domingo, 24 de enero de 2016

¡Aferim!

Principios del siglo XIX. Costandin, un policía local, es contratado por un boyardo para dar con el paradero de Carfin, un esclavo gitano que huyó de su propiedad después de mantener un romance con su esposa, Sultana. Costandin empieza a perseguir al fugitivo, dando comienzo, así, todo un viaje lleno de aventuras. 


“Vivimos como podemos, no como queremos”, y a veces ni eso.

Lo has visto miles de veces en películas norteamericanas, que retrataban su deleznable época de esclavitud y de maltrato a quienes eran negros y propiedad de sus amos; para esta ocasión, cambiamos la comarca y nos venimos a Europa, misma crueldad, abuso, dominio y agonía de seres tratados como mercancía.
Un alguacil y su aprendiz hijo, en ruta a por un gitano huido reclamado por su dueño, presentado en ese seductor blanco y negro de una imagen que pasa a segundo plano, para resaltar la ferocidad de unas palabras que van al son violento de las escenas que coronan.
Su lenguaje es mordaz, salvaje, atroz, descomunal y desgarrador, asimilada naturalidad que cohíbe en el retrato de un tiempo y una existencia donde se era despiadado con la comunidad gitana si eras rumano, sanguinaria pacífica andadura que lleva a martirizador destino, donde la cháchara atrae tus sentidos por la mezquindad y barbarie retratadas.
Es un excelente trabajo, de sólido e indigesto argumento, que atrae por su estilo e hipnotiza por ser implacable en sus gestos, vocablos y actos, convertirse en hombre a través del oficio del padre y de una interrogada mirada que debe aprender que cada cual tiene su sitio y nada se puede hacer al respecto.
La ley y existencia de un tiempo, zona y época, que te pilla más cerca y de la que es probable no tuvieras ni idea, franqueza reveladora de un vivir asfixiante o poderoso, según fueras quien daba los golpes o los recibía en su castigada carne.
Radu Jude elabora una atractiva y sugestiva cinta, que despierta tu interés desde el principio por su diferente pose y apariencia estética, y que se

mantiene con firmeza y robustez doliente durante sus primeros cincuenta minutos, para unos oídos que escuchan con atención y desarme anímico todo el inquietante proceso, encarando a continuación una pausa en el escalofrío e impacto de inicio por la reiteración y disminución de la intensidad de lo expresado y de lo visto y, abordar la recta final y conclusión con contundente efectividad que cercioran y ratifican el acierto de todos los premios recibidos, pues es un conjunto perspicaz de gran tragedia cómica que perturba y enmudece, de socarronería verbal en medio de una esquelética miseria de un siglo XIX que aturde y aprisiona.
No la descartes, es una joya a disposición de quien quiera optar por su consumo y disfrute, cambia tu conocido y familiar gusto por la aventura y riesgo de

probar nuevo género, esa primitiva exposición que recuerda al cine mudo y que muestra la ingenuidad cortante de lo que era el atropello, inhumanidad, perversidad y el saqueo de ser tratado como presa de caza, compra y venta.
La segunda parte deviene un tanto monotonía, al disminuir el valor de una belleza artística ya saboreada, y cuyo texto también disminuye su fuerza; aún así es digna de verse pues es un intenso homenaje histórico a las vergüenzas y desmesuradas monstruosidades del viejo continente, que tiene mucho todavía que contar según tiempos y regiones.
No dejes que el subjuntivo verbal hipotético se apodere de esa sentencia gramatical que confirme, con pesar, ¡ojalá la hubiera visto!, pues ese me gustaría o desearía, que implica el error de un acto pasado, sería toda una tristeza para este trabajo diferente y peculiar que quema sensibilidades y arde en una razón estupefacta por lo que observa,
escucha y percibe junto a su inevitable corazón, intimidado y abrumado, todo ello junto a esa incómoda sorna y burla que tiene su gracia, lo admitas o no.
Grata sorpresa que permite seguir creyendo en la magia y valor del buen cine; también hay que advertir no es para todo oyente, muchos quedarán al margen de su salvaje embelesamiento.
¡Aferim!, ¡bien por ellos!


Lo mejor; su artística presentación, de imagen seductora y habla bestial y picante.
Lo peor; a la hora de su rodaje surge la uniformidad, baja su ritmo y disminuye la potencia de su repugnante fuerza.
Nota 6,8


sábado, 23 de enero de 2016

La chica danesa

Drama basado en la verdadera historia de una pareja de artistas daneses, Einar y Gerda Wegener. La vida de este matrimonio dio un giro cuando Einar sustituyó a la modelo femenina que su mujer, Gerda, tenía que pintar. Cuando los retratos resultan ser un éxito, ella anima a su marido a adoptar una apariencia femenina. Lo que comenzó como un juego llevó a Einar a una metamorfosis que puso en riesgo el amor de su esposa.


“Déjalo volar”, por el tiempo que pueda.

Consciente y complacida de la bella fotografía, de la elegancia de las formas, de la delicadeza estética, de la subliminal puesta en escena, del talento artístico, de esa maravilla de lienzo que encandila tu mirada y succiona tu respiración pausada, quien todo él se funde con ese brillante, considerado y suave escenario de compás sosegado, pero firme y cautivante en sus andares, y con ese impresionante intérprete, soberbio, tierno y exquisito que hipnotiza todos tus sentidos para prestar atención devota a ese sensible y deslumbrante renacer, de quien siempre había existido pero a quien nunca se permitió ser.
Todo empieza con dos adorables seres, ella hermosa y desvergonzada/inseguro y tímido él, Gerda toma la iniciativa pues Einar no parece dar pie, y se forma tan linda y envidiada pareja, quienes felices y enamorados comparten su amor por la pintura; pero he aquí que, de forma inocente, como juego divertido para entretenerse, se abre la caja de Pandora, que por nunca más podrá volverse a cerrar, pues Lili es realidad presente, cohibida y excitada, dispuesta y osada ha visto la luz, siente las ganas de experimentar, el apetito de saber y probar, el poder de desear y tener su verdadero cuerpo.
“Necesito a mi marido ¿puedes traerle?”, “no creo que pueda darte lo que quieres” y el amor marido/mujer se transforma en un amor por su mejor amiga pues “soy tu mujer, lo se todo” y ya lo sabía, lo intuía y en silencio acataba pues permanecía oculta pero palpitando; ahora, al despertar del alba y al ocaso del día, su leal compañera escucha, cuida, consuela y entiende pues “la besé y fue como besarme a mi misma”, y esta maravillosa recreación de un drama tan valiente e intimista, tan doloroso y floreciente, tan terminal y esperanzador en sus raíces te tiene nublada, paralizada y absorta disfrutando de tanta emotividad, fragilidad y finura de quien ha surgido para darse paso.
Espléndida la película realizada por Tom Hooper, magnífica su escritura, adorable su presentación, sabroso su consumo, agónico su recuerdo, ese
explosivo torrente de sentimientos vertidos uno a uno, con esa rotunda energía que los mueve y entrega poco a poco; magnética la fusión con sus protagonistas, con su cautivador trabajo, con sus vividas pasiones, frustraciones, alegrías y desconsuelos, excelente dúo que armoniza con notoriedad en pantalla para un categórico, diestro e insuperable Eddie Redmayne, la feminidad en persona, y una sobrecogida y atenta Alicia Vikander, sólida escolta de tan sutil y preciosa pieza.
Interesantes hechos, de veracidad desgarradora, que rueda cual reloj al que se le da cuerda y no le es posible retroceder en el tiempo; “relájate, cuanto antes empiece, antes terminaré”, sólo que nunca lo hizo; fue el principio del fin, el final de lo apenas empezado, era pantalla de escondite para que nadie la viera, para que nadie notara su presencia pero, ahí estaba, y lucha por ser, y por fin está, y surge una apreciada pintora, y nace una decidida mujer, y la
audiencia encantada, ensimismada y sugestionada por cada gesto, palabra o movimiento.
La evolución de Einar a Lili a través de un elegante lienzo, esas manos, poses, miradas y sonrisas de vergüenza, descaro que va emergiendo hasta dar fortaleza a quien nunca pensó sería posible hacer gala de ella; no infiere con ardor en la tortura médica, no hace agonía explayada del tormento que se siente en tan complicado cambio, insinúa gotas de su tormento e inestabilidad propia, dudas coercitivas impuestas por incomprendidos externos dejadas caer como pinceladas sutiles que informan, pero no son lo importante; las estrellas son este dueto/terceto, vuelto unidad individual de apoyo mutuo, su descubrimiento, estupor, acogida y confianza recíproca, el resto es informe válido que sitúan a Lili como el primer transexual en lograrlo.
La chica danesa, más montaje artístico que escrutinio
de la transexualidad aceptada, excesiva en su apariencia de vestir el exterior más que elaborar contenido interno aunque, imposible negar que sin emocionar succiona, que sin conmover engancha, que sin alma se capta su latido, que sin inquietar estás pendiente de ella; puede que hable y exponga para la galería de los que desfilan con todo pulcro, amenizado y bonito, inmaculado y satisfecho pero, consigue que te sientes en tu butaca y observes todo el cortejo de la pasarela con devoción, entusiasmo, gratitud y empeño.
Deleite de postal que vive de la esplendorosa e imponente imagen, deja la agonía y crudeza de tanto dolor fuera; está pintando con colorido sedoso y tenue, agradable y gusto, no narrando con sinceridad dañina y escrupulosa.
Para observar, apreciar, aspirar y dejarse complacer por toda la esencia de su recreación estética.

Lo mejor; la complicidad y seducción de su pareja interpretativa.
Lo peor; no está interesado en contar su historia, únicamente en dibujar un atractivo y terso cuadro.
Nota 6,7



viernes, 22 de enero de 2016

Los odiosos ocho

Pocos años después de la Guerra de Secesión, una diligencia avanza a toda velocidad por el invernal paisaje de Wyoming. Los pasajeros, intentan llegar rápidamente al pueblo de Red Rock, donde Ruth entregará a Domergue a la justicia. Por el camino, se encuentran con dos desconocidos: un antiguo soldado de la Unión convertido en cazarrecompensas de mala reputación, y un renegado sureño que afirma ser el nuevo sheriff del pueblo. Como se aproxima una ventisca, los cuatro se refugian en la Mercería de Minnie, una parada para diligencias de un puerto de montaña. Cuando llegan al local se topan con cuatro rostros desconocidos. Mientras la tormenta cae sobre la parada de montaña, los ocho viajeros descubren que tal vez no lleguen hasta Red Rock después de todo...


“¿Puedo ver esa carta de Lincoln?”, es el único capítulo que vale la pena.

Los ochos odiosos y, efectivamente, claro como el membrete; son ocho y son odiosos -aunque no tanto, ¡no creas!-; obviedad que siempre se cumple con Tarantino pues es concreto y sincero en lo que ofrece, desmadre violento y desagradable, caña por todas partes, adrenalina en ascenso y vocabulario para cogerlo con pinzas, explosiones o tiros para animar la fiesta y un banquete incómodo y divertido que alegra y mata por igual, que ameniza e incordia, seduce e indigesta para concluir lo sabido, que Quentin tiene un estilo único y que quien le escoge para verle ya sabe lo que va a encontrar.
Pero ¡mira por dónde! que esta vez le ha dado, únicamente por la cháchara, diálogos incesantes sobre los personajes que se van presentando, uno a uno a su tiempo exponiendo su persona, trabajo, lugar de procedencia y destino de llegada, cada cual marcando posiciones y trayendo a colación diversos temas, y una maldita ventisca para reunirlos a todos en lugar común donde jugar al tiro y afloja, a quién es quién y a ese encaje inesperado de piezas para jugar al ajedrez y ver quién cae primero y quién sobrevive al rey, si es que éste queda al descubierto.
El juego del cluedo, quién miente, quién dice la verdad, “uno de ellos no es quién dice ser”, habrá que tomar precauciones, protegerse y asegurarse la salida victoriosa; la adrenalina va subiendo, cada uno tiene su estrategia y el espectador observando una
partida que no tiene excesivo interés, calor ni intriga; y no porque las palabras no motiven o la conversación no atraiga, simplemente éste no participa, está en una esquina de la sala escuchando esa imitación hitckcockiana de época muy pasada, más dura, menos elegante pero igual de tramposa que cualquiera de ellas; con su fantástica música, acierto indiscutible de melodías para cada pieza, más esa tenaz, meticulosa e inquisitiva fotografía ¿y?...,no te afecta mucho, no va en exceso contigo, no te excita ni anima, la encendida pasión que esperas y deseas no llega y nunca llegas a ser Jessica Fletcher investigando un asesinato o, Colombo tomando notas de todo lo dado.
Cada vez quedan menos y la tormenta sigue acosando, al tiempo que continuas sin participar ni apostar sobre quién será el próximo; no dudo que el guión fue divertido y ocurrente de escribir para su autor, quien se lo toma muy en serio y con respeto, amén de que también se lo pasó en grande en su rodaje, pero la audiencia no aspira su aliento con entusiasmo, concentración y vistas a resolverlo; Samuel L. Jackson ejerciendo de áspero Sherlock Holmes con capa, sombrero y pistola, y un inútil e improvisado Watson de escolta de sus espaldas no abre gran apetito ni coma con plenitud las expectativas, honradamente no es lo ansiado por esa
ilusión expectante de quien oye hablar de una película y no puede esperar a verla para deleite de su gusto.
Ni la censuro, ni la suspendo, ni la critico en negativo, es una notoriedad de argumento y montaje, pulcritud de imagen de abducción sonora, de realización loable pero, de nada sirve si desvías la mirada de la pantalla con facilidad, si buscas refugio de opinión en quien está a tu lado, o vas comprobando el reloj a ver cuánto va tardando; escrita y dirigida por Quentin Tarantino, él la disfruta más que nadie, lo cual es genial para el susodicho, no tan estupendo para la concurrencia.
Puede que seas demasiado exigente con un director cuando eres devota de su marca y estilo, o puede que, simplemente éste se repita y ofrezca más de lo mismo, pero sin tanto eficiencia, carácter y arrebato; la consecuencia es la misma, no sales satisfecha.
Con lo sencillo y fructífera que fue la conexión en
otras veces, en esta ocasión no hay entendimiento; si la analizas con detalle, de miembro a componente, es gloriosa, un trabajo fantástico, costoso y meritorio; si la valoras por la actitud e aspiración del público, muy contento y exultante no sales, ni tú ni la referida.

Lo mejor; toda ella, por partes individuales de ingredientes formidables.
Lo peor; de nada sirve para una razón no cautivada, que atiende sin exaltarse.
Nota 6,8



jueves, 21 de enero de 2016

Sherlock: la novia abominable

¡Bienvenidos al Sherlock de 1895! Para el detective más famoso del mundo y su mejor amigo, algunas cosas continúan igual: la amistad, la aventura y sobre todo... los asesinatos. El fantasma de la señora Ricoletti ahora parece recorrer las calles con sed de venganza, y sólo Holmes y el doctor Watson pueden hacer frente a esta novia de ultratumba.


“Hasta que la muerte nos separe, por segunda vez”; “sí, él siempre es así”

El escenario está listo, que se levante el telón y empiece la investigación; el juego está en marcha.
Y éste es exquisito, ágil, veloz, sutil, irónico, vivaz, dicharachero hasta la extenuación, quisquilloso hasta el entusiasmo, fanático hasta el contagio.
“La verdad es aburrida”, pero este Sherlock la presenta con estilo, gracia y una fascinante sugerencia que hace las delicias del oído y de la vista pues, no es sólo el magnífico y detallista guión que envuelve cada escena, personaje e intercambio de habla, es esa cálida y devota fotografía que abraza todas y cada una de las tomas creando un incesante espectáculo de placer, sabiduría, afecto e interés por dejarse llevar y que transmita, todo su arte y encaje, a un espíritu complaciente que aspira sin descanso, que saborea con degusto su textura y que únicamente concluye está ante un brillante trabajo, de producción inglesa para la televisión, a la que muchos parientes de la gran pantalla deberían envidiar, y de paso aprender.
“No hay fantasmas en este mundo, excepto los que nos hacemos a nosotros mismos”, y de estos hay de sobra para todo participante, sea víctima, familiar o el propio investigador del caso; un locuaz, avispado y exigente Holmes, que odia perder el tiempo y esperar a rezagados cuya inteligencia no está a la altura de las demandas y circunstancias.
Un absorbente Benedict Cumberbatch encarna a tan mítico personaje con soltura, seducción y una
credibilidad hipnótica que se observa y respira a cada fotograma, más un sabio, leal y estable Watson -con más intervención e importancia, para disfrute del caso-, que representa la querencia, orden y estabilidad como único gran amigo y perfecto conocedor de tan ingenioso hombre, de talento exclusivo para la deducción y el uso puntiagudo de las palabras; Martin Freeman como colofón a tan pasional, sublime y adecuado andamiaje que eleva sus estructura con solvencia y fiabilidad, conforme avanza en materia y juega al ratón y el gato con su protagonista y con su enamorada concurrencia que no parpadea por no perder detalle pues, ya es difícil captar la completa sagacidad verbal expuesta y que sea devorada y consumida con su merecida y deseada intensidad.
“Nunca es la caída lo que te mata, es el aterrizaje” y Douglas Mackinnon ameniza sobre segura al apostar, con vertiginosa sorpresa de idas y vueltas, con
tiempos alternos de un pasado y presente que cambian la fisonomía, lugar, esencia y razón cuerda de todos los integrantes, comparación sublime que te despierta del acomodo placentero de una época para trasladarte, azotarte, cuestionarte y volver de nuevo al túnel del tiempo.
Mordaz, potente, incisiva y delirante, es un honor su descubrimiento, un gusto su consumo, un acierto su visión, una alegría su recuerdo, divertida referencia de este ilustre detective que expone todos sus rasgos clásicos con genialidad original de apetitosa mezcolanza; un caos cómico, de tradicional empaquetado, que hace fácil la adopción y abrazo de este episodio de una serie con fans incondicionales y mucho respeto ganado a lo largo de los años.
Innecesario estar al tanto de la misma para catar y relamerse de este nuevo plato entregado, es lo ya
conocido ofrecido con aguda perspicacia y contemplada astucia, donde los de siempre adquieren nueva consideración y mayor envergadura, para redondear a una locura de Sherlock Holmes que sufre más de lo intuido y necesita de ayuda más que sus secretos clientes.
Visita a este “viejoven” amigo, no te arrepentirás.

Lo mejor; la pericia y destreza de su guión para redondear con carisma los personajes ya visionados.
Lo peor; su atractiva e imparable velocidad puede dejarte sin aliento.
Nota 6,8


miércoles, 20 de enero de 2016

Jackie & Ryan

Drama romántico en torno a la relación que se establecerá entre una madre soltera que lucha por la custodia de su hija y un sin techo que aún sigue tratando de alcanzar su sueño de ser músico.

Un irresistible hogar, del que es difícil marchar.


Cuando has perdido tu camino, vuelve a tus raíces, desanda el estropicio y recuerda qué te llevó allí, qué pretendías y cuáles eran tus ilusiones y, parece que ¡dicho y hecho!, o principio de ello pues, Katherine Heigl vuelve a la interpretación profunda, sensible e intimista hace tiempo ya olvidada; de recursos para ello va bien servida -nunca se ha puesto en duda su calidad como actriz, sólo sus gustos para elegir triviales papeles reiterativos que poco o nada aportan-, aquí magníficamente acompañada por un modesto, cautivador y transparente, en su magnética sencillez exhibida, Ben Barnes, músico errante que tiende una mano y detiene su viaje para deleite de quien mira la pantalla, pues permite esa integración con aquello que de si mismo descubre.
Sin queja y con ternura, con lentitud y complacencia, Ami Canaan Mann elabora un sabroso plato a fuego lento, con cariño y cuidado, suave y templada fotografía, de escogida delicadeza en las formas, que corona los importantes eventos que inician su rumbo; inocencia de pose de un superviviente hogar que abre sus puertas para compartir sus alegrías y penas, lloros y esperanza no extraviada a partir de esas amargas dificultades, de ese descorazonador miedo que envuelve sus vidas.
Bella y amable, serena y emotiva, deja fuera el artificio empalagoso y se centra en la sinceridad de un guión que no pretende lucir ni alardear, únicamente narrar la ayuda mutua de dos desconocidos, cuya intimidad florece a cada segundo en su honda y cálida evolución hacia la cumbre.
Jackie y Ryan, Ryan y Jackie, el orden no altera el producto, aunque si lo hizo un inesperado y necesitado encuentro cuyo fruto es para ambos; también para un espectador que participa, con esa humilde pero penetrante querencia de acogida, de su tiempo y sentimientos compartidos; ensimismada
madurez, de hipnótica presencia, que luce su emotividad con calma, respiración y sosegada quietud de quien no tiene prisa por acelerar lo que se goza y disfruta a cada paso.
“¿No tienes nada que decir? No realmente”, y no lo necesita, pues se expresa mayormente a través de ese fabuloso y contagioso sonido country, esencia pura de sensibilidad melódica que conecta con el espíritu de quien escucha y toca, etiqueta ilustre que entona toda la silenciosa cercanía de una contienda suave, pausada y sosegada, que en proporciones mínimas se unen para encuentro de un comedido relato, nada original/ya novelado antes, que transmite aprecio, dulzura y enamora una mirada, encandilada en su textura y gusto.
Hay momentos en que estas pequeñas, afectuosas y acogedoras cintas son un regalo para el alma que, en ocasiones, sufre de inapetencia y desasosiego ante el desfile de películas que, ante tan elevadas pretensiones, apenas llegan a parte alguna.
La presente no promete pero inspira, no juzga pero
alecciones, común y típica narración cuyo talento es la discreción, mimo y sutileza por sus personajes y audiencia.
Aspira la emoción, degusta su recorrido y abraza su desenlace, ¡no hay más!, tan frágil y natural como eso.
A veces simplemente se ama y se deja marchar, para que dicho portador de tan exquisito y exclusivo sentimiento, vuelva si lo desea.

Lo mejor; su pausa, armonía y tempo de un argumento que no corre, sólo camina.
Lo peor; se echa en falta una mayor intensidad, para mayor absorción de su devaneo.
Nota 5,7



martes, 19 de enero de 2016

El último cazador de brujas

Narra la historia del último miembro de una casta de cazadores de brujas. Se trata de un individuo que mantiene a raya a las brujas y hechiceros neoyorquinos.


Caza por última vez y ¡dedícate a otra cosa!

Vin Diesel, ¡vete a conducir coches!, que la caja de cambio te se da mejor que ¡manejar la espada de acero y fuego!; porque tanta poción, gusano y raíz saliendo del suelo desespera, aburre y tiene escaso efecto.
Que, por otra parte, si no cuela dicho teatro, en su apreciación válida de mérito a considerar en la estética ofrecida, ¿qué queda?, porque ni el mal, ni la inmortalidad, ni las brujas, ni servir al hacha y la cruz, ni el arma de sus manos y cuerpo, ni la magia, ni la redención, ni el merecido castigo, ni la venidera plaga, ni la manipuladora de sueños etc, etc, etc,
¿Qué salvar de esta innocua pomposidad inventiva, que quiere volar alto pero tropieza con sus propios insectos, que la nublan y creen arrogante y suficiente para elaborar merecida distracción de digno entretenimiento?; ¡el maquillaje!, es cierto, se lo curra bastante, el resto es simulacro eléctrico de oscuros y claros, según se tercie y se lo monte un mediocre guión que no aporta nada, que no innova ni escribe un relato ingenioso, maduro y atractivo, no digamos ya ocurrente, interesante y lo bastante sólido para no estar mirando y pensar..., la barba del primer Diesel ¡es exageradamente postiza!, ¡no había mejor remedio estético para disimularla!, ¡si estamos en la era de los efectos especiales por ordenador!, de los cuales, sin duda alguna, se abusa; de ahí que no se comprende contarán con ¡tan cutre remiendo!, y ¡dejársela crecer a ver qué tal!
Es obvio que me paro a reseñar en tonterías y divagaciones pero ¡es que la cinta entera es una sandez boba!, de imitación cutre de familiares mucho

más diestros, a la que no han sabido sacar partido alguno y ¡mira que tampoco era tan difícil!, hechicera malvada, creída muerta, que vuelve del pasado, cazador condenado a no morir nunca que va a por ella, extras de relleno y..., ¡quédate con el tráiler!
“¿Quién dice que una bruja no puede cazar brujas?” quién dice que el espectador es capaz de tragarse cualquier cosa con tal de que el protagonista sea conocido, allá mínima, muy mínima acción, chica a la vista y un montón de cháchara, vacía y hueca, que se escribe en un momento de descanso, sin necesidad de inspiración o mucho trabajo, o ¿si lo hace?
“No se puede cambiar lo que se ha hecho”, y bien que lo está sufriendo la presente que firma, quien tuvo la intuición de no ir al cine a verla y relegarla a visión en dvd pero ¡es que no sirve ni para amenizar la noche de domingo!, donde admites cualquier cosa exigua y ¡a dormir que mañana hay que madrugar!
“Por acero y fuego..., atraviésala con acero, arrásala con fuego, dale la muerte eterna”, yo si que te la
daría ¡gratuitamente!; porque en esta realización todos están a la baja y nadie gana, por ello no se entiende el apostar por ella, y me refiero a sus responsables, no a la inocente audiencia cuya ilusión es vapuleada.
Unos mueren, otros se salvan y, me sigo preguntando ¡por la maldita barba!; ¡qué me llevo a pensar que como último cazador se esmeraría, la susodicha cinta, en cazar con diversión y esparcimiento, a la retorcida bruja!, supongo que ese fue el primer paso de mi categórico error, suponer contenido y puntos a la misma, suponer contenido, suponer...,¡ahí le has dado!, menos mal que consuela escribir sobre ello.
“Durante años ha servido al hacha y la cruz”, sólo que la cruz es haber sido golpeada por tan torpe e ineficaz hacha.
No oses verla sin palomitas que compensen el tiempo invertido.


Lo mejor; dame tiempo que estoy pensando...,¿puedo repetir maquillaje?
Lo peor; dame tiempo que cuesta elegir únicamente una cosa..., ¿puedo decir toda?
Nota 3.5



Secretos de guerra

Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Durante la ocupación alemana de Holanda, en 1943, Tuur y Lambert son muy buenos amigos. Poco conscientes de la gravedad de la situación, juegan a la guerra por el bosque y van al colegio con normalidad. Pero en la escuela todo cambia ante la llegada de una nueva alumna, de la que ambos quedan prendados sin saber que su destino está marcado.


“A veces es mejor no saber las cosas”, permite seguir diviertiéndose.

Cuando las travesuras de críos dejan de ser tonterías de amigos enfadados y se convierten en peligro de perder la vida, cuando pasas de jugar y tirar piedras a los trenes a ver la mano de una inocente niña pidiendo ayuda, cuando descubres el horror e injusticia de la guerra al tener que esconderte de tus allegados, cuando ya no hay más bromas, ni risas ni pasatiempo de tarde; la seriedad llega, el daño golpea, la duda corrompe, la traición espera, se deja de ser niño para ser adulto forzado que nunca olvidará con cariño y tristeza, con desasosiego y alegría un irrepetible tiempo de dulce y añorada infancia que nunca volverá, un sabor agridulce para tan tierna época, que de golpe y por túnel de escape, pasa a una memoria que se quedará con lo bueno, con la gente que merecía la pena.
“Éste lugar será nuestro secreto”, y así, a través de verdades silenciadas, mentiras públicas y tapaderas escondidas, Dennis Bots muestra la maldad, desafío, resquemor y amargura de un conflicto bélico que enfrenta a vecinos a través de los ojos de dos inseparables hermanos de amistad, cuya llegada de una tercera extraña, candidata a miembro del grupo, abrirá los ojos a la crueldad, auxilio, desesperación y miedo quebradizo de quien teme ser descubierto si hace un mal gesto.
Nazis y judíos de nuevo a la palestra de la actualidad, con un sencillo y modesto relato de evidencia en su discurrir, típico planteamiento ya solventado en otras ocasiones que no por ello, por ser familiar y conocido, deja de cautivar, envolver y complacer a una audiencia que aprecia la ingenuidad, honradez y torpeza de quien, por edad e intención, es puro de corazón y leal hasta donde pueda pero, está rodeado de adultos acusadores, egoístas y portadores de la rectitud y el correcto hacer de las cosas.
Desde Ana Frank ha llovido mucho, aunque las historias tengan la misma base, orientación y destino; no cambia el argumento, siempre unos
escondidos/otros delatores, en esta ocasión se hace gala de la candidez, virginidad e inofensivo proceder de quien, por ignorancia, no es consciente de su ineptitud y el daño que está causando.
Afable fotografía para un guión lozano, de frescura innocua en su lenguaje, que mantiene un ágil ritmo, de duración propicia para consumir su humilde percance con gusto, comodidad y conformidad de quien ya sabe por donde van los tiros, pero no le importa volver a visionarlo dado el acierto dinámico y resuelto de presentar la velada; endulzar mínimamente e ir al punto estratégico que lo deforma todo, que desvela lo oculto y quita caretas, con esas obvias consecuencias anímicas para el dueto protagonista, al ser arrancado de la pueril infancia y ser arrojado a la cueva de los leones, por nunca más secreto para nadie.
Un pueblo pequeño, la militancia y la resistencia, y los sentimientos se desbordan, la convivencia se acaba y ese lejano conflicto llega y arrasa a los que más quieres; se toman posiciones y cada cual a ejercer su papel de héroe o villano, de cobarde salva cuello o de valiente que arriesga el suyo.
Todo lo cuenta con pulcritud, adecuación y eficiencia aunque, sin provocar emotividad, afinidad o simpatía sensiblera por los mismos, narración expuesta en acordes condiciones que no logra emigrar al alma ni emocionar al corazón; carácter liviano para una disputa entre colegas que llega demasiado lejos, ya
vista con mismo contexto pero otros nombres, se deja volver a ver con entretenimiento medio y sin lamento.
Leve cirugía para un tema tan arduo y serio; secretos de guerra que no elevan la temperatura.

Lo mejor; su mirada infantil que despierta a la responsabilidad adulta.
Lo peor; se conforma con muy poco, con un templado bosquejo de acción moderada y emociones tenues.
Nota 5,5




lunes, 18 de enero de 2016

The diary of a teenage girl

San Francisco, años 70. Minnie Goetze es una chica de 15 años que aspira a ser artista de cómics. Con una insaciable curiosidad por el mundo que le rodea, es una adolescente bastante típica; el problema es que se acuesta con el novio de su madre.


“¿De qué vale vivir si nadie te ama, nadie te nota, nadie te toca?”

Diario de una adolescente atrevido, deslumbrante y diferente, más en contacto con el despertar de una joven a su sexualidad y el caos que ello proporciona, ese poder que otorga un cuerpo joven en aprendizaje de todo/experto en nada que simplemente prueba lo que se presenta, como experiencia propia de la vida que está descubriendo.
“Me gusta el sexo. Me gusta que me cojan. Sólo quiero que me toquen”, licencia central de un joven que confunde sentimientos, equivoca ruta y se castiga por ello, el difícil trance de llegar a esa edad compleja donde todo está por vivir, sin poseer la sabiduría necesaria para no fallar y lastimarse.
Música genial, de acompasado ritmo, para una alocada historia, fresca, vital y personal que pasa de convencionalismo y florituras; familia desestructurada, que incluye a nuevos miembros por parte de una madre que no sabe ser feliz sin un hombre, una hermana cotilla, una amiga salida y una protagonista normal, un poco gorda para su gusto, no muy guapa según su opinión, que se descontrola al conocer el placer de una carne en roce con otro ser humano; goce placentero recién hallado que centrará sus pasos hacia esa evolución donde las emociones se confunden y los sentimientos interrumpen un camino desmadrado, que se estrella sin poder evitarlo.
Muestra lo no permitido con valentía de gusto que no ofende, y plasma a la perfección ese desvarío en el que se encuentra la incorporada adulta, esa lolita que averigua sus virtudes, las explota y maneja a capricho manipulador del momento, según apetezca.
Marielle Heller escribe y dirige un relato audaz, inconformista y refrescante que habla con fuerza, claridad, directo a la pantalla y a un espectador compulsivo que le cuesta acoger y seguir a esta quinceañera y su ávido mundo sin sobresaltarse,
enmudecerse y quedar fascinado por la naturalidad y franqueza de exposición que no esconde, que no huye y que habla con rotundidad del lío mental de una cabeza, cuyo cuerpo va a mil por hora solicitando paso.
Impresionante debut de Bel Powley como actriz principal, su soltura, desparpajo, honestidad y sentida capacidad transmisora, recogida al vuelo por la audiencia, favorecen una extenuante absorción de todo lo expuesto sin pérdida notable de la calidad exhibida desde el primer instante; más una estupenda Kristen Wiig, como madre idolatrada que pierde fuelle y enteros para convertirse en todo aquello a evitar si es posible, esa dependencia emocional de un hombre para la prosperidad afectiva y poder ser alguien en la vida.
Sorprende, altera y aturde, maravilla de narración expuesta, descarada e insolente, que no deja indiferente; entiendas o no, gustes más o menos, te escandalice o sugestione es claro que ha atrapado tu pensamiento durante sus 102 minutos; conócela, no
la juzgues y recuerda lo que era sentir la dicha absoluta seguida de la desgracia más mísera, esa noria sin control ni freno que decidía sin pensar en las consecuencias y que quería comerse al mundo aunque este, más pronto que tarde, la engullera.
Simpática, locuaz, abierta, de energía exploradora, difícil resistirse a ese recóndito retroceso a tan complicada y peligrosa época.

Lo mejor; su frescura de guión y habilidad interpretativa de su protagonista.
Lo peor; la curiosidad íntima que expone puede molestar a ciertos sectores.
Nota 6


domingo, 17 de enero de 2016

Los héroes del mal

Tres adolescentes que sufren el maltrato y la humillación de sus compañeros en clase deciden unirse para vengarse. Sin embargo, lo que comienza como un acto de libertad en legítima defensa se convierte en una espiral de violencia de la cual no podrán escapar. ¿Qué se puede hacer contra un criminal menor de edad?


Chíllame que te estoy viendo, quiéreme que te lo estoy suplicando.

Esto es como Star Wars, eres del bien o te atrae más el mal, ese lado oscuro, de atractivo poder por esa ansiosa violencia que se deja fuera de control, dejada llevar por ese instinto animal que no entiende de normas sociales; diversión de un libre albedrío que elige desahogar su frustración y penas con la humillación y dolor del otro, valiente y atrevido acto, digno de los meritorios justicieros que lo llevan a cabo, que debe compensar y equilibrar esa injusticia de no ser feliz, ni llevar la vida que se desea.
Sólo que aquí el verdadero terror tiene que ver con la soledad, con esa angustia a ser el marginado, ese excluido que recibirá las vejaciones y golpes de toda la clase quien, haga lo que haga, por mucho que lo intente, es forzado al odio y resquemor de la furia, la maldad y la venganza de aquellos que le golpean, defraudan y mienten en sus falsas promesas de amor expresado.
Tres jóvenes a quienes une su aislamiento, forzado o voluntario, del resto de idiotas y catetos, de juerga en esa dejadez de tiempo perdido que se invierte en fantasear con esa ligera y pueril brutalidad que aplaque ese incesante ataque de agresiones, de las que son objeto y que parece no afloja, escarceos de una ideada agresividad puesta en práctica que ya marca diferencias entre ellos, distancia y miedo entre el placer de aquel que disfruta y el horror del otro que no participa, quien únicamente observa, como parte de esa patrulla de colegas inadaptados que se desquebraja entre lo merecido y lo correcto.
Porque el bien aburre, no motiva cuando eres la diana de continuas bofetadas y patadas en el trasero,
vejaciones que cultivan esa locura de objetivo que se marca una cabeza, ya de por si diferente, extraviada y muy herida; porque se necesita amistad, porque se suplica querencia, porque el ahogo del abandono y el rechazo crea un monstruo incontrolable, de pensamientos atroces y de desquiciadora realidad presente que no conoce límites.
Alex de la Iglesia presenta, que no dirige “yo ya se que este año vais a ser todos buenos ¿a que si?”, incomprendidos a quienes reparten el cargo ya en su primer día y que unen fuerzas como base de consuelo, apoyo y diversión mutua durante un tiempo pues, el mal sigue entre ellos, fantasma oculto que va distorsionando la visión, dificultando la comunicación y perforando en el interior de un perturbado héroe que se enfrenta al mundo pues “yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha querido nunca a mi”.
“El mal sólo es un punto de vista” y Zoe Berriatúa lo enfoca como rebotada respuesta y arma defensiva de
quien sufre vacío, desamparo y desprecio por no recibir el cariño, compañerismo y lealtad de quienes ama, extrema necesidad de afecto, ternura y abrazo de quien se mueve, entre esa fina línea de ser un diablo mezquino o un friki digno de lástima.
No es completa, deja muchos hilos sueltos y otros que ni siquiera enfoca, unas veces profunda en su mensaje y nivel de intensidad de las locuras a realizar, como contestación a tu adversario, otras veces débil y floja desviando el tema hacia anexos que hacen perder el valor a su gran y aturdida protagonista; se decanta por el artificio y la
exageración poco creíble a la hora de definir el tapete, los jugadores y la partida, porque esquiva introducirse con valentía desnuda en esa maldad de la que hace gala, porque se tuerce para adquirir una mezcolanza arbitraria que ya ha perdido potencia y lógica, porque intenta volver a la senda pero ya es tarde, la atención del espectador desciende decibelios al comprobar que deambula por andar, habla por decir y cuelga un leve mensaje final, de incógnita no resuelta, “hay personas que merecen morir” que no se complementa, en su previo caminar, con un robusto guión de sentencias frías, radicales y extremas que exploten el verdadero fuego que allí se cuece.
Endeble, poco combativa, apenas transgresora, provoca pero no remata, insinúa pero no actúa con determinación y contundencia, la propia cinta es como los chavales que en ella toman forma, descuidada, perezosa y confundida; prueba de todo, dice sandeces, pasa el rato, llora, se aflige y auto inmola de culpa por no hacer nada o por hacer algo; la realidad es más pasmosa y cruel, feroz e interesante que este retrato de algo tan serio, indeseable y presente en las sociedades, llega a caramelo dulce para cumpleaños que todavía no es de mayoría de edad pues el argumento no obtiene
madurez, consistencia y estabilidad, sólo dejes y retazos de lo que se pretende pero nunca llega a ser.
¡Los héroes del mal!..., mejor dejarlo en aspiración a una vileza y perversión que no asusta ni escandaliza; entretiene para ocupar el espacio, sin coronar ni colmar dicho tiempo.

Lo mejor; sus buenas intenciones.
Lo peor; no se cumplen en todo su propósito.
Nota 5



La memoria del agua

Una joven pareja, tras la muerte de su hijo, lucha por mantener su relación. Este inmenso dolor los ha fracturado como pareja y a pesar de lo mucho que se quieren, no pueden sobreponerse a la inmensa pérdida.


Un camino difícil de recorrer, por separado o juntos.

Cuesta recuperarse después de verla, cuesta digerirla en toda su cruel sinceridad y amarga realidad dolorida porque “si nosotros somos felices, él no existe”, sentencia demoledora y aplastante que parte de un corazón fallecido en vida, que late únicamente por empeño de unas arterias que no detienen su camino; vacío, devastación y sufrimiento como auto castigo para mantener vivo a quien ya se ha ido, impactante destrozo de quien está muerta por dentro/por fuera furiosa y aniquilada de tanta buena fe y palabras de consuelo que son una infamia para quien las oye en silencio pero, no escucha por mucho que se le insista y repita.
Porque “a veces no se necesita hablar, sólo estar” y esta magnífica, sensible y profunda película deja notoriedad de su imponente presencia física absorbida con delicadeza, resquemor y esa aguda inquietud que ralentiza el respirar y eclipsa el pensamiento de una razón aturdida, que te confirma, con sobriedad y entereza, que has hecho tuya la cinta, que con muy pocas frases, vocablos o movimientos de escena ha realizado una esmerada intervención quirúrgica en tus emociones y empatia.
Soberbia Elena Anaya, transparencia afligida de la mayor ruina y mezquindad que una madre puede soportar, esa pérdida accidental de un hijo que corroe, seca, arruina y mata lentamente hasta no dejar gota de esa memoria de un agua donde se vio, por última vez, al amado retoño tras un maldito descuido de treinta segundos, feroz tiempo perpetuo que por nunca avanzará/jamás retrocederá/siempre permanecerá y que, junto a su compañero en injusticia y culpa, un anulado y desorientado Benjamín Vicuña, digna pareja, de réplica intimista y mortífera, forman un dueto interesante, humano, piadoso, emotivo y asolado que sobrevive como
puede ha hecho tan bárbaro y castastrófico.
Matías Bize realiza un loable trabajo que se respira a fuego lento, en sus eternos y vastos espacios de ausencia de lenguaje, pues la dureza de las escenas, la tensión de los cuerpos, la petrificada mirada y la lejanía de quien está presente en materia, pero a miles de millas en su gélida alma, no pide dicción, no solicita voz ni intercambio de lengua en alto, la pena, miseria y atrocidad les acompaña como esquelético fantasma que todo lo destruye, que todo lo arrasa.
Su guión es pureza delicada de impresionante alma grabada a través de un asfixiante martirio, que hechiza y sugestiona al espectador para llevarlo de la mano junto a ellos en su inevitable calvario; “vamos a salir juntos de esto” o “necesito estar lejos de ti” posturas de padecimiento que la audiencia debe hacer suyas mientras se infiltra, con toda su plena conmoción al descubierto, para desvelar hacia dónde caminará tan sometida pareja y cómo encararán el
mal trago que la existencia les obliga a pasar.
No toma el camino fácil y cómodo de la tragedia, por deferencia a unos personajes cuidados con tacto, inteligencia y conocimiento de lo pretendido y a dónde se quiere llegar; la concurrencia lo agradece y aplaude con su simbiosis y asimilación exquisita de la situación vista; les conoces con gusto, les sufres con apetencia, emotividad íntegra que ahonda en el verdadero núcleo de la cuestión y deja fuera las nimiedades baratas, y al uso de recurso tentativo, para rellenar cuando no se posee contenido significativo.
No es el caso, late sola sin necesidad de ayuda excepto esa emocional y afectiva dirección y escritura
que convencen a un público entregado, satisfecho y aún convaleciente de tan castigada sesión anímica.
Esperanza o desasosiego, recuperación o nulidad, observa su espléndida fotografía, siente su pausado aliento, escucha su vestida música, acaricia cada áspero segundo y saborea todo su conjunto con ese acibarado placer que agria y deleita por igual, sin esperarlo.
Le gustaba la nieve y construir cosas con las manos, era Pedro, cuatro años, lo más hermoso e inocente del mundo, en la memoria de sus padres por siempre, con agua o sin ella.

Lo mejor; su humanidad palpable.
Lo peor; no lograr absorber su pureza sensible.
Nota 6,5


 

sábado, 16 de enero de 2016

Legend

Biopic sobre los gemelos Kray, unos gángsters que sembraron el terror en Londres en la década de los 60.


Aún lejos de poder imitar, con convicción, a Scorsese.

El administrador soberbio y rotundo de esta película es, sin duda alguna, Tom hardy, coronación de un progresivo actor que se supera a cada papel interpretado y cuya magnífica configuración, como impresionante intérprete, hace tiempo que se va perfilando para disfrute y reconocimiento unánime de un espectador encantado con su presencia pues es sinónimo de entrega, voluntad, perfección y simbiosis exquisita con el personaje que represente.
En esta ocasión, sin ser su mejor trabajo, le tenemos por partida doble; los hermano Kray, gangsters gemelos que dominaron el este de Londres de los 60 hasta caer en el infierno de su propia desgracia, desde ese alto cielo que con tanta soltura coronaron y tan espléndidamente gozaron; un Caín y Abel, tan antónimos como parecidos, cuyo amor y lealtad hacia el otro será el principio del odio y repugnancia hacia si mismos; locura veraz de relato, no tan fantástico, que atrapa tu atención por momentos e instantes, unos más poderosos/otros más endebles, pero que no pierde la apetencia de una audiencia interesada por el ojeo en el devenir auto destructivo de quien lo tenía todo, pero cuya corona de rey se fundió por el ego, simpatía y complacencia de una manera de ser y proceder marca de nacimiento de la casa.
Suculento intento de un guión desbordante, mordaz e ingenioso en su crueldad que pretende estallar en pantalla con esa adrenalina pura que conmocione, aturda y apasione; sólo que, se queda en proyecto destartalado que no hilvana con coordinación y maestría sus puntos y simplemente narra, con adecuada conveniencia, lo anticipado con facilidad hasta ese resolutivo devenir de una ciudad sin ley, pero con dueños ambivalentes, que no esperan pues “con paciencia no obtienes lo que quieres” ni deseas.
“La vida no siempre es como queremos que sea”, por ello estos parientes de cordón umbilical, intocable y perpetuo, se la construyeron a su gusto y estilo; el cabal y enamoradizo Reggie/el esquizofrénico y violento Ron, dos caras de la misma moneda que adquiere valor y apetencia por quien da vida a dichos papeles, pues su exposición y recorrido, idas, regresos y vueltas de nuevo a la ruleta trucada de la fortuna no encierra más que lo ya visto mil veces;
aquí sin tanto brío, energía ni convulsión como se desea pues su fuerza narrativa se diluye, evapora y no desaparece gracias a quien da rostro a estos familiares sanguíneos, pero no por la escritura y dirección de Brian Helgeland, quien lo intenta y realiza correctamente aunque...,
..., no es un aprobado apropiado lo que se busca en estas intensas historias reales, sino la notable valentía y acierto de plasmar esa inquietante y frenética existencia con la misma pasión, ardor, alegría y miseria que sus andantes héroes caídos tuvieron el apremio, antojo y osadía de llevar a cabo.
“La reina sobrevivirá pero ¡Dios salva al resto de nosotros!”, sólo que la investida dama cae, y con su frágil majestad, todo un imperio que no salva a nadie; un adalid con puños y pistola que realmente creía que “el centro de la tierra podía ser donde tú quisieras”, pero se olvidó de la inestabilidad de un equilibrio a tres bandas, cuyo camarada de apellido
estaba fuera de control y en constante lunático desquicio.
Del cielo al infierno un amor perdido, y otro que no cesa en su empeño de estropear y mancillar todo lo construido; se observa con curiosidad, que no con absorbente complejidad de fascinación hipnótica; tal vez ya van muchos relatos sobre cofrades de traje y pistola de tiempo pasado, amos incuestionables de la calle, o puede que sea la falta de garra y tino en su escritura y rodaje; lo cierto es que no llega a potencia máxima, caldea por zonas, instruye en conjunto, ameniza en redondo pero no deja de ser un comedido refrito de tiros, sangre y golpes de puño, con verdadero amor de alto coste.
Sin inspiración, sin entusiasmo, sin colmar expectativas, contenta del descubrimiento de la historia ¡sin más!; ¿bueno o malo?, hay gemelos para repartir, podemos aceptar ambas respuestas como válidas.

Lo mejor, la firme y dual interpretación de Tom Hardy.
Lo peor; la composición narrativa de una mano que tampoco mejora con la cámara al hombro.
Nota 6,3



viernes, 15 de enero de 2016

45 años

Falta sólo una semana para el 45º aniversario de su boda, y Kate Mercer está muy ocupada con los preparativos de la fiesta. Pero entonces llega una carta dirigida a su marido, en la que se le notifica que, en los glaciares de los Alpes suizos, ha aparecido congelado el cadáver de su primer amor.


Deshielo suizo que congela un longevo hogar británico.

45 años de momentos y recuerdos de una vida pródiga y orgullosa y una carta, con noticias de su primer amor, lo pone todo en duda; ¿soy su segundo amor?, ¿alguien con quien se conformó por no poder tenerla a ella?
Realidad objetiva o imaginación sugestiva, es una sospecha presente que echa por tierra toda la existencia compartida; tiempo de cariño, ternura y valor significativo se encuentran en balanza peligrosa, que puede decantar su juicio hacia esa falsedad de inicio de los sentimientos de origen que los propiciaron, error de creencia sobre el protagonismo único cuando éste era compartido e, incluso, usurpado en silencio.
Celos, que una vez surgen es difícil que desaparezcan, pues se enfrentan a la perfección de una memoria que mantiene a su diva inmaculada a través del tiempo, competidora atroz que no envejece, ni se queja ni pierde un ápice de su belleza física y añoranza anímica y que, cruelmente duele al perder la seguridad que se tenía en si misma, en su pareja y en su feliz y perdurable matrimonio.
Pero ¿era verdaderamente feliz, o presunción ante la falta de información con la que se vivía? “Han encontrado a mi Katya” y todo se despedaza, desvanece y nada parece ser lo que era.
La gratitud, calidez y exquisitez profunda y serena de la interpretación de sus protagonistas es el punto culminante de un guión relajado, íntegro y estoico dentro de la sutileza con la que elige las palabras a pronunciar, más la entereza que transmiten esos silencios pausados y valerosos donde se dice mucho más que con su opositora la voz hablada; plácida fotografía, con una magnífica melodía de reforzamiento, para completar un conjunto adorable, de tranquilidad cumplida que retorna a la inquietud, nerviosismo y desconfianza de haber elegido el buen camino, que no es lo mismo que cruzar el paso encontrado para salir del agudo atolladero en el que se había caído.
Vacilación sincera que saca la suciedad de debajo de
la alfombra para afrontar lo allí oculto durante tantos años, magistral sensibilidad servida a plato lento, cuya disección del cuadro deja en evidencia esos retales, fruncidos y desgarros que a primera vista no se aprecian; conmoción para un espectador embelesado, por la maestría artística de Andrew Haigh para escribir con honestidad delicada tanta madurez humana, sobria y elegante cuya emoción e interés, seducción y disfrute se redondea con su honda dirección, que deja que los espacios se abran y la intimidad se comparta con esa dureza de perder toda la magia que en ella habitaba.
Absorbida franqueza de rodaje de una campiña inglesa que pierde su equilibrio y expone su fragilidad ante el hallazgo de un fantasma del pasado, al que no pertenece, pero que cohabita en cada esquina de la casa; proyecto de pareja a tres bandas que hipnotiza y fascina a su audiencia, con la precisión de ese reloj cuyo minutero se mueve con rotundidad y firmeza.
Un delicioso y sensible guión, una magnífica Charlotte Rampling y, tiempo por delante para saborear el amargo reparo que cuestiona la fiabilidad
de un hogar y de la sólida relación que lo sustenta; es grande en su sencillez, enorme en sus complicaciones, afectuosa en su rutina, mimosa en su lenguaje, atrevida en sus preguntas, esquiva en sus actos, despiadada en su pensamiento, implacable en su hostilidad, insoportable en esa vertiginosa aceleración hacia un repudio indeseado, pero omnipresente en cada poro de su piel y en cada rechazada impresión sentida; se observa, se escucha, se percibe, se pace, se consume, se asimila y se degusta con placer respetuoso y sabor agradable.
Testigo de lujo invitado a conocer los pormenores de la intimidad de una casa; todo un deleite para los sentidos.

Lo mejor; su primoroso y sensible guión y la regalada actuación de Charlotte.
Lo peor; ser incapaz de conectar con ella.
Nota 6,5


jueves, 14 de enero de 2016

Mi familia italiana

En un pueblo de la región de Puglia se celebra el 10º aniversario de la muerte de Saverio Crispo, actor símbolo del "grande cinema italiano" y eterno "latin lover". A la ceremonia llegan sus 5 hijas, desperdigadas por el mundo, y dos ex-mujeres, una italiana y la otra española. Secretos, rivalidades y nuevas pasiones llevarán a las mujeres a descubrir un pasado inesperado y a ver la vida con nuevos ojos. 


Mínimos roces de convivencia, por un amante latino que no altera la sangre.


Mi familia italiana, más la española, la americana, un imprevisto desliz francés y todo extra que se tercie y ayude a decorar el complaciente y angelical escenario; un intento de humor simpático, cordial e inofensivo, a partir de las andanzas y desventuras de un galán latino encumbrado a mito, y cuyo homenaje sirve de excusa para lavar trapos y aclarar malentendidos desajustes bienintencionados, que adquieren tonalidad media afable, de aprecio en su gusto cómico, y que se absorbe con mayor rédito si se tiene la fortuna y oportunidad de visionarla en versión original.
Conocidos actores de la tierra, más el apoyo continental de los vecinos de frontera, para un suave enredo de efecto comedido que sabes lo que pretende, alboroto perspicaz y salero, distinto es que lo consiga o logre provocar esa carcajada y sonrisa satisfecha de quien está disfrutando plenamente del caos exhibido.
Se consume con ligereza nutritiva de distracción apropiada; no escala grandes cumbres, ni eleva la graduación de su ingenio y ocurrencia a suculentos grados, recurre a un libreto estándar, facilón y asequible que rellena el tiempo y espacio con prestancia confortable y proporciona un ambiente socarrón, de complicación leve, sencilla de seguir, cómoda de consumir y superficial de recordar, tras pasar por su residencia de veraneo conjunta.
“No pondré resistencia, sea lo que tenga que ser”, lema a asumir por una audiencia contenta por lo narrado, aunque con el sentimiento de futilidad y escasez enérgica de un argumento que apenas empieza a caminar, echa el freno y ni se molesta en calentar motores; hermanas de apellido, amigas en la desgracia, tras descubrir su enemistad en esa falsa
felicidad que a todas envolvía, teloneras convertidas en debutantes principales alrededor de esa figura mítica, llena de rumores y leyenda, que envolvía con elegancia, glamour e intocable presencia a las estrellas de entonces.
Porque lo mejor, sin duda alguna, es la lectura y narración de un tipo de vida, de cortejo y de idolatría que envolvía a las estrellas de esa época donde se las veneraba, admiraba y perdonaba en todos sus aspectos.
“La vida es como una brisa, no hay que tomársela en serio”, palabras del rendido artista que debe hacer suyas el espectador para degustar esta ágil y liviana comedia y no esperar mayor contenido y profundidad; se mueve por el rencor, la añoranza y la frustración de la pérdida, pasa por el intercambio de emociones y papeles débiles a través del dañado o ensalzado patrón de la figura paterna, y vuelve a la arisca calma según su acuerdo resolutivo avanza y consolida las posiciones.
Válida para velada de tentempié hacia propósito más contundente y serio una vez terminada; no hay
mucho garbo, tampoco enorme estilo, es familiar, costumbrista, ocurre en Italia y tiene el aniversario del fallecimiento de un actor distinguido como excusa para reunirse y pasar el rato.
Haz lo mismo con este cliché nostálgico que no desborda ni en drama, ni en sentimiento ni en fanfarria; controla en exceso los ritmos, las posiciones y los fotogramas, falta inspiración libre para dar rienda suelta a sus miembros y que líen lo que verdaderamente se puede y espera.
Sin originalidad, regular y seca debido a que primero apuesta por la ironía de la gracia y el desparpajo refrescante, para decantarse por una tragedia que no se afianza y volver a sus orígenes intentando rescatar lo ya erosionado; Cristina Comencini ofrece buena voluntad, buena intención pero errada de camino por un guión encorsetado, que da pinceladas de posibilidad sin atreverse a pintar con determinación y firmeza, y por una laxa dirección que no arriesga, que no alienta y deja al espectador observando sin seducción, sin carisma, sin pasión.
“¡Qué empiece el show!”, que desfile cada cual según se disponga pero no aguardes grandes ilusiones o expectativas; es amistosa, bonachona e inocente en su maldad pretendida, endeble versión de un teatro de galimatías y embrollos con mejores tablas en variados ejemplos previos donde elegir; la presente es llana y tratable, asequible y sociable, no escandaliza por más que quiera vivir del escándalo, su vendida inmoralidad, de tregua pactada entre las
familias avenidas es liviana, dócil y manejable, innecesario medidas de protección por si se dice algo provocador y descarado; cuando se insinúa, se intercede rápidamente para bajar la tensión y el conflicto, no vayamos a dar con una “Dinastía” en la que todos confabulan contra todos, que es para todos los ojos, oídos y público.

Lo mejor; la exposición narrativa del idolatrado galán de una pasada época.
Lo peor; nunca coge fuerza, garra ni nervio; sutil y quebradiza.
Nota 4,5


miércoles, 13 de enero de 2016

Alex of Venice

Alex es una abogada adicta al trabajo que de repente tiene que aprender a rehacer su vida cuando su marido la abandona.


Forzada a detenerse para pensar y respirar.

“¿Quién pondrá los filetes en la parrilla si tú no estás?”, pregunta clave que lleva a reflexionar sobre si realmente echas de menos a tu marido, o a ese amo de casa que lo mantenía todo en orden y en su sitio; sincera respuesta que provocará el descalabro y caos de una vida organizada sobre un pilar que no se sostiene por más tiempo pues, éste no sólo pasa sin detenerse, también cambia a las personas y, cuando no se gira hacia mismo lado, provoca un choque de direcciones que anula la conducción por inevitable colapso.
Enfrentarse a la sorpresa de un presente no asumido, aceptar una decisión ajena no digerida, intentar el malabarismo de un equilibrio que apenas funciona, cuestionarse prioridades, asumir riesgos, aventurarse de nuevo a un comienzo ya olvidado por una acomodada rutina que lo ponía todo muy fácil, hallarse como mujer, ejercer de madre, ser hija y hermana solícita, hacerse cargo de una vida con obligaciones y premios que hay que afrontar para disfrutar de ellos...
Chris Mesinna, en su primer trabajo, se lo toma con serenidad, madurez y espacio, sin prisas, ni sobresaltos, ni grandes hallazgos narra esa necesidad de hacer frente a los cambios imprevistos que se quedan sin permiso para marcar nueva ruta de desconocido rumbo, esa peliaguda odisea de empezar olvidando lo hecho pues es bonito recuerdo, ya en ese pasado inamovible, que reseña con firmeza ese futuro aún no disponible y abierto a todas las posibilidades.
Sencillez de registro, más unos queridos personajes que inspiran cariño, bonanza y devoción por su andadura y destino, es la marca de la casa; Mary Elizabeth Winstead acapara con humildad y eficacia la atención, suspiro y preocupación de su progreso interrumpido, ese desajuste temporal, de evidente desastre, que camina no se sabe dónde pero al que es grato y placentero esperar, seguir y curiosear
sobre el mismo, arropada por un sobrio Don Johnson, entero y firme en su actuación, y por secundarios gustosos y cordiales que confeccionan un cuadro amable, atractivo y afectuoso.
Sociable presentación que gana tu querencia y simpatía con fluidez apta, comprensión y generosidad de una razón que envuelve sus pasos hacia esa nueva soltura que habilite el nuevo terreno; gusta con comodidad, se aprecia sin mareos, no es emotiva en profundidad, ni desgarradora en sus sensaciones, únicamente la naturalidad de un stop a la existencia llevada con esa madurez, después de necesaria insensatez y temporal desvarío, de desafiar con ganas y optimismo lo que sea que espere por delante.
Alex, abogada de causas pérdida, madre precipitada a los 19, esposa de un único amante, ambiciosa y gran trabajadora, lo que se propone lo consigue aunque, todo queda en el aire a la espera de esa meditación reflexiva que le permita volver a definirse como persona pues, una nueva Alex está en construcción, pendiente de instrucciones y de recobrar la confianza, el ánimo, empuje y seguridad de saber que todavía se es, y aún se está.
Acogedora, es complaciente y apetitoso pasar
brevemente por su hogar y saber de ella; tenue visita que deja bello y agraciado recuerdo.
“¿Cómo voy a hacer esto sin ti?” “Ya lo haces.”

Lo mejor; la interpretación de su personaje principal y la calma de ritmo de un guión modesto.
Lo peor; se queda en superficie, sin indagación en emociones más fuertes y penetrantes.
Nota 5,5