrar las opiniones surgidas, un
cuestionado debate sobre su por qué y motivación que te asistirá durante toda la proyección, síntoma de que has acertado en la elección de un drama austero, pero de enorme calado y vigorosa energía. cedida con la lentitud de un medidor de intensidad que aporta sus gotas con calma, entereza y mucha incertidumbre sobre la motivación de sus razones.
Sin duda te hará pensar, sin remedio se introduce en tu mente para que cuestiones las posturas ofertadas, con simpleza y sosiego se hace con tu alma al capturar ese raciocinio que a todas luces debería seguir toda persona cabal vulnerada; pero Paulina es diferente, luchadora política es desafiante en todas sus batallas, le sobra resistencia y fuerza para realizar las cosas a su manera y por todas demuestra, que lo suyo no eran sólo palabras, sino convicción de una postura de existencia e ideal de mejorar las cosas.
“Este hijo es el resultado de una situación social que desconoces”, no se busca culpables, ni enemigos que
llevar a la guillotina, sino la opción de un perdonado largo plazo que varíe la discriminación de nacimiento y lugar; invita a reflexionar, a oír posturas alternas a la propia, a respetar esa elegida opción contra corriente y a digerir una solución desconcertante.
Elegante cine argentino, remake de la obra de Daniel Tynaire del 61 que conserva su cáliz intacto, para gratitud de un espectador embelesado.
Merecedora de tu elección y tiempo.

Lo mejor, la poderosa y cautivadora actuación de su protagonista.
Lo peor, el guión deja sin consideración ciertos cabos e incógnitas.
Nota 6,5


lunes, 28 de diciembre de 2015

Un paseo por el bosque

Tras pasar dos décadas en Inglaterra, Bill Bryson regresa a los Estados Unidos con el fin de emprender la gran aventura de su vida: escalar el sendero de los Apalaches y sus más de 3.500 kilómetros de longitud. En este viaje contará con la ayuda de su viejo amigo Stephen Katz quien, después de toda una vida confiando en su ingenio para escabullirse de sus deudas, es el único loco dispuesto a acompañarle en su espectacular viaje.


Excursión para jubilados que necesitan inspiración de pasatiempo.

En el aeropuerto, a la espera de su compañero de aventura y milagro que sea su apoyo en caso de dificultad y percance y..., la primera vez que tienes reunidos a los dos personajes, tu inmediata impresión es ¡qué dura es la vejez!, ¡qué dictatorial sentencia presenta!; a continuación, tras dicho sorpresivo efecto, por ese inesperado impacto de un desfigurado Nick Nolte y un más esbelto Robert Redford, comienzas a simpatizar y disfrutar de la sabiduría de estos dos inteligentes actores, con años de válida y reconocida experiencia.
Tampoco es que encuentres una maravilla de guión que de para regocijo exquisito, es cálida, grata, de conversación en tono irónico buscando algo parecido al humor sincero e instantáneo de aquel que dice verdades amargas riéndose de los demás y de el mismo.
Avanza con sencillez y cordura de lo que es creíble y de lo que sería desproporcionado intentar, experiencias de dos amigos de antaño con un objetivo a la vista, atravesar el sendero de los Apalaches realizando senderismo, ese arte de poner un pie tras otro, con mochila a cuestas, y hacer camino mientras se place, deleita y aprecia el terreno montañoso y las hermosas vistas.
Basado en el libro de Bill Bryson, que se aventuró en dicho viaje, no hay motivo para empezarlo, tampoco ninguno para acabarlo, punto de partida de un argumento que empieza con cierta gracia a comicidad trabajada pero que, poco a poco, se dirige hacia el relleno fácil con alguna travesura que está de
más dada la pareja formada; ese clásico panorama de recuerdos y añoranzas, de comparar presentes y de echarse en cara la evolución escogida por cada cual, algún amago por aquí, cierta patosa carrera por allá, mínimos momentos para la intimidad y la ocasional metedura de pata que les obliga a ser ingeniosos mientras descansan a respirar.
Porque es lo que vende, esa maravilla de pausa anímica cuando se está en contacto con la naturaleza, esa profunda respiración de quien deja la mente al margen de los habituales problemas, esa superación de una auto impuesta prueba, de gran logro y dureza, que no tiene fin ni objetivo excepto estar con uno mismo y respirar todo lo profundo que se pueda.
“Intenta no morirte”, expresa una siempre serena y firme Emma Thompson, como elegante secundaria de lujo para esa diestra respuesta, “haré lo que pueda”, de sarcasmo escondido por una edad que ya dice lo que piensa, sin sociales tapujos, reflejo de esa sonrisa cómplice que surgirá por cariño y apetencia hacia los intérpretes, dado su esfuerzo y ganas de gustar y agradar; es la motivación que mantiene su consumo, pues no aporta gran cosa excepto esa simpatía,querencia, testarudez y rebeldía de dos adultos entrados en edad probando a ser temporalmente jóvenes, aunque los achaques de sus cuerpos les recuerden, sin excusa ni perdón, que ya no pertenecen a dicha época.
Ken Kwapis ofrece un trabajo amable, complaciente, dicharachero, de colegas haciéndose compañía mientras se enfrascan en un camino de Santiago en
tierras americanas, amena no tiene propósito, únicamente llenar el tiempo de viaje con informal conversación que distraiga medianamente; pero vale, no importa, es el aniquilado príncipe de las mareas que intenta sobrevivir y reinar de nuevo, más ese hombre del presidente que sigue dando su rotundo golpe aunque ya no impresione, ni enamore y haya perdido parte de su gran maestría y destreza.
Da para velada modesta que busca visión afable y anodina, tiene una bella fotografía, pues la ruta elegida posee paisajes de grandeza sublime para la mirada y el alma, el resto es un dúo armonioso y cordial que intenta provocar cierta chispa aguda con sus palabras y torpeza entrañable, siendo ternura y condescendencia lo que mayormente se les concede.
“¿Cómo sabes todo eso?” “Libros, es la televisión para los inteligentes”..., siempre hay que dejar caer algo de instrucción educativa y personal halago hacia la profesión de uno -la cinta proviene de la escritura de un libro- que, oída desde esa ventana que le ha llevado a la gran pantalla del cine, no deja de ser toda una paradoja.
Un paseo por el bosque; efectivamente, no promete más. La caminata es de relajado domingo, con alguna difícil cuesta, piedra incómoda, resbalón inoportuno pero, en general, suavidad sin complicaciones como estandarte.
¡Adelante, veteranos!, ¡a correr su propia descafeinado juerga!, os lo habéis ganado, así como el respeto por los años de placer y encanto otorgados.

Lo mejor; Nick y Robert, Redford y Nolte.
Lo peor; no pretende hacer gran cosa con ellos, excepto cháchara de paseo.
Nota 5,5



 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Sufragistas

Cuenta la historia de las sufragistas inglesas en los albores de la Primera Guerra Mundial. La mayoría de estas mujeres no venían de clases altas, sino que eran mujeres trabajadoras que veían cómo sus protestas pacíficas no servían para nada. Radicalizadas y volviendo su lucha cada vez más violenta, estaban dispuestas a perderlo todo en su búsqueda incansable de la igualdad: sus trabajos, sus casas, sus hijos y sus vidas.


“Si quieres que respetemos la ley, hagamos que la ley sea respetable”

Con todo el respeto para el importante asunto que trata, el carácter histórico de los hechos, la contundencia de lo obtenido ¿no esperabas más intensidad e impacto?, ¿un relato más sonoro y rotundo, que emocionara con vehemencia al corazón y no dejara respirar un segundo al alma?
Sin duda sales del cine comentando lo visto, enaltecida ligeramente por ese final que acelera lo que era visión suave y comedida pero ¿suficiente ese cierre trágico para aquello que está registrado, por siempre, en la memoria de quien se moleste en leer, informarse o curiosear sobre el desarrollo del movimiento feminista y, en concreto, del duro y firme sufragismo?
“¡Por el voto feminista!”, obviedad de contenido por el que escoges y acudes a ver la película, “No queremos quebrantar leyes, queremos redactarlas”, parte del coraje discurso conocido que se espera recibir, “¿Cómo nos haremos oír?”, prevista sinopsis de interrogante a deslucir cuya respuesta no parece tan vivaz, elocuente y de marcada huella como cabría encontrar...,
..., pues el primer receso se presenta con la escasa aportación de Meryl Streep a dicho proyecto, usada más como atractivo reclamo para la taquilla que otra cosa -paradoja de uso permisivo, que aquí cobra forma de denuncia-, para continuar con ese vendido lema, grabado a fuego, “Son los hechos, y no las palabras, lo que nos dará el voto”, resolución que, como reflexiva captación sugestiva, produce un exiguo pero continuo resquemor interior que susurra, con insistencia, que la letra expresada no posee tanto vigor y fuerza como se aguarda y que los actos, sí, al final consuelan en el drama escénico que se crea pero, hasta esa última definitiva jugada como que son lentos, menores y poco cautivos de la supuesta grandeza que deben narrar en sus entrañas.
Con una magnífica caracterización y una excelsa fotografía, recrea con sabia cautela, de pasos medidos, el enorme sacrificio que tuvieron que afrontar tan valientes mujeres en su lucha contra la sociedad del momento, ese dictatorial mundo dominado por hombres que no parecían entender otra forma de diálogo que la violencia y el enfrentamiento, guerra como lenguaje forzado emprendido por Emmeline Pankhurst, sombra perpetua que domina todo el relato pero a la que apenas se saca el provecho debido pues, quien nunca halla oído hablar de ella saldrá de la cinta con la misma carencia que entraba sobre esa mujer tan mencionada en las conversaciones pero tan poco vista en escena, excepto por esa intuición que le afirme que fue personaje decisivo para lograr el voto femenino.
En conclusión generalizada reina una suavidad, comodidad y errónea calma absorbida que evita que
surja esa emotividad que aflija tu pensamiento y conmocione a una esencia cuya lágrima y ternura, dolencia y comprensión se presentan, pero no con la densidad y robustez ansiada.
Endeble retrato dado todo lo que se cocía, laxa exposición de evolución cautelar, meticuloso cuidado en sus detalles perceptivos, con último sobrecogedor acto, pero visión escasa en su ardor, fogosidad y arrebato, neutra vivacidad es lo que se concluye en su consumo progresivo ya que, a tal común afirmación, de tan sometida época, “No es nada en el mundo”, respaldada por esa demoledora sentencia “Así es la ley”; contraatacada con ese contundente e imperativo “Prefiero ser rebelde a esclava” y que aún haya espacio para definir, con educación y comprensión, a tan opuestos bandos “Ambos somos soldados a nuestra manera” y..., a todo ello no le acompaña ese empuje, excitación, arrojo y determinación de quien no puede dejar de mirar la pantalla, pues su raciocinio ha sido capturado por la misma.
Sarah Gavron presenta una crónica formal, leal y correcta de un hecho en concreto como ejemplo de la agónica y sufrida batalla que tuvo lugar por obtener esos derechos de los que hoy, gracias a ellas, todas las mujeres disfrutamos pero sabe a corta y privativa manifestación pública, las sensaciones no se enaltecen, ni hay grave impronta en una razón y emotividad que escucha atenta pero no se intimida ni enmudece ante lo ofrecido.
Brillante Carey Mulligan, una actuación sensible, dura y electrizante, la historia debe contarse, merece su
sitio en la gran pantalla pero su guión adolece del prestigio requerido, de la celebridad merecida, resulta insuficiente dada la notoriedad e importancia del movimiento sufragista; es evidente la falta de precisión y redondez de la guionista y de la directora, quienes ponen mucha voluntad y mérito en su trabajo pero logran un filme modesto y sencillo, necesario y válido pero no la escrupulosa obra maestra que merece el referido movimiento; dicha cinta todavía está pendiente de venir y ser rodada.
No hay galones para la presente, sólo una mención especial de recatado interés.

Lo mejor; la interpretación de su protagonista, su fotografía y el sugerente motivo del tema.
Lo peor; se conforma con una lectura ligera de lo que fue una cruel y feroz guerra.
Nota 6


sábado, 26 de diciembre de 2015

Invisibles

George es un hombre en plena decadencia personal que se ve obligado a acudir a un refugio para los "sin techo" en Nueva York. Allí, sin recursos de ningún tipo y forzado a pedir en la calle, deberá enfrentarse a su nueva situación con la ayuda de Dixon, un veterano que le ayuda a retomar la relación con su hija Maggie, con la que perdió el contacto hace mucho tiempo.


Perdido en su invisibilidad, por un guión que no sabe nutrirse adecuadamente.

Richard Gere, ese oficial y caballero que hizo sentir a todas las mujeres bonitas con su elegante traje y su imperiosa necesidad de cariño, símbolo eterno de ese maravilloso cuento de amor que tan bien ha representado durante años, y por el cual tanto se le ha idolatrado.
Ahora persona desolada, devastada y hundida, que vaga por las calles de Nueva York, cual errante perdido, ido de la cabeza y abandonado del alma, tiempos felices quedaron atrás, su misión es mostrar la evolución en caída de quien tenía nombre y lugar para la sociedad, en estos momentos invisible para todo el que le mira, si es que alguien osa o se molesta en posar sus ojos sobre lo que sólo parece un bulto que incomoda el caminar por la acera.
¿Convincente en papel tan delicado y fatigoso?, ¿veraz su actuación de quien no tiene nada excepto su enganche por la bebida?; poco son los que le salvan de quemarle en la hoguera, que aplauden su elección para tan arduo papel, se puede confirmar que el juicio generalizado del público Cesar es ..., puño hacia abajo.
Personalmente no le tiro todo el fracaso de motivación y falta de estímulo por la historia, persona y su vida al protagonista elegido, don ilustre Gere, hay muchos más factores que facilitan la inclinación descendente de lo narrado pues su sinopsis carece de aliciente emprendedora que invite a su descubrimiento; no indaga con vehemencia en la fatalidad y desgracia de la situación presente, no se involucra con conciencia plena en su dolor, únicamente realiza una apropiada exhibición para cumplir con los requisitos mínimos y salir, de la encrucijada, sin vehemencia ni riesgo.
Un argumento sin mucho diálogo tiene que ser seductor para la mirada a primera vista, potente en las imágenes, impactante en sus escenas emotivas y trágicas, tratándose de un drama, para capturar tu atención y no soltarla, no un insustancial caminar desorientado que no orienta al espectador.
Esa obsesión por mostrar a un alcohólico sin techo en
solitario, sin ningún tipo de contacto humano durante tan largo periodo de cinta como que no alcanza el grado de profundidad e interés deseado, el guión no retrata con certeza y destreza este mal vivir, este agonizante morir en vida; no todo es poner al personaje ropa sucia y barba de tres días, se necesita mayor solidez, astucia e ingenio firme en su recorrido.
Sin duda es lenta, sin duda ayuna en cuanto a carácter, sin duda no han sabido qué hacer con el personaje, sin duda insuficiente ese andar de lado a lado con cara agónica de quien quiere denunciar la exhausta ilógica de esos refugios que deben ayudar al necesitado pero son prisiones que se entretienen con la estúpida burocracia.
El mensaje es claro, se capta lo que se quiere comunicar, cosa distinta es el logro emocional y
sensitivo acerca de ello, demasiado factores quedan famélicos y lejos de la altura acordada, la neutralidad del intérprete, la carencia formativa de su presencia, la falta de compromiso con lo narrado, esa ausente envoltura anímica que te lleve a desesperar y sufrir con el mártir..., hay intención y voluntad, no muestra concluyente.
No penetra en el corazón, no se hace con tu alma, dos horas de escaso provecho para cautivar tu comprensión y ternura, afecto y desconsuelo, tu aflicción permanece a buen recaudo, sin ser molestada o sacudida por el desahuciado vagabundo que tiene breves lagunas en una existencia deshecha y arruinada.
“Out of mind”, invisibles, por una vez una adecuada traducción pues nunca logra verse con calado al personaje, sólo una parcial y endeble silueta del mismo.
Larga, floja y banal; si vas a contar, cuenta y ¡déjate de tanto pasar el rato!
Su relato merecía mayor sabor y consistencia, un recuerdo más estable, robusto y denso.

Lo mejor; su querencia de alumbrar lo que la sociedad prefiere ocultar e ignorar.
Lo peor; no entra en verdadera materia pues su sinopsis es ligera y poco meticulosa.
Nota 5,3




viernes, 25 de diciembre de 2015

¡Esto es la guerra!

Dos agentes de la CIA, grandes amigos desde la infancia, se enamoran de la misma mujer. Su amistad desaparece y se enzarzan en una batalla de proporciones épicas que pondrá en jaque a la ciudad de Nueva York.


Mentiras arriesgadas, que provocan la guerra en familia.

Los amigos lo son por siempre, contra viento y marea, por encima de las tías, novias o avispadas de la noche, de citas a ciegas por internet o solitarias de vídeo club un viernes que vayan a la zaga; es machote lema nunca roto ni puesto en duda por los colegas pero, siempre hay excepciones, como esa inesperada velada no programada, de accidental encuentro, que se convierte en algo sólido, firme y querido que realmente vale la pena.
Pero, claro, son dos jugando a este juego, amistad levemente puesta a prueba para recreo de una audiencia, que se divierte viendo a dos adultos competir por la guapa de la clase, mientras ella se deja halagar y deslumbrar por el afán cariñoso, devoto y enérgico de ambos tratando de conseguir su amor.
Aunque, por supuesto, se juega en categoría superior, contamos con las especiales habilidades de dos agentes secretos y la entera agencia a su disposición para espiar, indagar, fingir, adelantarse en la estrategia y lograr que sea él, y su equipo, quien logren la medalla del novio del año que enamora a la chica.
Pero este distendido cara a cara entre hermanos de sentimiento, confianza y lealtad tiene normas, ese pacto de caballero que ambos respetarán para que sea el mejor quien se haga con la princesa, entereza de cumplimiento venido abajo como oportunidad de explayarse en el humor, la risa y ese esparcimiento
grato de entretener, sin complejos ni grandes dilemas pues, no olvidemos que es tópica producción norteamericana que no transgrede su moralidad de fondo.
Si observas con precisión, a pesar de toda la juerga, enfrentamiento y engaños entre gente que se quiere bien, el fondo es la solidez de la pareja estable y el matrimonio como objetivo final a lograr o recuperar, lo cual te adelante con facilidad su evolución y ganador de la partida; aunque, seamos benévolos, todos ganan pues, son gente ¡guay! que merece hallar la felicidad del amor entre eternos compañeros, así como con esa mujer que nunca te fallará.
Diálogos frescos, rapidez de desenvoltura, tropiezos fingidos, malabarismos para vencer, trucos de manga por doquier y mucho encanto y alegría para un romance envuelto en etiqueta de atractivo gamberrismo local, para unos estupendos actores -Tom Hardy, Reese Whiterspoon y Chris Pine- reconocidos en su profesión, que no tienen que lidiar con excesivas dificultades para cumplir con su papel.
Alegría, pasión, cita tras otra, amiga consejera inoportuna y una desleal apuesta, de positivo resultado, dada la bonanza de sus jugadores, sólo se solicita de ellos que estén guapos y digan sus frases con ocurrencia y salero; “no elijas al mejor, elige al que te haga mejor persona” porque, en la base de tanta banalidad afable, hay mensaje serio de chica desesperada que debe encontrar chico para ser feliz en la vida y, de repente, se encuentra con el dilema de tener a su disposición a dos buenorros hombres que beben los vientos por ella pero...,
..., ¡cuidado!, que es buena y decente persona, que aunque parece que juegue al libertinaje, a ir de lado a lado y tiro porque me toca -como buena feminista ejerciendo su liberación de actuar sin explicar ni cuestionar- no es así, ella no hace esas cosas; primero, antes de pasar de segunda base, confiesa
su osada fechoría de andar saliendo, al tiempo, con dos atractivos galanes.
Tampoco hay que exigirle lo que no vende ni promete, es válida para tiempo laxo donde no hacer trabajar a la mente, relajarse de la rutina del día y olvidar los quehaceres a realizar a la mañana siguiente; no quieres hacer nada, que nadie te moleste, no deseas pensar, te da igual la gratuidad del argumento y obviedad del discurrir, que sea guión barato de fácil invención y evidente plasmación, todo vale si te complace el momento, echas alguna carcajada y la sonrisa se mantiene, en una media oportuna de aparición y permanencia.
Es el príncipe azul cortejando a su princesa, con
trabas del tiempo y baches derivados de su profesión, y aunque existen dos caballeros a la espera de su elección ¡tranquilos!, ninguno se quedará solo y abandonado..., es un dulce y entrañable ¡cuento con aires de modernidad!, ¿qué esperabas?, ¡que la princesa diera calabazas a ambos, he hiciera vida por cuenta propia!, ¡vamos!, es dulce franquicia hollywoodiense, nadie pierde en las fábulas románticas, únicamente los malos de espíritu y cuerpo, y aquí, como no, todos son puros de corazón y alma.
Que empieza la partida que la noche se prevé divertida y, al final, ¡habrá beso de la chica!

Lo mejor; es inofensiva, su visión no hace daño, e incluso puede tener efectos placenteros.
Lo peor; elegirla buscando algo más serio.
Nota 5,1


jueves, 24 de diciembre de 2015

El asesinato a un gato

Un hombre investiga la muerte de su gato.

Ya, por nunca más, se oirán sus gemidos y ¡no me refiero al felino!


El asesinato de un gato tendría algo válido de ser contado, si hubiera optado por la tragedia que supone la pérdida de su mascota para quien huye de las relaciones humanas, insatisfactorias y peligrosas, por lo que defraudan y el riesgo que se corre al involucrarse en ellas.
Pero opta por la desfachatez, inmadurez y tontería de treintañero con el síndrome de Peter Pan, cobijado bajo las faldas de una madre que le evita la conexión responsable con el mundo, y que se aferra a su mejor amigo gatuno para esconderse de afrontar la responsabilidad que entraña cumplir años, asumir cargos y andar, por uno mismo, en una sociedad que no sabes qué es capaz de darte pues, aún con todo su esfuerzo, empeño y fuerza de voluntad, puede que nada de ella consigas.
Y, en esta correría de chiflado solitario, que lo único que pide es que los demás acepten y entiendan la importancia de su dolor y pérdida, y la necesidad imperiosa de encontrar al culpable pues era un miembro de su familia -¿no te volverías loco si mataran a tu compañero de 17 maravillosos años, y nadie se molestara en hallar a su asesino?-, se le añade un paciente oficial, interesado en su abnegada madre, y una atractiva morena que compartía, sin saberlo, su amor por el difunto para emprender una aventura lela, precipitada y no muy ocurrente que le llevará, dentro de su torpeza y bobería a descubrir un oculto entramado de fraude en el barrio y, de paso, la opción de avanzar y poner en orden firme lo que sólo son sueños fantasiosos de quien, en verdad, no

desea desplazarse de la comodidad y protección en la que se halla.
Es una comedia muy barata, ligera e insustancial, no solicita atención continúa por parte del vidente, tampoco es que vayas a echar ninguna carcajada; su liviandad permite consumirla sin efecto nocivo, pues el pensamiento ni se inmuta, a menos que no fueras avisado de antemano y esperaras humor en sus palabras, y risas entre sus fotogramas.
Si se analiza es más tragicomedia que otra cosa, pues es un acto vil contra su amigo del alma, y que nadie mueva una mano en su demanda de ayuda le sirve de excusa para salir de su castillo cobijo y enfrentarse a las mentiras, dificultades y crueldad de quien es hallado en su enigmática investigación, así como las trabas, percances e ingenio de superarlas y lograr llegar a la meta con éxito; es decir, dejar de ser un niño grande y ser un heroico adulto, para hallar el valor y coraje de ir en busca de lo que quiere saliendo de su aislamiento.
Sólo que está hecho con muy poca gracia y estilo, opta por lo banal y flojo, en lugar de currarse alguna idea decente para desarrollar su recorrido y rellenar las escenas; lenguaje muy básico para un guión de corrillo, que sólo pretende presentar un gazpacho de personajes de supuesta excentricidad que realmente no levantan gran alboroto, más bien dejadez de una mirada anodina que ¡ya puestos!, por qué no acabarla y ver ¡quién asesinó al famoso gato!
Reina la indiferencia de bajo consumo, dada la bajeza
de calidad de lo ofertado; inerte en su resultado, esperanzadora en su intento, de nada sirve esa segunda reseña, de estética indie, si la definitoria sentencia primera la define y aniquila sin condescendencia; increíble que quien filmara “Whiplash”, allá realizado esta bagatela de pasar, un tonto rato, con amigos que animen el cotarro; si estás solo es más que posible que tu mirada no permanezca fija en la pantalla, pues ésta no da para tanto.
Hasta la mediocre distracción posee unos mínimos que se han de cubrir; aquí, el misterioso thriller se convierte en parodia, sin encrucijada, que no aporta nada.
El gato no es el único asesinado; la audiencia tiene alto grado de acompañarle en su fúnebre entierro, dado el fallecimiento de un argumento poco trabajado/apenas elaborado.
Importan tan poco el hecho como su desarrollo, el dueño del difunto como quién lo hizo; la indolencia la definen.


Lo mejor; quiere hacerte gracia y caerte bien.
Lo peor; cuánto más se esfuerza, más lejos está de lograrlo.
Nota 4,3



El puente de los espías

James Donovan, un abogado de Brooklyn (Nueva York) se ve inesperadamente involucrado en la Guerra Fría entre su país y la URSS cuando la mismísima CIA le encarga una difícil misión: negociar la liberación de un piloto estadounidense capturado por la Unión Soviética.


“Hombre firme..., con un plan impaciente”, que no impacienta con firmeza.

El otro día, le oí a Cárdenas comentar en la radio, “Steven Spielberg ¿por qué no vuelve a hacer películas como las de antes?, ¿tipo los Gremlins, los Goonies etc...?”, y no le quito parte de la razón; parece que, este exitoso director, haya pasado de maravilloso inventor de sueños a formal cronista, de exquisito narrador de fantasías fabulosas a serio informador de hechos importantes acontecidos en el mundo..., que es válido saber para nunca olvidar, por supuesto, pero ¡su visión es tan apagada y austera!, ¡neutra y poco fogosa!
Espías en un puente..., nada más oír de ella logra abrirte el apetito, tres colosales nombres -Spielberg, hermanos Coen, Hanks-, magníficos en su oficio se unen para ofrecer una pieza filmográfica que, por adelantado ya supones debe ser buena, potente y merecedora de tu tiempo, más si le añadimos el atractivo de etiqueta “basado en hecho real”, que siempre incita y aviva las intenciones de su consumo.
Porque despierta ganas, curiosidad, estima, ese síndrome natural de ojear y desvelar que esconde; porque hay acontecimientos históricos que cuando los descubres dices ¡ole!, ¡que bueno saberlo!, pero ¿es este el caso?; impresiona, sin duda, merecedora de tu conocimiento lo es, confirmación absoluta, pues es la ganada revelación de un héroe anónimo, hasta este momento, que contribuyó a la historia con su modesto, pero cumplidor trabajo, pero ¿por qué no hay fascinación, asombro y recuerdo duradero de lo visionado?, ¿por qué no sales del cine comentando la gran hazaña presenciada?; porque técnicamente es un magistral portento en cuanto a dirección, escritura de guión, interpretación de gesto y palabra pero, reitero, ¿por qué hay consideración por lo realizado, pero no devoción por lo contado?
Se entiende lo que pasa, ese peligroso, complicado y delicado juego a tres bandas pero ¿emociona?, su negociación ¿hipnotiza?, ¿enlaza con fervor y estrés con el público?, o ¿es oferta grata de escaso impacto?
Tres hechos, separados en poco tiempo y distancia, van a concurrir en partida única de intercambio mutuo, intereses y beneficios para países que niegan estar presentes en el debate, amén de un abogado de seguros que plantea la mejor y más fructífera
estratagema pero ¿hay intriga, tensión o nerviosismo en todo el proceso?
Tal vez ese sea el problema de todo el proceso, un oír nombres, ofertas, demandas y acuerdos que no eleva la temperatura ni causa gran preocupación y, sinceramente, un guión escrito por los hermanos Coen crea una expectativas que, en la presente cinta, nunca llegan a cumplirse; el canje sigue su arduo tanteo con los respectivos nombrantes pero, tu interés no está tan activo como debiera debido a un escrito, más pensado para el recitador que para la audiencia que respira su recitado.
Es un hecho curioso de todos contra todos, apostando a una paz donde nadie se fía de nadie, con un valorado Tom Hanks, como veterano abanderado de un peculiar relato de cómo funcionaba la guerra fría, con un meticuloso Steven Spierlberg a la dirección concienzuda de su nueva aportación al mundo sobre un acto apenas conocido, ahora por jamás olvidado.
Trío de historias a las que hay que referirse ligeramente -no tenemos tiempo de sobra-, para unirlas en ese decisivo puente, motivo de toda la contienda, todo con un ambiente digno y loable de la época y su dureza de circunstancias que, con todo, no deja de evocar ese mustio sabor comedido de lo que es correcto y preciso en su visión, pero insustancial y desapasionado en su consumo; una contradicción que lleva a respetarla por el trabajo técnico, su método, estilo, procedimiento y la información contada pero, que queda lejos de ser sentida con sentimiento, ilusión, aliciente y entusiasmo de aquel que observa la transacción.
Descompás que se cobra su precio, ya que “¿Nunca se pone nervioso?”, “¿Ayudaría?”, sí..., pues sería síntoma de una afinidad y sintonización captadas con
profundidad y apego, y no esa frialdad de quien escucha con moderación tenue, pero ni sufre ni padece, únicamente espera tranquilo la resolución de un anecdótico conflicto resuelto a tres toques de bola que, al igual que el billar español, es más estimulante y entretenido si eres un participante, que si eres un seguidor de la grada.
“¡Qué bien!, todos me odiarán y yo perderé”, tranquilo, no tanto; se aprecia y respeta tu trabajo, por ahí ninguna pérdida; ¿respecto la crónica narrada?, no se pierde lo que nunca llega a poseerse, ese corazón ausente.

Lo mejor; la curiosidad que comunica y su estilismo narrativo y visual.
Lo peor; un progresivo apagado y distanciamiento, debido a su carencia de alma y sentimiento nutritivo.
Nota 6,3



miércoles, 23 de diciembre de 2015

Hiena, el infierno del crimen

Michael Logan dirige una unidad policial de Londres especializada en desmantelar a los más peligrosos narcotraficantes y, siempre que sea posible, en meter parte del botín en su bolsillo. Su vida se complica con la llegada de dos violentos criminales albaneses y con una investigación que podría revelar sus corruptelas.


El crimen de un infierno, lleno de calor intenso y rojo perpetuo.

¡Es de locos!, un desquiciado revuelto que se quema por acercarse ¡en tiempo excesivo al fuego!; y eso que, al principio ¡parecía que no iba contigo!, un sálvese quién pueda donde parece vayan a caer todos, pues ninguno se libra de ser un avaricioso, corrupto, mentiroso y aprovechado cuyo lema es, antes para mi que para otro; salvo mi culo, vendo a mi madre y ¡lo que haga falta!, para seguir vivo y con la cabeza sobre los hombros ya que...,
...,si algo se exhibe en abundancia y con total claridad, es el deseo de violencia y sangre a malabares que gusta a los nuevos narcos del lugar, albaneses de particular estilo y directo proceder que no se van con chiquillas, para desmembrar a cuerpos y ajustar cuentas con quien ose levantar traición, sea colega, rival o individuo al uso de quita y pon.
Podrida policía, de traje sucio y orgullo mancillado, al frente de la comisión contra delitos, los mismos que persiguen a un lado negocian al otro; juego peligroso, de grandes beneficios y alto riesgo, cuya amenaza constante, de explosión y destrucción de todo, siempre pende de una cuerda de la que se cree tener total control.
Desmadre emocional, de gran impacto visual, para una catarsis de pasos y locura de acontecimientos que parecen no tener dueño ni fin, orden de sentido desequilibrado que guía unas atropelladas y desquiciadas vidas, de quienes se creen los reyes del barrio pues dominan todos los rincones; sólo que , siempre hay un rival más gallito que el presente mandatario que va avanzando casillas, reuniendo alfiles y caballos, para ese asalto definitivo de jaque mate a tan fanfarrón y descuidado monarca que quedará sólo ante el peligro, con el único testigo de su conciencia.
Su visión es una incesante colisión de escenas macabras, de tensión electrizante y de miedo aterrador, recubierto por el desespero agonizante de quien debe fingir y mantener la calma, aunque por dentro sea un cúmulo de inquietud y agonía tras un
mal entendido valor y bravuconería, que le llevarán al fracaso de su mismo atrevimiento y chulería.
Te cautiva de forma lenta y minuciosa, con la precisión de un minutero que va tomando ritmo al alza; delicia de camino desagradable, ruin y mezquino donde, las dos caras del tapete se funden en una espeluznante única carta a la que apuestan todos, esas malas artes, engaños y jugarretas necesarias para salir victorioso con el botín, ya lleves pistola de traficante o placa de policía, todo huele a podrido en la región escogida.
Sin darte cuenta, lo que en inicio era desconexión de mirada incrédula, se va volviendo retorcida atención, sin aliento ni palabras para ser explicada, dada la desproporción de lo servido; rojo ametrallador se cuela en la conmoción de un alma y desvarío de una razón que acompasan al enfrascado corazón, que no pierde pulso del combate.
Sólo que el ring es pequeño para tanto necio aspirante descontrolado, y la aceleración de su movimiento y pesadumbre de destino sube en decibelios hasta alcanzar un límite desbordante donde ya estás atrapado, ya eres suyo, Gerad Johnson te ha convencido y camelado con la dirección concienzuda de un escrito ardiente y
abrasador, de fotografía extenuante y música atronadora, como acompañantes ideales de ese escaparate servido con magistral pericia por sus intérpretes.
Su guión no es novedad alguna no presenciada antes, tétrico retrato de un espabilado ladrón que juega a ambos lados, para acabar sumido en la moribunda cárcel de su propia arrogancia pero, el referido responsable y Peter Ferdinando, como su mejor baza, lo exponen con potencia, resquemor y pasión, con ese regreso a un cine demoledor de una época pasada que, según momentos, se echaba realmente en falta.
Sin ser original y ofreciendo lo ya oído y visionado, esta producción británica se gana tu fervor, aplauso y respeto por la velocidad de su compás sin respeto por las normas, el deslumbre espantoso de sus imágenes, su brutalidad física, su abuso emocional y una turbación ocular que la mirada no olvida y la razón retiene sin deseo, pero con obvia motivación
Aunque te sea conocido, te quedarás a su lado, sin pestañear, hasta su fin; ese es su gran mérito.

Lo mejor; la actuación de su protagonista, su opulenta visión, compás frenético y convulsiva fotografía.
Lo peor; ya conoces el camino que anda.
Nota 6,8


martes, 22 de diciembre de 2015

Una semana en Córcega

Dos viejos amigos llevan a sus hijas adolescentes a unas vacaciones en la playa y se tendrán que enfrentar a una situación muy incómoda: uno de los dos comienza una aventura con la hija del otro...


"El amor es bello", aunque no siempre.

Tiene el antecedente americano de Demi Moore en el papel de lolita enamorada que altera la tranquilidad del verano, esa idílica semana en paraíso italiano frustrada y dada al cante por madurito francés que no sabe resistir sus tentaciones, un correcto Vicent Cassel como padre perdido/amigo traicionero que, por noche de luna llena y bebida desmadrada, se mete en fregadero complicado e inoportuno, más un entero y sólido François Cluzet como replicante e ignorante de todo lo que tiene lugar alrededor suyo.
El amor de adolescencia, esos pájaros edulcorados que engrandecen el primer enamoramiento, fantasía sin pies ni freno que vuela tan alto que quema las alas del soberbio e imaginativo Ícaro para caer destronado a una realidad que juzga, fustiga y castiga, dureza de tratar con la invención pueril de quien ve, su alma gemela, en quien es prototipo de protección paterna.
Bella fotografía, de buen ritmo y banda sonora amenizada, exhibición solvente que cumple con los requisitos previstos y sus pasos esperados, cierto infantilismo se respira en un aire que no sabe sacar jugo mezquino ni atrevido a los sucesos, prefiere la opción ambiental de tocar el hecho con ingenuidad inocente y no ir más allá, únicamente el mínimo mareo de quien está jugando a adulta líder y convierte a su objetivo en mocoso patético.
Jean-François Richet presenta un remake de la obra de Claude Berri de 1977, conocida, anticipada, adivinable, poco espectacular y de consumo digestivo, se observa con placidez, gusto y encanto, hay armonía de grupo entendido, sus actores principales son calidad de nombre indiscutible y el guión tercia por un fugaz escándalo de retoña, que deja de serlo a los ojos de su protector padre, para
volver tras su breve locura, a ser la niña que nunca realmente dejó de ser.
Jugar a ser mayor, al amor verdadero, a tomar a la fuerza lo que se desea con insistencia, capricho peligroso que adquiere poder de chantaje al salirse con la suya, combinación suculenta que se muestra esporádicamente, lo justo para captar la idea, insuficiente para penetrar en el mundo que se esconde tras tal rebeldía.
Erotismo, que los ojos observan pero la mente rechaza, y que sucumbe a esa otra posibilidad de una noche de placer donde se congela la razón y las normas sociales y educación recibida se olvidan por la posesión de ese fantástico y deseoso cuerpo joven; la historia no posee gran incógnita, banal escarceo, hecho presente efectivo, que se convierte en tortura de acoso y amistad puesta entre dicho; es simpática, agradable y realizada con fines de sabor mayoritario, convencionalismo de posiciones a cuatro bandas que no aporta novedad destacable.
Su fuerte no es el drama, ni la comedia, ni el altercado, menos aún la confusión o el morbo, práctica a tocar todos los instrumentos sin remate de faena artística plena, entretenida, ligera y suave dentro de su inofensiva tragedia, sus intérpretes dan lo que pueden -destaca Lola Le Lann, a pesar de carecer de sensualidad en sus escenas compartidas- con un argumento que no mueve montañas, sólo la comodidad de una relajada velada de distensión asegurada.
No son vacaciones inolvidables, ni una semana de delirio incesante, tampoco son “unos padres
perfectos” -Robin Wright y Naomi Watts, junto con su ardiente guión, le dan mil vueltas-, optan por ser acomodadores no intransigentes ni osados, la semana no se alarga, lo apropiado para atravesarla con óptima rapidez en los actos y su desenvoltura; sensación de amabilidad que sacia para verla y olvidarla, no todos los veranos dejan huella, ni la frescura atrevida de lo vivido da para gran anécdota, de paseo semanal por Córcega el tumulto es cordial, el albedrío comedido pues incluso la fatalidad del pecaminoso acto fue por circunstancias atenuantes, nunca por lujuria manifiesta.
No pretende sobresaltar, no osa emocionar, no logra reír, no se ve capaz de inquietar, su logro es amenizar con una atención que puede descansar de ofrecerlo todo; no se demanda tanto, únicamente que se presente un interés sutil y discreto.

Lo mejor, su afable fotografía y ver trabajar juntos a sus intérpretes.
Lo peor, su limitada sinopsis cuya lascivia, y lo que desencadena, no da para descaro receptivo.
Nota 5,5


lunes, 21 de diciembre de 2015

Dope

Malcolm sobrevive en un barrio difícil de Los Angeles mientras manda solicitudes a universidades, realiza entrevistas académicas y se prepara para la selectividad. Pero una oportuna invitación a una fiesta clandestina le llevará a él y a sus amigos a una aventura que jamás imaginaron.


Un geek, que no es otra cosa que el pringado de toda la vida, que por fin espabila.

A todo el mundo parece haberle encantado esta película; se habla, por escrito, de frescura, atrevimiento, diálogos con ingenio y vibrante agilidad, más un destacado aparte para el elenco de jóvenes actores; yo, la verdad, no he percibido nada de eso; es más, desde el minuto uno, dada su tipicidad de presentación y clasicismo de organigrama como que, mucho mi atención no ha despertado; todo lo contrario, ese aire a fórmula de los 90 ya vista y usada, que tampoco aquí se presenta con mejores formas y artes, es la convicción suprema que invadía mi conciencia, constante desapego de un pensamiento que no enlazaba con este montaje de trío, que vive la experiencia de su vida tras una noche loca.
Analizada por partes, y después de digerida y razonada, se encuentran detalles de todos esos logros manifestados, empiezas a cerciorar la diferencia de andadura osada más acorde con los tiempos actuales pero ¿sirve de algo conocer los ingredientes fantásticos de una comida, si el sabor de su plato no te ha llenado ni colmado?
Porque, estoy al cien por cien con el protagonista, los noventa fueron, en cine -a él le tira más la música- mejores que esta recreación de pandilla de barrio marginado que sobrevive a un instituto de atropellos, a etiquetas absurdas que nada tienen que ver con ellos y que con pericia, malabarismos y coraje logran hacerse un hueco en su entorno, rematado por esa dualidad final que sermonea sobre los prejuicios, el color de la piel y la dictadura del lugar del nacimiento como antítesis de diferente conclusión y oportunidad, según se defina al líder de la historia contada.
Cierto aire a un progenitor de Spike Lee reina en el ambiente, sólo que se deja envolver por esa gracia, ingenuidad y estilo de quien es inteligente de base y pasa desapercibido, para terminar por rematar, con su útil cabeza, al más corrupto de los de traje y cargo; un intento de denunciar el cliché que inunda sus personas, nada más se las ve y sitúa en el mapa, cuando la propia cinta no deja de ser un estereotipo de lo mismo que critican y huyen; un “dime de que presumes y te diré de que careces” que, aún perdonando tal caída en su propia trampa, no se salva de ese gustillo incómodo de no haber simpatizado, conectado o entusiasmado con ellos en ningún momento.
Alza su voz en nombre de la rebeldía que aporta
entre sus páginas este avispado guión cuando, no deja de ser un producto de confección comercial para poder ser colocado y vendido con mayor facilidad; su energía estilista, su variedad de tonos, orgullo de frikismo y tropiezo caótico de circulación se ve aclimatado a la baja, por una alternancia inconsistente en cada uno de sus escenarios que no solidifica sus primeros apuntes.
Tiene excesiva prisa por echar el telón y pasar a siguiente mareo precipitado, como si no hubiera que dejar que el espectador se tome su tiempo para respirar y concluir subjetivamente pues, prefiere ofertar velocidad de pasos rápidos, especialmente la voz en off, a confiar en la apuesta sólida de su contenido.
Como rechazo a las marcas y el encasillamiento hago de la ambigüedad mi sello personal, perdiendo por el camino mi identidad al jugar a todo pero no elegir nada, desorden que cabría aceptar si quisiera exponer algo más que un rodeo de palabras y actitudes ambivalentes como lema de confusión a la hora de designar a una persona; gran mérito de Rick Famuyiwa en su intento, realización y entrega pero, sigo con la misma incertidumbre, ¿de que me sirve si nada de ello cuaja con firmeza? y se queda en fina agua de lluvia, que pronto pasa al olvido.
De nada vale la lectura de fondo sacada si no llegas ¡a sentirla!, de nada sirve su posterior reflexión si no llegas ¡nunca a vivirla!, de nada sirve su valentía si
no logra encararse con una ¡solícita audiencia!, de nada sirven tantas cosas que juramos un verano, que se transformaron en palpable realidad, si se pierden antes de llegar a su destino ¡la concurrencia!
Transgresión que topa con la obviedad de ser calco ya referido, ¿que posee ciertas mechas y apuntes que la hacen despuntar de sus hermanas anteriores?, si pero, no deja de vestirse de seda para, como las demás, querer ser mona; si ella misma hace gala de huir de clasificaciones que no hacen justicia a sus miembros, entonces se inflexible y no la realces únicamente por eso; su valor es el lugar de origen y la marginalidad y peligros de quien allí crece, de la que vende que mires más allá y no catalogues, pues entonces..., sinceramente, el resto es voluntad ya descrita.

Lo mejor; su energía y ganas de mostrar mucho.
Lo peor; lo hace con un desorden e inconsistencia que estropea el rótulo.
Nota 5,5


domingo, 20 de diciembre de 2015

Just before I go

Ted Morgan es un hombre deprimido que regresa a su ciudad natal para corregir ciertos errores del pasado antes de suicidarse.


Tragicomedia que no da para reír ni para llorar, únicamente para lamento.

Primer trabajo de Courteney Cox como directora, y según sus propias palabras “se trata de un guión que me emocionó e hizo reír muchísimo; me encantan las historias humanas y reales que hablan de cosas que tenemos que afrontar en la vida”, y una se queda pensando si no habrá confundido su trabajo con un episodio de su mítica y genial “Friends” porque, dicha serie si que hacia llorar de alegría y sonreír sin parar, a la par de contar con un guión de calidad que cuidaba cada sentencia y escena, más unos personajes que, cualquiera que la recuerde sabrá los momentazos tan desternillantes, fantásticos y divertidos que tuvieron el placer de ofrecer, para disfrute de su enamorada audiencia.
Porque aquí lo presente es bufonada sin gancho ni estilo ni agudeza, supuesto dramón patético que no hay por dónde cogerlo, porque tenemos a Seann William Scott que, por una vez, no hace de idiota gasta bromas, el gracioso del grupo que resulta insoportable, pero a cambio de su serena pose, de hombre vacío y desganado que desea poner fin a su existencia -acompañada de una interpretación, tan apática e inexpresiva, que cabe preguntarse si este actor sabe ejercer su profesión, más allá de las típicas payasadas de grupo de colegas de fiesta-, éste se encuentra rodeado de familia de chiste con serios problemas de comunicación, no sólo entre ellos, sino hacia un espectador que no encuentra el humor y la fanfarria en ninguna de sus frases o tonterías escénicas, más colegas del colegio que siguen con la misma pauta de expresión garrula y la necesaria chica que salve a este necesitado Romeo al descubrir a su perfecta Julieta..., no perdón, ese sonoro nombre es para el amigo negro gay que simboliza lo único cabal y digno de ser visto y oído; la parejita en cuestión tendrá que ser nominada como príncipe desencantado y lelo, pues no pilla una ni sabe replicar con solidez, empeño o ese mínimo de alguien que escucha y piensa, a quien Blancanieves rescata y salva de su catatónico andar y hueco razonar, para conformar ese bonito cuadro de final feliz donde, cambian las perdices por el chile y las palomitas de la feria del pueblo.
Ya no es únicamente la simpleza e ingenuidad de una dirección que puede llevar a cabo cualquier novato de primero de la profesión, o ni siquiera tanto, cualquier actriz aburrida de estar delante de la cámara -sin ironía-, es un argumento que vende la tragedia del suicidio de un hombre que sufre, para adornarlo con fanfarronas situaciones de supuesta comicidad y
donaire y acabar sin reír ni llorar, pues ni siquiera la socorrida carcajada que alivie tan mal gusto y pésima tragedia montada surgirá, por mucho que su presencia sea necesaria para tanta desfachatez sin tino ni acierto.
Estoy segura de que tiene su público, que hay quien encontrará una cinta entretenida con toques ocurrentes y salados, chistosas situaciones de leve consumo para relajar la velada y pasar un buen rato, que si estás con el ánimo tonto adecuado puedes hallar esa relajación absurda y distendida; y yo lo pretendía, era mi intención, pero mi continua impresión ha sido esa incesante interrogación que preguntaba en todo momento dónde estaba la fiesta, el humor, la chispa, la diversión, el cachondeo o lo que se supone debía hacerme sonreír, y ya no te digo si hablamos del pretendido drama, que tiene mucho de ficticio teatro sin veracidad alguna, y poco o nada de suceso conflictivo de quien está a punto de decantarse por la muerte.
Mofas sobre gordas, maricones, vergas, adúlteras, referencias sexuales por doquier, sensibilidad de abrir tu corazón arrasado por la burrada oral dicha a continuación, fotogramas llenos de vulgaridad que oscurecen lo poco digno y válido que se encuentra en el fondo de tanta pantomima, y un supuesto dolor de carencia afectiva de cada uno de ellos que se decora y remata con gansada sin lucimiento, excepto para quien guste de tanto pitorreo.
“Just before I go”, antes de partir, que como todo meritorio viaje debería haber hecho repaso de todos sus elementos y mejores combinaciones para comprobar si éste valía la pena, contaba con lo esperado y era lo buscado; si es así, ex Mónica Geller, enhorabuena, has realizado un trabajo a la altura de lo que eres capaz de dar aunque, prefiero pensar que dichas positivas manifestaciones, nombradas al inicio, son parte del circo
hollywoodiense, de la prensa y de venderse como sea.
Lo malo no ha sido aburrirse, es estar viéndola y que me invada la perpetua y martirizante cuestión ¿cómo has ido a escoger esto?
Sin gracia por ninguna parte.

Lo mejor, ¿su corta duración?, por decir algo.
Lo peor, la pérdida de hora y media en su visión.
Nota 3,5


Before we go

Una mujer pierde el tren de la 1:30 de Nueva York a Boston, tras lo cual un músico de la calle pasa la noche tratando de ayudarla a hacer que pueda volver a casa antes de que llegue su marido. A lo largo de la noche aprenden mucho el uno del otro y se enamoran.


El roce hace el cariño.

Las estaciones de tren, esos lugares maravillosos llenos de probabilidades casuales que tanto juego dan para explayarse en todo aquello que la ávida imaginación del escritor desee, lugares de transición donde todo vale/cualquier suceso cabe, lo más recurrido es la unión de dos accidentados y necesitados desconocidos que, por unas horas de compañía forzada y conversación subiendo en temperatura gradual según avanza la noche, serán esos íntimos amigos de apoyo sincero a quien confesar los miedos, las penas y las opciones de futuro que se planteen.
Nick y Brooke -Carrie, como prevención de peligro hasta que llegue la confianza-, con sus personales historias como equipaje a cuestas sin maleta, dolor e incertidumbre como típica reseña, atrapados en un andén ya clausurado, que no abre hasta la salida de ese sol que despeje las dudas, anclados a ese pasado que no permite avanzar pues la fantasía de su perfección aún sigue viva en sus cabezas, tiempo para desahogarse, conocerse y ayudarse por parte de esos corazones desolados que encuentran amparo en un extraño que tiende su generosa mano.
Altruismo que se alimenta de una floreciente conversión cuyo progreso es intermitente, no continuo, con escalas de entonado encanto y simpatía, con paradas de curiosidad sostenible, con aportación leve de lágrimas y risas según se tercie y con otros altos menos solícitos, más artificiales, donde se pierde parte del ritmo.
Un “Antes del amanecer” que cambia la loca adolescencia por la responsable madurez, con ese pesado lastre difícil de soltar/arduo de encarar, sutil en sus espacios, sin prisas en su formación, sin desmadre al hacer camino, de atractiva fotografía alentada por la belleza de la nocturnidad urbana neoyorquina; es lenta y cordial en su ascendente calidez y decoro, ofrece amparo y seducción de dos anónimas vidas, cuyas piezas se muestran a cuentagotas para motivar el misterio de una compartida fraternidad que busca profundidad y solidez en su ocasional diálogo, esa ternura de soltar amarras, liberar protección y darse a conocer ante quien es recién llegado, pronto presuntamente ausentado.
Armonía que parte de la bonanza recompensada, y de una frialdad que irá entrando en calor conforme la sentida amabilidad y gratitud dejen paso a la franqueza y seguridad de un refuerzo agradecido, y una novedosa amistad inesperada que dispondrá mucho más.
Chris Evans a la cabeza del relato, al tiempo que combina dicho trabajo con su visión tras la cámara; como protagonista realiza una sensible y emotiva interpretación, que expone sus posibilidades como actor más allá de los golpes y músculos; como director tiene el ojo de filmar acordes encuadres que monta con habilidad para transmitir el mensaje obvio de querencia, gusto y afecto por la pareja recreada -cumple sin complicarse la tarea-, a la par que
interviene en la producción como buen defensor y creyente de sus cualidades; destreza que se ve reforzada por una conveniente Alice Eve que, aunque no es en principio su tipo, logra la afianza de similitud y pericia de ambos juntos en tan afable cuadro.
Afinidad de venta apetecible que, aún atravesando tempos menos meritorios e inteligentes en su elaboración y proceso, logra un discurso de aceptación sencilla y humilde que el espectador recibe con apetencia lograda; son guapos, están solos y en apuros e inician una aventura por superar baches y lograr el objetivo previsto, sólo que la información es poder y, cuanto más contacto comparten, más se transforma la finalidad que les unía para disponer nuevas cartas, en jugada cada vez más personal y sensible.
No es un guión excepcional que eclipse al oído e inmovilice al espíritu, es de alma bonachona que busca refugio y cariño por parte de quien le otorgue una audición sin reproches ni juicios dictatoriales; Central Park station, una música dulce y embelesada y dos extraños individuos lanzados a las fascinantes calles de Manhattan para descubrir de qué son capaces.
Se trata de compartir unas horas, intercambiar lamentos, decepciones y la frustración del momento, ir a ningún sitio para volver al punto de encuentro
con el despeje de esa vía que informa de cómo proceder; no logra grandes cuotas de drama, ni de intensidad ni de motivación pero “Before we go”, antes de que partamos seremos colegas, nos tendremos cariño, habremos pasado un espacio distendido, de tiempo grato, y nos diremos adiós con un beso casto.
Válido por ahora, pero más suerte para la próxima vez, pues el guión necesita más consistencia, robustez y calado; no por más guionistas -cuatro en concreto- es mejor el texto.
Cobijo sin trampas que ilumina la velada con pasión media.
Él había dejado de tocar su trompeta, derrotado yacía en el suelo cuando la vio a ella perder su tren..., y lo impensable se tornó posibilidad de acceso presente.

Lo mejor, la buena voluntad de los dos protagonistas en sus respectivos papeles.
Lo peor, la sinopsis carece de esa madurez de la que pretende hacer gala.
Nota 5,7