jueves, 9 de julio de 2015

Lo que hacemos en las sombras

Viago, Deacon y Vladislav son tres vampiros que comparten piso en Nueva Zelanda. Hacen lo posible por adaptarse a la sociedad moderna: pagan el alquiler, se reparten las tareas domésticas e intentan que les inviten a entrar en los clubs. Una vida normal, salvo por una pequeña diferencia: son inmortales y tienen que alimentarse de sangre humana. Cuando su compañero del sótano, Petyr, convierte en vampiro a Nick, nuestros protagonistas deberán enseñarle como funciona todo en su recién estrenada vida eterna.


Serás un vampiro pero ¡hay que vivir contigo!
Un "¿Quién vive ahí?" vampiresco cuya invitación a su hogar, a la fiesta de su loca convivencia y anecdótico día a día apetecía, donde su presentación de apertura y planteamiento abre gran y suculento apetito pero donde, sin embargo, su desarrollo y progreso aburre inesperadamente, incomprensiblemente falla, donde pierdes el interés conforme pasan los minutos ante gags y escenas que, en la sorpresa de su inicio y venta cautivan y estimulan pero, cuyo atractivo y fascinación se dispersa y anula según rueda el conocimiento de su caótico existir de pretensión mundana, dejando de seducir y apetecer por no cambiar de registro y seguir la línea trazada.
Imperiosa necesidad de reír, ovación de humor solicitado, requerimiento de pasar un buen rato, distracción concluyente que alivie y calme..., razones diversas que te llevan a escogerla tras el repaso por sus espléndidas críticas, el sugerente tráiler y un premio del público que tiende a acertar mucho más que cualquier jurado oficial sólo que, en esta ocasión, algo se abandona o descuida por el camino que te conduce a una soledad de oír su acidez humorística, su pretendida ironía accidental y no lograr evocar gozo, ni amplio júbilo, ni satisfecha alegría, menos aún estímulo emprendedor de bienvenida a su tórrida morada.
Un observar las inconveniencias de la rutina casera, la incomodidad de compartir vivienda, los avatares del roce rutinario, la aventura de la caza nocturna, la desfachatez de las situaciones, el despropósito de su andadura cotidiana, sus diálogos surrealistas y perplejos, llenos de toques de guasa y, aún reconociendo su análisis reflexivo de intención hilarante, la obviedad cognitiva de ésta es sentida como ausencia penitente que emprende ruta para no volver nunca más, es sentirse perdido en el festival del humor y no hallar la gracia, ni vivirla, ni experimentarla más lejos de la composición gramatical de las sentencias que le dan vida.
Caldea su introducción y llegada, su aterrizaje original y atrevido pero, la exhibición de su existencia pesa, enrarece la visión y agota por su insignificante percepción; que sí, en teoría parece genial, ocurrente, perspicaz, vampiros entre nosotros con sus necesidades, juergas, conflictos y desavenencias de grupo, amistad eterna puesta a prueba durante la asfixia de los inacabados años pero, con todo, te quedas frío, ausente y lejos de hallar su encanto y pasión, desconexión que te lleva a aburrir una práctica que no supo hacer realidad el desparpajo y chispa de su teórica propuesta, te rompe por la mitad no participar de la charanga, no disfrutar de la chirigota, quedarte con la sensación de que van de graciosos pero el chiste, en sí, ni tiene ingenio, ni agudeza, ni su realidad enganche que te permita saborear su atípica existencia.
Taika Cohen (AKA Taika Waititi), Jemaine Clement rueda en varios sketchs la rutina de unos colegas, depredadores nocturnos, de gustos particulares y caprichos costumbristas aunque, por mucho que quieran caer bien y crear un ambiente hilarante, si no hay expresión vocal de jocosidad, mueca semblante de diversión es que ésta fracasa, que el aprecio de sus buenas intenciones se estampa y decepciona, es que tanta curiosidad se transforma en cansancio de escasa motivación; necesidad de mayor acierto, talento y vis cómica en su función pues, en caso contrario, se queda en una simple valoración de su buen maquillaje donde, sencillamente su mordacidad teatral no queda a la altura, se recibe con desgana y fraude de deambular sin concurrir en la jarana.
Armas en pie, que se presente la risa, pues por voluntad propia no hace acto de acudir veloz y rauda, mísera conciencia que por mucho que se fuerce no halla habilidad para la carcajada, ni puente para la diversión relajada, sólo una triste parada neutra sin aliciente ni refrigerio.
"Quítame el pan si quieres, quítame el aire pero no me quites tu risa...", lo siento, no la hallo, no la encuentro, no me hago con ella, su presencia se resiste cual dolor que no cesa, lamento de peregrino que no halla la horma de su zapato.
"...ríete de la noche, del día, de la luna, ríete de las calles torcidas de la isla, ríete de ese torpe muchacho que te quiere...", ríete de esta película, ¡ojalá pudiera!