lunes, 31 de agosto de 2015

Operación U.N.C.L.E.

Narra las aventuras de un dos agentes secretos, uno ruso y otro estadounidense, durante el periodo de la guerra fría. Comienzos de los años 60. El agente de la CIA Napoleon Solo y el agente de la KGB Illya Kuryakin se parecen entre sí mucho más de lo que creen. Obligados a apartar sus diferencias, ambos se unen para formar un equipo que llevará a cabo una misión conjunta para intentar poner fin a una misteriosa organización criminal internacional que pretende desestabilizar el frágil equilibrio de poder resultante de la proliferación de armas y tecnología nuclear


¡Lástima!, porque no funciona; en conjunto, no encaja con eficiencia las piezas, ni cumple con complacencia la combinación de las mismas..., no hace más que insistir mi aburrida conciencia acompañada, en su demoledora afirmación, por unos sentidos desnutridos de tanto esperar el gran manjar deseado y obtener, en su lugar, superfluas menudencias de valor estético, pero pocas calorías en su contenido.
¿Cómo puede ser?, buena pregunta.
Presencias el preciso y concienzudo desfile, escuchas la interminable cháchara, intentas dejarte seducir por su pretendido galante juego, por su elegante porte, por su caballeresca rivalidad, por la insinuación de un estilo que nunca logra alcanzar, que se acerca en pretensión y propósito, pero al que elude y deja escapar por falta de pericia para su abordaje y explote; mucha querencia, aptitud y buenas intenciones pero, ¡no va más!, la casa ha hecho su apuesta y no ha logrado ganar la mano, sólo conseguir rodar la bola mientras la ruleta, gira sin parar y distrae al personal, de recapacitar y observar, que está presenciando un número muy elaborado y sofisticado de nada, de satisfactorio vacío..., bueno, sí, simulación de un pretencioso juego de espías a la James Bond, años 60, de resultado mediocre y totalmente efímero.
El supuesto encanto del enfrentamiento ruso-americano es nulo, ausencia palpable más que doliente, el aspirante romance ruso-alemán nefasto, 
tan exigua química y sexappeal que es lamento consciente, el atractivo americano que debe enamorar con su fascinante pasión e irresistible encanto, una distinguida presencia que no transmite nada, la acción, aunque válida y laboriosa, tampoco es ¡para echar cohetes! pues ni emociona ni hace vibrar y, en general, todo el paquete no transmite sentimiento alguno, ni excitación ni entusiasmo, es un nuetro mirar como corren, saltan, disparan y dialogan, con su aspirante ingenio nunca logrado, su querido humor nunca saboreado, su peligro sin fogosidad o ímpetu a obtener y, su deseada perspicacia para una combinación loable de planes, aventura y fascinación por ella, nunca a punto en su adecuada cocción; operación inteligente y elegante en su finalidad aunque, todo un desastre, de aprobado fallido, que se evapora a cada segundo de cinta y resulta, cada vez, más pesado y malogrado, dada la larga duración de la misma.
Sin conocer la serie de la cual procede, el trabajo presenciado es un montaje de buenas intenciones con mal resultado, mucho querer de obvia evidencia pero, una rotunda desilusión dado su receso negativo en ese poder-haber-logrado/nunca-rematado, que echa por el suelo todo lo pretendido y buscado.
¡Qué tristeza de oferta lo presenciado!, pues son excelentes las ganas y el esfuerzo, fantástico el baile insinuado pero, toda su ambición de meta, se estampa contra su no-saber-procer-ni-concluir, queda en simple borrador, de papel mojado, ya que su tinta no aspira con suficiente brío y fuerza, talante y consistencia como para dejar huella clara y concisa, penetrante e inolvidable de su paso.
Y los minutos pasan, y la recompensa no llega, que solitario presenciar ¡más insípido y desganado!, y la frustración es aún mayor porque, realmente queres disfrutar de ellos, divertirte con ellos, valorar positivamente su labor y talento pero, es tan mínimo lo vivido, tan flojo lo sentido, tan superficial la experiencia que, la pena te invade y no puedes más que cerciorar..., ¡qué lástima!, porque no funciona.
A pesar de sus estupendos elementos, de su fabulosa estética, de su apasionada época para dibujar un eficaz, apetecible y original mezcolanza de "Mad men" y "Misión imposible", se olvidan de insuflar sustancia al guión, de hacer más ocurrentes y sugestivos a sus personajes y de inculcar aliciente a tan bonita y apetecible performance.
Puede que sea demasiado exigente y dura con mi análisis, sería fácil y cómodo engañarse por su amable designio y cortes esmero pero, ¿de qué sirve un baile tan simétrico, conciso y medido si su espíritu falla, si no se capta su corazón y sólo quedan cuerpos en movimiento, sin esencia ni una consistente médula espinal que alimente tu famélica gana?
El ánimo y deseo por ella era grande, permanecía intacta la ingenua esperanza dispuesta a gozar con su compañía, sin embargo, todo el deleite imaginado tiene que reducir su meta y conformarse con bellas y refinadas imágenes de fondo pobre y falto, como esa preciosa fotografía, de encuadre cuidado y vista exquisita, pero incapaz de transmitir la emoción de estar y vivir en sus suculentos paisajes.
Y la soledad de una razón, que ni se implica ni participa, que insiste..., ¡qué lástima!, porque no funciona.



domingo, 30 de agosto de 2015

Un día perfecto

En una zona en guerra con los cascos de las Naciones Unidas tratando de controlar la situación, varios personajes viven sus propios conflictos; Sophie quiere ayudar a la gente, Mambrú quiere volver a casa, y Katya quiso una vez a Mambrú. Por su parte Damir quiere que la guerra termine, Nikola quiere un balón de fútbol, y B no sabe lo que quiere. Un grupo de cooperantes trata de sacar un cadáver de un pozo en una zona de conflicto. Alguien lo ha tirado dentro para corromper el agua y dejar sin abastecimiento a las poblaciones cercanas. Pero la tarea más simple se convierte aquí en una misión imposible, en la que el verdadero enemigo quizá sea la irracionalidad. Los cooperantes recorren el delirante paisaje bélico tratando de resolver la situación, como cobayas en un laberinto.


Nunca fue tan difícil y arriesgado sacar ¡a un muerto de un pozo!, interminable odisea, que intenta llevarse a cabo con humor e ingenio, sin perder el coraje y la valentía de seguir camino, esperanza de un pequeño gesto que arregle el día a día de la gente presente, relegando, todo lo demás, a otro lugar pues sólo existe el aquí y ahora.
Y mientras tanto, surgen relaciones personales, de amistad, de amor, compañerismo o necesidad, según el momento y tiempo, y aparecen vacas, muchas vacas, vacas trampa, vacas bomba, vacas guía que ayudan a superar los elementos, vacas salvadoras..., todo un despropósito, toda una hazaña de aventura donde "..., hay que elegir, ¡bandera o cuerda!", y ellos están por lo segundo ya que, su prioridad es recuperar el aludido pozo para proporcionar agua al pueblo, la bandera, su color, insignia o nacionalidad poco les importa, ayudan a gente, indefensa in extremis, maltratada por unos/usada por otros, y siempre en medio de la nada, inundados de pobreza y rodeados de miseria.
Un saneamiento de emergencia complicado por un protocolo que, evitando conflictos y respetando los tratados, deja abandonados, a su suerte, a los más precisados, desamparados y olvidados por todos, que a nadie importan excepto a ellos.
Preocuparse por vidas ajenas que en un segundo pasan a ser de la familia, desconocidos queridos que se vuelven lo más importante, ese laureado objetivo que, a cada minuto, se vuelve más imposible y cabezota pues empeño no les falta y, de fuerza de voluntad, ¡van de sobra!
Y la vida continua, y los obstáculos no se acaban, sufrimiento por doquier, supervivencia al límite que halla el modo de resolver el percance pues no se puede esperar, nadie puede parar, es urgente avanzar, sea como sea.
Fernando León de Aranoa presenta un relato sencillo y discreto, de gran contenido humanitario, con dos conocidos actores, Benicio del Toro y Tim Robbins, en estupenda y armónica pareja, como titulares de una avanzadilla que se abre paso con apoyo o por cuenta propia.
Drama y comedia, sin exagerar ninguna de ellas -también sin definirse por una u otra-, conviven con naturalidad y conveniencia en este retrato veraz, sereno e íntegro, de espléndida caracterízación y lograda localización, de las misiones de ayuda humanitaria en países de guerra; invitado como testigo de lujo, el espectador acompaña a estos dos ilustres y currados cooperantes-hidalgos por su calamidad de ruta llena de imprevistos, alegría, desgracias e innumerables percances por igual.
Su gran acierto es la destreza y sabiduría de sus dos protagonistas para llevar a cabo la conducción y ganarse el cariño y respeto de la audiencia, más la autenticidad de una historia y su meticulosa dirección que, sin grandes contratiempos, pero con mucha labor y esfuerzo, te acerca a la vivencia de este lejano mundo de protección y asistencia del que se suele saber por telediarios o prensa, oportunidad de formar parte de su unidad, de su loca camadería y de una subsistencia que aporta tantos beneficios y lloros, éxitos y fracasos que ¡hay dónde elegir!
Vínculos emocionales que atan, duelen y obligan por una conciencia reiterativa en su devoción por socorrer y mejorar a quien sea, cuando lo solicite.
Su lastre es la ausencia de implicación y complicidad para con el guión, pues su grata compañía, no acaba de cuajar con intensidad ni plenitud al consumir su argumento, su mezcolanza de sentimientos varios y estados emocionales discontinuos deja un recuerdo suave, querido y aceptable pero de reseña distante, corazón relajado y alma poco afectada, ser parte de su expedición e ir junto a ellos en su destartalado vehículo no consigue que rías, no acaba de hacer gracia, tampoco logra que llores o te unas con convicción a su mensaje de andadura.
Es un simple dejarse conducir y guiar por su modestia y templanza donde se añora mayor garra y nervio y, donde se lamenta que León de Aranoa haya sido tan prudente y moderado en su escrito pues, fondo y reserva para mayor carácter y genio tenía, sin embargo, se conforma con tenues y maleables dosis que narran, pero ni marcan ni dejan huella.
Un día perfecto, de carambolas entretenidas pero falto de personalidad y consistencia, su temperamento no alcanza decibelios de solidez y arrebato, únicamente tersura de talante que agrada, pero no despierta reflexión sobre la misma.
Dócil observar de manso recuerdo; sales contento, que no convencido.
Posdata..., tampoco puede decirse que su gran pericia fuera ¡la elección de los temas musicales!



sábado, 29 de agosto de 2015

Destino Marrakech

Ben, un chico de 17 años, va a pasar las vacaciones de verano con su padre, un célebre director de teatro que se encuentra en un festival en Marrakech. El lugar le resulta tan extraño como su progenitor, al que apenas ha visto desde que se divorció de su madre. Como la distancia entre ambos va en aumento, Ben se deja arrastrar por el exotismo del país. 


Destino conocernos; un bonito relato, en esceso lento y deficiente en su condimento.
La adolescencia, experimentar, la vida por delante, ¡qué placer y peligro a la vez!, la valentía de avanzar, la incógnita de lo que hallarás, la duda del resultado, miedo y angustia se alían a esa duda que lo inunda todo, energía, de ilusión vitalicia que, con adorable inocencia, cree que todo lo puede. Osadía e ímpetu de decidir por si mismo, al margen de los padres pues, como dijo Sigmond Freud -de lo poco con sentido-, hay que matar al progenitor para formarse como adulto, eliminar la herencia parental para formar una personalidad propia y, en algunos casos, los susodichos referentes lo ponen realmente fácil; incomprensión, distanciamiento, decepción generalizada de lo que se encuentra después de tanto tiempo de espera, o ¿es el hijo quién estropea tan ansiado reencuentro?
Maravillosos paisajes, sentidas interpretaciones, ¿suficiente para que te sientas contento?, enseñar Marrakech desde sus entrañas, ¿cubre todas las demás carencias?
"Las familias felices son todas iguales, las familias infelices lo son cada una a su manera", las formas, de Caroline Link, son las de ofrecer, el impacto cultural proveniente de un chico soberbio, que quiere asustar a su padre como compensación de todos los años de ausencia, carisma de costumbres y hábitos de lugar para quien se cree muy listo para aceptar consejos, sólo que, ese atractivo escénico por el encanto y hechizo de sus calles, se pierde cuando se trata del contenido de la historia, despierta pasión e interés el hábitat de los personajes, la estructura y 
su estilo, no lo que tienen que expresar o narrar, su andar progresivo y su melancólica pausa de ritmo es sosa y aburrida.
"La fantasía es más interesante que la realidad ", certifica el patriarca, "la realidad es más interesante que la fantasía", refuta el polluelo, un tal para cual que juega al polo opuesto de quien, quiere empezar a saborear, y de quien, ya está curtido en dicha tarea, novato tanteando el terreno sin saber con seguridad qué dice o hace, más un progenitor a la búsqueda de un amor hace años perdido; travesía que no alienta la razón, ni el conocimiento de sus andares, tonterías y tropiezos, sencillamente su mirar es nimio y abatido.
El sabiondo ratón cae en la trampa de la ignorancia e imprudencia, aunque la motivación por cómo saldrá o quedará tras ella no es harto estimulante, una guía turística, por país extranjero, a manos de un inexperto en el arte de la vida donde, uno se lo pasa en grande/al otro, la inquietud le perturba y estropea los planes, mientras el espectador, sin pena ni gloria, viendo la sucesión de acontecimientos, eventos, sin mucho apego o afecto por ellos, más que el devenir de arreglar lo roto, subsanar un estropicio poco alentador y una reconciliación de ánimo ausente.
La calma y pasividad de la observación desalientan y causan languidez suprema, el conflicto paterno-filial, núcleo de todo el tinglado, cansa y desalienta, anula el apetito por alimentar el deseo de compañía por ellos; a la susodicha directora alemana no se le dan bien las familias ni la estructura, sólo ambientarlas de fascinante espacio abierto y dejar que los actores hagan, con talento y destreza, su trabajo; aparte de que su larga duración no ayuda a mitigar la privación de querencia por ella.
No hallarás cariño por la misma, únicamente devoción y estima por su imagen estética.
Validez fragmentada; en cómputo general, escasa.



viernes, 28 de agosto de 2015

Cut bank

Dwayne McClaren, un joven que fue atleta estrella en el instituto y que ahora trabaja como mecánico, sueña con irse de la pequeña población de Cut Bank, Montana -la ciudad más fría de los Estados Unidos- y mudarse a la gran ciudad, llevándose consigo a su novia Cassandra, que sueña con ser modelo. Pero su plan para para marcharse se complica por una serie de eventos que involucran al joven en una investigación policial que lleva a cabo el Sheriff Vogel, que por otro lado es lo más cercano que Dwayne tiene a una figura paterna.


¡La que lía una entrega fallida!, despiste que obliga a un cambio de planes y a amoldarse a lo que venga.
"Bienvenido a Cut Bank, el lugar más frío de la nación", donde Derby Milton, personaje singular y poco querido, sólo quiere encontrar su necesitado bolso, con urgencia suprema, pero todos se empeñan en ponérselo difícil pues le repiten, torpemente, una y otra vez, "¿no eres Derby Milton?, pensé que ¡estabas muerto!", al tiempo que le entretienen y molestan pues el cartero ha sido asesinado y tiene, el mismo, que encargarse de buscar y recoger su propio correo.
Excepto que, es más complicado de lo esperado, pues éste se resiste, y en su obsesión enfermiza, que nadie entiende ni respeta, se lleva por delante a más personas del previsto y tiempo calculado, delirio que alcanza alta cuota de calor y nervio en una ciudad donde, a pesar de la leyenda de inicio, se suda y tiembla como en ningún sitio pues, para ser "el primer asesinato, nunca visto, en esta ciudad", son unos cuantos los muertos acumulados.
Para ser feliz, para alcanzar tu sueño, sacrificar a un cordero sólo que, un inesperado lobo solitario, psicópata superviviente de curiosa decencia y particular honestidad para con los animales, se cruza en su camino y, la llegada al paraíso prometido, se convierte en tortura asfixiante de infierno y mientras, el ingenuo y bonachón alguacil, paso a paso, siguiendo las pistas de los cuerpos asesinados y reconstruyendo el rompecabezas exhibido.
Sólidos y definidos personajes, de estereotipo clásico en su corte y confección, para una trama, presuntamente negra aunque, la verdad, simple y fácil, que es un desastre de carambola en su ejecución, todo un desatino de control, donde el caos reina y el desorden toma el mando de la situación, guión firme y estable de una inocente estafa, vuelta paranoia desbaratada, que incrementa su fuerza, interés y tensión conforme avanza en su escalafón.
No es una gran sorpresa el camino ni la resolución, los decibelios se mantienen a buen nivel aunque sin subidas repentinas de angustia y temblor, la negrura de su humor no acaba de coger ritmo y potencia, linealidad argumental, sin mareos o imprevistos sobresalientes, que hace camino con eficiencia de quien sabe su destino y cómo llegar a él, complace en su sinceridad e integridad de proceder y en la buena interpretación de sus actores donde, prontamente son avistados los papeles asignados a cada cual, en este "Cluedo" a resolver; se trata, sencillamente, de seguir las pistas y huellas dejadas para ganar el juego.
La recompensa lo vale pues, entretiene y distrae, con clara moderación pero, en el fondo, válida pues con la evidencia de que, Dios aprieta pero no ahoga, se hace recopilación y memoria de los honores y vergüenzas de vecinos de toda la vida, en un pequeño pueblo de la américa profunda donde existe un pacto, elegante y sobrio, de todos los diestros participantes para, con la habilidad de ser dignos en su hacer diario, componer un trabajo modesto, grato y sereno, comedido en sus ingredientes pero de resultado conciso y adecuado.
Le falta perspicacia de carisma y codicia, inteligencia de astucia e intriga, se anhela sentimiento de mayor fuerza y carácter para emular a su familiar lejano "Fargo", pero ameniza con gratitud y solvencia, sin incertidumbre ni duda de qué pasará al movimiento siguiente pero, sin que dicha certeza, sea fatal para su consumo y disfrute, satisfactoria calidad interpretativa para un guión mediocre y sencillo que, sin molestarse en demasía en adentrarse en su propio conflicto, cubre las necesidades medias.
En el fondo, el gran fraude de la cinta, está en su cartel de bienvenida pues, Cut Bank, no es el lugar más frío de la nación; ese trono lo sigue ocupando la genialidad de los hermanos Coen pero, como episodio esporádico que ambienta aquella época, no está mal, sirve y gusta.
Para pasar un agradable rato, sin elevadas complicaciones resolutivas.



jueves, 27 de agosto de 2015

El bailarín del desierto

Basada en una historia real que narra cómo Afshin Ghaffarian arriesgó todo en el año 2009 para formar una compañia de danza en su país natal, Irán, en medio de los conflictos políticos, las elecciones presidenciales de aquél año y desafiando la prohibición que rige en el país sobre el baile.


Un footloose de la danza expresiva, que se medio olvida de la batalla contra el sermón religioso y, ¡no todo es bailar!
"En tu luz aprendí a amar, en tu belleza encontré poesia, baila dentro de mi corazón, donde nadie más puede verte", rotunda expresión de quien no siente la soga al cuello de la muerte rondando para expresar sus emociones, alegrías y tristezas, el baile como lenguaje secreto de un cuerpo que vive, ama, se emociona y sufre al no poder comunicar todos sus sentimientos pues están retenidos en la cárcel impositiva de humanos barrotes.
Esa sensación única de libertad al conectar todos tus sentidos y manifestarlos a través de la belleza artística de un desafiante cuerpo físico en movimiento, ese vaivén elegante y suntuoso que suspira, se desliza y existe para hablar a través de la hermosa fotografía que dibujan las manos, el torso, las caderas y demás miembros al conectar, con armonía sutil y exquisita, consigo mismo y con un espectador hipnótico, que encantado y hechizado, no puede evitar -ni quiere- seguir mirando y estremecerse con la magnífica actuación representada.
Porque, aunque es una historia real sobre la censurada Irán, en su día, tierra donde nació la gran poesía y la primera carta de los derechos humanos, actualmente y desde la revolución, nación donde toda 
la libertad de expresión es prohibida, perseguida y duramente castigada a través de la policía moral que vigila el cumplimiento de sus estrictas normas y abominables restricciones, prefiere centrarse en destacar el espíritu artista de quien no puede refrenar su motor corporal pues está lleno de deseo, ansia e inspiración para crear e inventar, esa imperiosa necesidad de respirar, con profundidad, lleno de gozo, placer y orgullo pues ya no le afectan las leyes, las prohibiciones ni el pecado impuesto por otros, tiene su propio refugio, todo un espléndido y magistral desierto donde ser, para su escogido y valiente público, un bailarín.
Porque, eso es Asfhin Ghaffarian, nacido en Irán, de profesión bailarín, por mucho que otros quieran acallarlo, aprisionarlo o moldearlo.
Y el sueño cobra fuerza, y el demonio sigue, siempre vigilante, al acecho y aunque la victoria es pequeña en testigos, es grande en honor, coraje y bravura, impresión magnífica, nunca olvidada/jamás repetida que siempre estará ahí, como muestra perenne de andadura en tan pedregoso camino.
Es bonita, placentera y apasionada en su exhibición estética, en su bella y cuidada performance pero, en el símbolo que estos jóvenes representan al mantenerse de pie, en sus convicciones, a pesar del puño de hierro que amenaza y cae sobre ellos, en la lectura de su discurso interior de lucha, es tenue y comedida, se impone una auto restricción argumental en dicho contenido que, sin embargo, explota gratamente, en el lado contrario, para beneficio de una vista colmada -excelente la coreografía del desierto-, sin reparo ni moderación.
Respecto la trama de protesta y reivindicación de una existencia digna de respeto por las personas y sus pensamientos es ligera, pobre y escasa/abundante y soberbia en su centro expresivo del arte que nace y se lleva dentro, respecto la historia de amor insinuada, apenas se ven los mínimos toques de su comienzo, se olvida de ella; epopeya de superación de las dificultades con premio de ser real el protagonista.
Es dulce y sensible en una parte/blanda y comedida, sin incursión inquisitiva, en la otra, toda la intensidad de las escenas de danza son relegadas al cajón del olvido cuando se trata de abordar el conflicto político y religioso, convivencia de ambos lados que te lleva a adorar una/lamentar la otra por no sacarle más partido, sólo una exhibición mediocre, finamente correcta, de lo que realmente allí se teje y tiene lugar.
Sin el vigor, carácter y fortaleza del enfrentamiento humano y la revuelta que le acompaña, únicamente queda Saba, escuela de arte iraní, en secreto, que consigue llegar a París para ser certera, reconocida y actuar por toda Europa, menos Irán, por supuesto.
Adolece de no alimentar ambas partes con la misma rotundidad y contundencia; en conjunto, débil.



miércoles, 26 de agosto de 2015

Tracers

Sigue a Cam, un mensajero que recorre las calles de New York montado en bicicleta y que de pronto, se ve perseguido por la mafia.


Si un ladrón roba a otro ladrón, tiene cien años de perdón ¿no?
Fotografía urbana y música cañera como acompañamiento de saltos, correrías y tropiezos, malabarismos bien diseñados, perfeccionados y conducidos para un personaje desesperado y golpeado por la mala racha de la vida, que en su intento de aguante y supervivencia, encuentra una nueva pasión a la que dedicar toda su habilidad y fuerza.
Taylor Lautner, sin tanto lobo-humano ni exagerado músculo, pero con la misma dedicación actoral por su cuerpo, pues es lo único con lo que cuenta, en una clase continúa de gimnasio gratuito donde no se exige destreza en las expresiones sentimentales, o aptitud para reflejar un apreciado personaje y donde, la ausencia de pericia para interpretar, se compensa con un persistente y acelerado movimiento de la cámara, en incesante ajetreo.
Siempre es el amor el que lo mueve todo, seducción por esa chica que ves, a la que quieres conocer, proximidad con claro deseo de roce sobre su persona, interesante misterio por el que esforzarse y luchar, con el complemento de magníficas piruetas, de coreografía intensa, para un escenario lleno de obstáculos metropolitanos que superar y el mensaje de independencia, libertad absoluta, al vivir sin freno ni normas, de un Parkour -carrera libre- que se quiere vender y promocionar.
Contratiempo venidero y injusto de quien es un buen chico y...¡adelante!, ¡todo dispuesto y en marcha!; nuevo trabajo, silencioso, oculto, traslado de mercancía de mano a mano, sin permiso, pero con obvio trazado previsto y desenlace más que visto.
La acción, llena de carreras y saltos espectaculares, ha sido bien medida y planeada, meticulosidad evidente de ser el único motor de atención de la cinta; de duración adecuada para la diligencia que muestra, ofrece a un adalid resistente, de puro corazón, que debe volver a serlo tras ser tentado por la facilidad y provecho de coger lo que se quiere, cuando uno lo desea.
Entretenimiento básico, que cumple su misión, para un juego peligroso plasmado con sutil arte danzarín, nada que sobresalga de lo mínimo requerido, suficiente para un breve tiempo de relajación y recreo.
No sería difícil tacharla de mediocre, de nimia en su diversión por falta de consistencia, coraje y ambición de alcance, pero sirve para su propósito; trama pobre, elemental en términos generales, de acrobacias y volteretas muy válidas, resultonas y atractivas para un escarceo breve y ligero, de ritmo veloz y sin pausa, que cubre lo suficiente para no echar en cara su interior llano y vacuo.
Correr, saltar, atrapar, volar sin alas, únicamente con la dinámica de unos pies ágiles y potentes, la parte visual y gráfica es grata y complaciente/su alma menos sólida y fascinante, las actuaciones buenas cuando se trata de la parte física/apenas estimulantes cuando se trata de exponer el corazón que late dentro, tatuada estética que luce con valía/herida interna que no se aspira con vigor ni coherencia, un circo del sol en pleno Nueva York cuya adrenalina es para los sentidos externos, no para la razón cognitiva.
Porque la cinta es un acelera un poco más, cacho a cacho ¡que vamos muy lento!, un acelera, un poco más, corre más que el veneno que llevas dentro, donde vamos marcando el paso, vamos rompiendo el hielo y no hacemos, ni puto caso, de las señales del cielo; se sufren las consecuencias que todos esperamos, no por ello hay que juzgarla de mala y cutre.
¿Barata?, si ¿Animada?, también. 
A veces no necesitas un maxibón de nata como tentempié de capricho momentáneo, te vale un pirulo o sorbete de lima, que refresca sin efectos pesados pues casi todo es hielo, agua cristalina de relente sabor y condimento suave.
He dicho ya que ¡corren y saltan!, por si no había quedado claro.



martes, 25 de agosto de 2015

Hipócrates

Benjamin está destinado a ser un gran doctor, pero su primera experiencia como médico residente en el hospital donde trabaja su padre no sale como él esperaba. La práctica se revela mucho más compleja que la teoría y la responsabilidad es aplastante.


¿Quién no quere llegar a ser George Clooney en E.R. -emergency room-?, ¿ese atractivo, sufridor, incomprendio y entregado Dr. Ross?, ¿o el carismático Dr. House y encontrar la cura de esa patología, extraña e insondable, que dejará a todos pasmados?, ¡protagonizar ese momento inolvidable de ser el héroe de una noche de urgencias y salvar al moribundo herido!, dictar firmes y seguras ordenes, demostrar tu valía, obtener el respeto de la profesión, admiración de los colegas y ¡el amor de la chica!
Sólo que se te olvidan las dificultades del proceso, el bajo presupuesto, la falta de medios, la ausencia de sueño, el agotador cansancio y las consecuencias catastróficas de todo ello, esa juventud protagonista, intacto divino tesoro, quienes, osados en su camino, son ignorantes de los baches del mismo, quienes, impetuosos en su conocimiento, son frágiles en creer que lo saben todo, debilidad que se convierte en lucha de grupo y fuerza tenaz de elección correcta, donde eliges medicina interna por el trato con el paciente, por la relación personal y de seguimiento que se establece.
Internos a la búsqueda de la coronación en su doctorado, esa alcanzada consciencia de ser médico, ¡por fin, doctor!, orgullo y responsabilidad de lo elegido al tiempo que encarar ese doloroso y atroz debate, que tarde o temprano se abre, entre el interés del hospital/del propio médico o del paciente, no siempre unidos ni en la misma estela, una sobre explotación en todos los sentidos donde el beneficio de unos no siempre conlleva el del otro, números, 
fondos, costes, ganancias y ajustarlos como se pueda, en ocasiones supervisores de rentabilidad más que responsables de vidas humanas, una ejercicio sereno, adecuado, honesto y veraz de la rutina que encierra la profesión médica y los incómodos, tristes e injustos entresijos que dentro de ella se llevan a cabo.
"Ser médico no es un trabajo..., es una especie de ¡maldición!", pues supone sentida implicación, participación en vidas ajenas, preocupación no siempre compensada, intervención no siempre meritoria e inevitable frustración muchas veces llena de tensión y rabia, tantas alegrías como penas, celebraciones como desvelos, no permanecer ecuánime pues, en caso contrario, o te has equivocado de trabajo, o estás tan quemado que necesitas un descanso.
Drama reflexivo -olvídate de hallar atisbo de comedia que provoque risa- que expone entrañas, vergüenzas y alabanzas de la sanidad y de todos sus hilos adyacentes encarándose, en su recta final, más por la figura intocable de Hipócrates -de quien toma nombre para su título- y la dignidad honorable que supone su juramento, que por acabar de mancharse y entrar de fondo en la suciedad que expone, interesante de manera moderada, asoma cabeza de protesta y reivindicación válida pero no acaba de presentar tinte colérico en todo su cuerpo, sólo mechas superfluas de una tragedia, más viva e intensa, que nunca se desarrolla ni extiende.
Thomas Lilti expone los problemas rutinarios de un hospital que todos, alguna vez, hemos oído en el telediario o sufrido en propias carnes, y lo hace con eficacia envolvente y claridad de posturas, aunque sin incidir en exceso en la herida provocada, comodidad visual para relatar lo conocido e intuido, 
con destreza y habilidad, pero sin superar la barrera de la aprobación de conjunto pues se busca, en el fondo, la complacencia, el disfrute de un acople donde el abuso se castiga y la rectitud y moralidad se aplaude y remunera, armónicos ingredientes acostumbrados a ser vistos en cualquier episodio de serie hospitalaria que venga a la cabeza del usuario, donde la llegada de esa inocenta esperanza, de grandeza intacta, que el novato lleva en su esencia, tropieza con la crueldad y error de un día a día diferente de lo esperado.
De enorme éxito en Francia, país de origen, la devoción de su público galo no garantiza la taquilla fuera de sus tierras, es una competente y meritoria muestra de la santísima trinidad hospital-trabajadores-enfermos, pocas veces tan santa como debiera, aunque es reservada en su apuñalamiento a los mandamases y al tinglado burocrático que se esconde detrás, en despachos, lejos de las camas, y que oculta y apoya a conveniencia.
Duración apropiada para lo que oferta, cubre con esmero su tiempo logrando una meditación media sobre su exposición y decantada actitud, vale para coprometer al público en su visionado pero sus consecuencias meditativas no se alargan más en el espacio; para los conocedores del terreno que pisa, insuficiente y pobre, para el resto, logrado entretenimiento que ni supura, ni arde, ni necesita volver al mismo para revisión de lo sucedido.
"Juro por Apolo médico, por Esculapio, Higias y Panacea, por todos los dioses y todas las diosas..., cumplir fielmente este juramento y compromiso:...Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte, y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posteridad; pero si soy transgresor y perjuro, avéngame lo contrario"
¡Despertar de la ingenuidad nunca fue fácil!



lunes, 24 de agosto de 2015

Aloha

Un contratista en materia de defensa, Brian Gilcrest, supervisa el lanzamiento de un satélite desde Hawai junto a una piloto de las Fuerzas Aéreas, Allison Ng, por la comienza a sentir algo. Además en la isla se reencontrará con el viejo el amor de su vida Tracy Woodside, que ahora está casada con dos hijos.


Aloha, hola y adiós, amor y afecto, símbolo de Hawai donde, en todas partes, serás tratado con el estado de aloha, espíritu de bienvenida, buenos deseos e intenciones.
¿Por qué mancillar, tan bonita palabra, con esta desastrosa cinta, Cameron Crowe? ¿En que estaba pensando, la susodicha, cuando escribió ésto?, lo produce ella porque ¡nadie más lo haría!, lo dirige porque sólo su cabeza sabe lo que hace, conoce su procedencia, capta lo que quiere decir y ¡se emociona con su destino!
Porque la partida y su embarque hay que saber analizarlos, trocearlos por partes y con cuidado; con un principio de incógnitos fraseados a descifrar, propios de una mala noche de comedia de Martes y trece, donde se combina, con magistral torpeza dialéctica, el misticismo de un cielo que no habla, con su hermano terrestre que piensa más bien en dinero y poder, práxis humana que compite con ese espíritu altruista, respetuoso y grandioso, que tan superficialmente se trae a colación para, a continuación, seguir ruta por el añadido de un romance venidero que se disputa frente a otro añejo y, de todas las garruladas escénicas, militares o civiles, de colegas en rememoración, de sobredosis de enamoramiento forzado que pega, sea como sea, aún con cola extra fuerte ¡si hiciese falta!, de melancolía de quién fue, de tormento de quién es, de apocalipsis por ser honorable y salvar al mundo de un arma nuclear etc, etc, etc -y paramos aquí porque, la presente 
responsable quiso porque, seguir, se puede seguir con todo el galimatías que se quiera-, lo que realmente queda es un coyote perdido y extraviado, abatido en un interior devastado, a quien las estrellas guían hacia ese renacimiento de quien sigue ahí, pero oculto, por esa ruina material y servicio patriótico que actualmente le envuelve, creyendo que este escepticismo le protegería de seguir sufriendo cuando, en realidad, fue la causa de mayor ceguera y dolor o...
..., sencillamente, a Bradley Cooper y sus explotados ojos azules, intentando vender y hacer creer que, con su único encanto presencial ante la cámara, conseguiría hacer olvidar que el argumento es un desbarajuste de cohes de choque que, una vez entregada la ficha e iniciada la carrera, se sale por donde haga falta con tal de redondear la desfachatez de cómico circo, sin esmero ni gracia, presenciada.
Un atasco de ideas y propósitos donde "¡Yo soy Lono!" y parrafadas singulares de mismo tono, van acompañadas de coreografía gestual, de rostro que 
habla sin necesidad de palabras, para esa oposición ciudad contaminada/tierra sagrada de esencia protegida por dioses superiores a los que venerar y respetar, que vigilan desde las alturas el comportamiento de sus hijos en la tierra, progreso contra tradición, ambición versus costumbres y hábitos que conforman una manera decente de respirar, sentir y vivir o...
..., simplemente el guaperas realizando una heróica jugada para impresionar a la chica y ganarse su amor y aplauso; y, el mejor de todo el tinglado, es el marido silencioso de su ex a quien, por suerte, no dieron texto para hablar pues, ya hacían los demás bastante el payaso, ¡para qué uno más!
"No se puede comprar el cielo" aunque, sí llenarlo de basura técnica militar, que sirve a propósitos particulares, como fondo, muy hondo y disfrazado, de todo el artificio montado, más la esperada historia romántica oportuna pues ¡para ello la protagoniza el guapo de moda!
Desajuste falto de estabilidad argumental y de sentido coherente en su trazado, con un guión esperpéntico por sus indescifrables conversaciones que ¡ni los hermanos Marx con la parte contratante de la primera parte!
Desde luego, como guionista, Cameron se estrella de narices contra su propia nula ocurrencia, adversidad de dificultad insuperable dado el lío mental en el que se mete y cuyo enrevesado sólo a ella satisface, todo un galimatías donde, por momentos, no sabes qué dicen o hacen, por qué están allí o qué demonios les llevó a aceptar, a los actores, a interpretar dicho teatro demencial y barato; irregular fantasía que nunca encaja con la lógica de lo verosímil para una cinta que vuela a su aire, sin esperar a que la sigas, con sus delirios y locuras que se adaptan a lo que la directora-guionista-productora, supongo, quería narrar; los demás a ver el festival desde las gradas, sin participar, con pipas o palomitas, al menos entretenidos e intentando alegrarse y disfrutar de aquellos espacios más aceptables y recurrentes que permiten, tenuemente, intervenir en el saber de unos personajes desbaratados y maltratados en su confección; ¡aprovéchalos! pues el desorden, sin avisar y con prisa, volverá a escena ¡más pronto de lo que piensas!
Los Beattles con "Lucy in the sky with diamonds", tuvieron más acierto y tino para ¡el barrullo creativo y ¡la inventiva surrealista!
Aprende.



domingo, 23 de agosto de 2015

200 cartas

Un artista nuyorican escribe 200 cartas para poder encontrar a la mujer de sus sueños en la isla de Puerto Rico. 


Un placer inesperado, destreza de simpatía cuya huella deleita con ligereza pero rotundidad manifiesta.
Eliges una película sin esperar mucho de ella, simpleza pasable de ver sin pensar para pasar el rato, dispuesta a ser benevolente en tu juicio si la oferta es aún más baja de lo concebido y ¡sorpresa!, encuentras un pequeño encanto de cinta, discreta joya dinámica y sonora, con chispa y donaire, afable muestra de un tibio humor y salero para la plasmación de su torpe aventura y, aunque su destino es evidente y claro, anticipación perceptible con garantía de entrar en meta sin equivocación posible, exhibe su atolondrado viaje a la búsqueda desesperada y absurda del amor con frescura, diversión y amena cordialidad, atracción que gusta, entretiene y pone una sonrisa, de apuesta segura, en tu contento y agradecido rostro. 
Porque "la verdad, es que tú hablas el español ¡bien matao!", y en esas se balancea, jugando con ingenio y audacia con la fascinación de un rico y prolífero idioma que se mueve por regiones diferentes, bailando con trascendencia magnífica entre el español mexicano, el español puertorriqueño y el inglés de un gringo importado, nublado y perdido, porque "¿dónde está la chica?/where is she?" es la gran incógnita y obsesión de Raúl, el hombre, y Iron, el héro del cómic, perdón, ¡novela gráfica! -¡no se cometa ese error de nomenclatura!-, combinada con maestría y entendimiento con esa realidad furtiva que le va a la par y que, a cada fotograma, decisión y paso, se hace más sólida, veraz y desgustativa, acompañada de una jovial banda sonora de la tierra donde, sencillamente, Bruno Irizarry consigue un estimado conjunto, armónico y vivaz, colorido, ágil y supremo, dentro de su moderado alcance, para exponer y resolver su romance, de base añeja-nada nuevo, con estima, talento y tenacidad apreciada por su querido público a la vista.
Deseoso romanticismo que no empalaga, ni pesa, ni harta, un postre delicioso de atropello e incidentes imprevistos por parte de dos buenos amigos, que hallan compañía grata de camino, en busca de Irauna, la mujer enigma, de la que apenas se sabe nada excepto que ha vuelto loco y del revés a nuestro adalid, en parada muerta por falta de ideas, que se lanza, sin paracaídas y con manifiesto miedo a las alturas, desde la montaña más alta para lograr llegar al bus que se la lleva y, así, poder expresarle su inmenso amor por ella.
Pero, como siempre, las cosas no son lo que parecen, e indangando por Maria, puedes hallar a quien no lo es pero es todo lo que querías y necesitas, pues si cierto es que no hay camino sino que se hace camino al andar, también lo es que puedes perseguir una cosa pero la vida te da la oportunidad de prender esa otra que realmente te llena y hace feliz, porque la fantasía de un instante, enaltecida en sueño a volver realidad -dream come true- te lleva, súbita y fortuitamente, a ese realidad que nunca soñastes pero puedes atrapar y saborear, tanto como el espectador que se divierte con gusto no forzado de los malabarismos, discretos pero plenos en su eficacia, de este cuarteto vagabundeando por las calles de Puerto Rico.
Producción de esa linda tierra que vende con devoción y sutileza la hermosura de sus paisajes, el don de sus gentes y las bellas costumbres que allí se desenvuelven con el arte de narrar, al tiempo, las correrías de un Romeo neoyorquino que halla, por fin, a Julieta, para descubrir que ésta ya tomó su propia ruta y que, Yolanda, puede que le vaya más a la zaga, abrir por fin los ojos de esa bonita pero irreal ensoñación para ver, apreciar y amar a quien se tiene al lado.
200 cartas, 16 remitentes contestan, más una olvidadiza que se retrasa, que logrará complementar la lotería de amar y ser amado, ilusión pegadiza que se siente con facilidad, alegría y complaciencia, gozo de sencillez cuya ingenuidad deja de lado el recurso barato de las tonterías y sandeces y apuesta por la humildad de ser un disparate banal pero, sin esa recurrente necedad irrespirable.
Enajenación mental de un tierno demente enamorado del amor, con desvaríos temporales de confusión entre la ficción y el presente, que coge energía y fuerza para transgredir sus miedos y dejarse llevar por un tiempo "chevere" donde tener improvisadas experiencias y pasarlo genial; ¿habrá beso final de la chica?, ¡quién sabe!, pues si ya no puede con el idioma y la costumbrista forma de proceder, ¡como para averiguar dónde está ella!, si es que descubre a quién realmente desea localizar.
Bonita, linda, sin azúcar extra añadido, lozana, jovial, de choque sin lamento, y aunque modesta sin salirse de la corrección de lo previsto en recorrido y desenlace, tiene la gracia de una velada positiva, relajada y estupenda que se aprecia por el clima creado, el ambiente ofrecido y esa esencia aromática a risa cómica que no se prende, pero tampoco se congela, tiempo de recreo válido y suficiente; ¿mejorable?, sin duda, pero deja un grato y cálido recuerdo de su paso por ella.
Regocijo recatado, de aspirado fruto y sentido karma, y ¿acaso no es eso lo que cuenta?



sábado, 22 de agosto de 2015

Sin hijos

Gabriel está separado hace cuatro años. Desde entonces Sofía, su hija de ocho años, es el centro de su vida. Negado de plano a intentar una nueva relación amorosa, Gabriel vuelca toda su energía en su hija y en su trabajo. El idilio padre-hija se ve conmocionado por la aparición de Vicky, amor platónico de la adolescencia, transformada ahora en una mujer hermosa, independiente y desenfadada.


Comicidad vivaz en solitario/fogosidad arrebatadora en pareja, beneficio de felicidad en ambos casos pero, siempre por separado, ¿cómo implantar la susodicha fortuna, en unión bendita, del uno con el otro?, ¿la pasión del torrente sexual, con la dicha de la ternura parental?, ¿por qué tan difícil amoldar, el deleite de ese enamoramiento que altera tu existencia, con esa devoción intensa y eterna de por quien darías la vida?, ¿ese hermoso desvarío, de adoración en aumento, junto a ese soberbio querer infinito de quien es parte tuya?, ¡si todo es amor!, ¿cierto?
"¿Te gustan los niños?", pregunta recurrente, muy utilizada hacia el género femenino, como señal de acusación según postura elegida, y también impertinente de quien cotillea, con simpatía maliciosa, por molestar e incordiar con el permiso de la sociedad; dime, en concreto, que niño y te diré, con sinceridad, mi gusto o aversión por el mismo, respuesta correcta, que no social ni educada según ambientes en los que te muevas, que intenta particularizar, con honestidad, ante la ridiculez y confirmado error de cualquier generalidad.
Porque las fobias son para los genéricos, las masas de cantidad que meten a todos en el mismo cesto, la concreción con conocimiento individual, del trato personalizado permite ver cuando sólo se ojeaba, escuchar con atención y saber, con detalle, de esa meticulosidad que diferencia y especifica al individuo del grupo.
"Cada vez que te veo, te quiero cagar a trompadas", realidad de un rencor guardado, manifiesto a cada contacto, que se suaviza con la cercanía, la intimidad, las circunstancias y el entendimiento desde otro lado, porque caras hay varias, esquinas las que se quiera y medio mentiras inofensivas, para no hacer daño y salir del paso, que hieren cual afilado puñal sin compasión ni retroceso, ¡a tutiplén!, tantas como motivos e invenciones para ese necesidad manifiesta de conservar la ventura hallada, si puede ser, sin lamento.
Porque es una estupenda comedia, porque es un sentido drama, porque se saborea el romance, porque el dolor agria el carácter, porque gusta el ambiente y sus escenas, alegría y temor, caos y diversión, lágrima y esperanza de afinidad y terapia, la que sea, aunque se hayan probado todas, para lograr la mezcolanza de lo amado y deseado, por confuso disparate, aún separados.
Porque vende a su hija por lujuria, porque su conciencia no descansa, porque desmonta su encajada vida, porque necesita espacio, porque está agotado de tanto ajetreo, porque la locura le alcanza dejándolo sin aliento, porque demanda solicitud de cambio y avance que, con sorpresa inesperada, ponen una sonrisa en su radiante rostro, que inundan su corazón de bienestar pleno e ilusionan, a su alma, con una embriagadez suprema extasiada porque no puede más, pues al límite está, pues se ha lanzado sin aviso, precaución, protección ni salvavidas, y porque también van incluidos en la carta la tensión, los nervios, el miedo, temblor y cansancio de intentar combinar todo sin pretender que se entere la otra parte implicada, equilibrista novato, de días de plenitud contados, para que todas las bolas, sin remedio, se derrumben, encuentren y mezclen con esperado arreglo.
Festiva, alegre, dulce, bonita, un encanto de panorama, para una sociable fábula, sobre príncipe con hija que encuentra a una dulcinea sin apetencia de compañía extra, guión extrovertido, de seductor toque argentino, para una pareja deliciosa -no tanto la debutante cría- que se avienen espléndidamente en su juego de compartir pantalla; demostrado talento, de Diego Peretti, para la tragicomedia, reforzado con la absorbente firmeza de Maribel Verdú, esa serenidad y seguridad de quien lleva años luciendo su arte y palmito sin una queja, compenetración exquisita de un argumento confeccionado para gustar que, sencillamente, consigue su propósito.
Cordial, humana, llevadera, ágil y ligera, toca cada tecla con determinación para realizar esa parada, de tiempo suciente, que facilite aspirar su aroma, saborear su destreza y disfrutar francamente; es satisfacción lo que se busca, un espectador contento por la opereta orquestada, todo ello con inteligencia, 
habilidad y gracia, chispa de condimentos que traen prosperidad al plato servido y bonanza al comensal que lo degusta.
Sin hijos, pues estos "son la prisión de la gente libre", vas a salir risueño, complacido y con la maravillosa sensación de haber empleado tu tiempo con total acierto, entusiasta, encantadora, júbilo de enamorarse de sus 100 minutos y de su íntegro alborozo; ni siquiera apetece ponerse a rebuscar en sus quiebros, reparos y pormenores más débiles, encandila y agrada y, si vez el panorama de lo ofertado en los últimos tiempos, es tesoro a apreciar, abrazar y recordar con gratitud honesta.
Gracias Ariel Winograd, Mariano Vera y Pablo Solarz, no es nuevo, no innova, es clásico de los cuentos románticos pero, has distendido tus preocupaciones, aliviado la carga del día presente y ¡qué puñetas!, lo has pasado bien.
Logra endulzar el ahora, cuya grata razón, se relaja y acomoda; ¡chhssss....! Silencio, que va a empezar.



miércoles, 19 de agosto de 2015

Top five

Film escrito y dirigido por Chris Rock en el que el actor reflexiona sobre las consecuencias del éxito y la fama a lo largo de una serie de entrevistas con una reportera interpretada por Rosario Dawson, a lo largo de 24 horas de su vida. 


Podría haber sido una buena película, un válido trabajo, con más coherencia en el objetivo a narrar y más ocurrencia en los pasos que te llevan hacia ella, podría haber sido un relato que realmente valiera la pena.
Los entresijos que se mueven en la trastienda de un actor de éxito que intenta volver a primera portada, a plana actual de magazines y programas de cine, no por su vida privada, sino por el legítimo intento de darle un giro a su carrera y demostrar, que tiene más registros que ofertar, que los empeñados por todos los que le rodean. 
Sólo que ese inspirador comienzo, ventana que se asoma a la ardua lucha de espectadores y prensa que te dirige, fuerza y presiona para que sigas en tu estela más la entereza de reponerse del fracaso, elegir y mantenerse firme en su decidida convicción aceptada, pronto se desvía y maquilla de innecesaria comicidad forzada sin nada de gracia, cuya inserción, a golpe de intromisión errónea, no hace más que certificar esa evidencia de falta de contenido e ideas que desarrollar y donde, esa inicial gota de iluminación, se perdió en el fondo del mar al no encontrar compañeras laboriosas que la ayudaran a nadar.
"Si no está grabado, no existe", verdad suprema de los tiempos locos que se viven donde la hermosa estética compensa la mediocridad vacía de una intimidad insuficiente, exigua y falta de todo, sugestivo arrebato olvidado de un Chris Rock que realiza un popurrí, medio franco/medio fantasía, 
sobre el renacimiento de un artista que se endereza y encuentra, de nuevo, su sonrisa a pesar de los golpes y el desorden; posible sutil autobiografía de experiencia propia sólo que, no sabe decidir entre la múltiple alternativa, no sabe escoger en qué terreno moverse, si en la comedia, el drama, la tontería o el absurdo, de modo que junta un poco de cada, en escenas alternas, y lo sirve en bandeja ostentada simulando comida única de lujo, malabares y sentimientos auténticos.
Pero, en verdad, lo que hay es un montón de cháchara dialéctica del susodicho director-guionista-actor, que no sabe controlar los tiempos, ni medir los espacios de su acaparada exposición y supuesto interesante diálogo, desbordando la capacidad consumidora de un posible público que se satura de tanta habla magistral ya que transmite, más bien, nada.
Acertadamente reforzado por Rosario Dawson, ésta eleva enormemente los fotogramas impidiendo que el aburrimiento sea total; y, tampoco es que te distancies o hastíes de él o de su estrafalario relato 
en continuo parloteo que, ocasionalmente, coge algo de carácter, es que malgasta la oportunidad de llevar a buen puerto ese atractivo enfoque de mundanidad actoral que intenta sobresalir y resistir a la marea que le arrastra y ahoga, virando hacia el humor vulgar, barato y simplón, sin ingenio ni diversión, más un cómplice de romance que, como amago que de repente se confirma, sólo viene a cerciorar que, de tanto lío mental que tuvo al escribir la historia, optó por un final a lo Cenicienta pues, si es es ella quien rescata al príncipe, amén de cierre feliz, tendremos ese original toque moderno y exclusivo.
Pero, en esa torpeza de dirección, que olvida incesantemente su camino, tomando atajos de relleno que ni estimulan, ni entretienen, ni expresan mucho, consigue anular todo su principal propósito que podría haber motivado y deleitado al espectador: sin embargo, decide hacer reír con chabacanos intentos nulos de imágenes cutres, hacer conmover con muestra escasa de alma herida y, enamorar con 
oferta mínima que, para cuando empieza a despertar y tomar forma, ya no hay tiempo para más y hay que sacarse el "...y comieron perdices" de la manga ¡como sea!
"O todo, o nada", tal vez ese fue el problema en toda esta mezcolanza de cinta, que el presente actor cómico fue a por todas en su ficción, de tintes veraces, sobre el interior de un luchador contra el panorama exterior que le empuja y tienta, pero se queda en nada dada la falta de talento y agudeza para relatar lo pretendido.
Reflexionar sobre la industria del famoseo y las artimañas pactadas que esconden en el armario, con intercalado de chistes bufones, montajes vivarachos y realismo de la calle donde la vida tiene lugar; no funciona pues, en el fondo, sólo es una sandez de película que estimula poco dada su alta cuota vendida.
Un extensivo monólogo del club de la comedia, andante, fuera de su habitual circuito, cámara en mano y con grabadora en marcha, descarga de simpatía sin chispa que no obtiene ni ternura ni sonrisa, sólo indiferencia de encontrar el zapato, con intención dejado, pero no tener ganas, ni ímpetu, ni querencia de ir a por su par a la espera, pasividad en la que caes sin posibilidad de activar tu inercia.
¡Si al menos hubiera provocado alguna carcajada!; se apaga en su nulidad por no construir un decente logro con ese fructífero pensamiento que, una vez, ocupó su mente.
Opta por salida fácil, de resultado regular, tirando a anodino; así no, Chris Rock.