martes, 31 de mayo de 2016

Dirty grandpa

Justo antes de su boda, un joven estirado debe conducir a su abuelo, un antiguo general del Ejército, a Florida para las vacaciones de primavera.


Un desmadrado abuelo, de loables pretensiones.

A la vejez hay que sobrevivir en Hollywood como sea, y Robert de Niro se lo ha cogido al pie de la letra; cierto es que trabaja mucho/menos evidente resulta ser la calidad de sus trabajos.
Pero puede que no importe, está ahí, su nombre suena y activo se mantiene, aunque no puedes evitar un deje de mezcolanza admirada por quién fue grande en su día/ahora bastante desamparado, pues parece que nadie dispone de un papel decente y acorde a su gran calidad demostrada.
Porque él actúa, y lo hace con corrección y esfuerzo -si hay que decir tacos, lo hace; si hay que fumar porros, se hace; si hay que parecer salido y pasado de bola ¡ellos pagan!- tanto como el que se puede extraer de un personaje mucho más cutre y penoso que aquel padre, ex agente de la CIA, que tuvo que conocer a su yerno, a los progrenitores de turno y repetir el periplo de nuevo, por exigencias de un maltrecho y estirado, innecesariamente, guión y trío de películas.
Porque no es lo mismo la desvergüenza que dar vergüenza, hacer el tonto que ser ridículo, reírse de si mismo que se rían contigo, caer en gracia que ir de gracioso y terminar por asfixiar al público; porque cuando la mirada se reflexiona desde la lástima y pena de lo que fue, y con lo que se conforma, algo anda van en dirección descendente.
Acompañado del joven Zac Efron, de gran porvenir e inicios -que últimamente está tropezando en su elección de papeles, u oportunidad de acceso a los mismos- tenemos el prototipo de comedia ligera y banal para relax de toda mente vaga o pensante -
mejor el primer caso, pues el segundo se aburre ante tanta nulidad creativa- cuyo perdón existente se acoge a esa positiva respuesta, que se admite tras la decisiva pregunta ¿provoca risa?, ¿entretiene para pasar el rato?, mínimos requerimientos dado la bajeza del argumento y su cerril andadura.
Pero ¿es realmente afirmativa dicha sentencia?
Pasamos el gamberrismo a la tercera edad, a ese abuelo, pasado de rosca, que se permite hacer y decir lo que le viene en gana, ante la visión perpleja de su responsable nieto, estereotipos desbordados para acercar dos generaciones que han cambiado los roles; ser osado, impertinente y descarado, de atrevimiento burlón, para saborear la segunda juventud mientras el de la primera sigue anonadado..., pero, permíteme que insista, como Matías, ¿es realmente afirmativa dicha sentencia?
De entrada parece divertida la frescura del abuelo,
esa combinación de grotesco y salado, patético y chistoso que abre ilusionada ganas de ver qué se obtiene de este recién viudo y su formal nieto pero, pronto se pierde toda esperanza; llega la música estridente, de relleno para ocultar la escasez de su argumento, el alcohol desbordante, como principio de amistad y forma de encontrarse a si mismo y el sexo, como excusa para decir estupideces entre diálogos que pasan de atronadores a bobos, de ofensivos a ineptos para un oído que percibe estupefacto la falta de inteligencia para confeccionarlos; y como colofón llega la Macarena y su internacional baile, para que el guapo pueda desnudarse y lucir su musculado cuerpo, y que por los menos se compense a sus fans devotas por pagar entrada por tanto fiasco.
Al comienzo, este tipo de personajes tenían su punto, ese agudo encanto de estar sobrecargado y explotar no importa a quién te llevaras por delante; en estos momentos, se ha excedido tanto la ebullición con ellos, que han llegado a un máximo de cocción que
los chamusca y torra hasta dejarlos secos de ironía irrisoria, o de cualquier cosa.
“Es riesgo- recompensa”, y sobre esa balanza se juega para tomar buenas decisiones en la vida, aunque aquí no hay nada de ello; únicamente un absurdo garrafal de necio resultado que, aún pensando que tiene una decente idea de fondo, está tan mal pensada, construida y elaborada que, Dan Mazer se corona como el director que permitió rebajar la grandeza de de Niro a algo cutre, insignificante y de mal gusto.

Lo peor; esperas un dueto divertido y ameno de la combinación de ambos actores.
Lo peor; un ceporro guión que avanza a ideas tontas y desatinadas.
Nota 4,6



domingo, 29 de mayo de 2016

Midnight special

Un hombre, Roy, y su hijo de 8 años Alton son perseguidos por el gobierno cuando el niño desarrolla poderes especiales.


Quedada en campo abierto.

Todo director, actor, compositor, pintor..., artista en general, pueden tener un momento de esplendor y realizar una obra inmensa, o todo lo contrario, tener una nefasta época, de ideas pobres y torpes y no dar ni una.
Incluso con una trayectoria de éxito a sus espaldas, nadie les protege de no fastidiarla en su próximo trabajo o, por supuesto, dar el revés a la tortilla; tras un curriculum de desastres continuos, llegar la luz que les ilumine y encumbre a gloria repentina.
No soy apta de tener en cuenta el historial cinematográfico del responsable de la cinta a la hora de comentarla y valorarla -ahora ya concreto para la presente-, por loable y aplaudido que éste sea pues, de nada sirve todo ello a la hora de sentarse y hacerse una opinión sobre ella; nada consuela la maravilla anterior si no se disfruta la del momento..., por tanto dejo al margen la alabanza, meritoria y magnífica, de Jeff Nichols en su pasado -de la que todos hacen eco para hablar de ésta- y me centraré directamente en lo que actualmente se nos presenta.
¿Y qué oferta? Una aguda incógnita, de puntos diferentes, para ser conectados entre si en linea paralela hacia mismo núcleo pero, ¿ésta mantiene el pulso interesante y su expectativa al alza? o ¡tampoco es para tanto! y después de un rato ¡empiezas a divagar, con las divertidas peculiaridades del niño con gafas de piscina, que lee cómics para distraer la mente!
Porque John Cusack ya lidió, en su día, con un hijo adoptivo de Marte igual de rarito que éste, y lo de leer tebeos es hobby terrenal muy viejo y extendido, amén del lío mental de su procedencia, el de sus progenitores, el de su estancia en la tierra y pormenores valiosos que deja en el aire, sin molestarse en echar luz aclaratoria sobre los mismos.
El halagado escritor-director parece centrarse,
únicamente en la huida y destino, tardando tres días en coche, a pie o como sea, para lograr el propósito que a E.T., en su impactante momento, le llevo nada en voladora bicicleta.
No valora los añadidos, ni las explicaciones, ni ese condimento imprescindible para que la comida sea magnífica en su presentación y gusto, y no únicamente genial de vista y formato/menos entera en su contenido; pícara, curiosa y estimulante en las formas/ de degustación no tan desbordante y soberbia dado lo mucho suelto, no contado, no adaptado y simplemente puesto como posit oportuno, para solucionar el asunto según convenga.
“Alton es lo importante”, y es fantasioso, extraño y novedoso aunque, esperas más de él que luz cegadora de unos ojos transparentes, poderes extrasensoriales no muy útiles y un rescate futurista a gran escala, pero sin mojarse en la bienvenida; apetece mayor saber e intromisión en ella, que su creador hubiera sido más cotilla, molesto, indagador e impertinente en su montaje y elaboración, no un simple conformarse con un caso para Tercer Milenio, donde la imaginación sugestiva de cada espectador rellena los huecos a su conveniencia.
No le quito importancia ni valor, es ciencia ficción y
puede valer para el caso pero, su perpetuo correr y esconderse parecen insuficientes para saciar el apetito despertado, por mucho que añada carambolas entremedias que adornan y entretienen sin grandes máximos; no es la seductora y pasional luna llena anticipada, ni posee los alocados aullidos nocturnos y aventuras desmadradas que ha ella siempre le acompañan.
Qué pasará, qué misterio habrá, puede ser mi gran noche..., canta Rafael; qué pasará, qué misterio habrá al término del viaje..., se cuestiona la audiencia y, aunque el numerito final es creativo y portentoso, su andadura no llena para esa magnífica
noche de cine a tope donde vibrar de emoción, tensar de inquietud y marear de intriga, ante la nulidad reflexiva que no halla las pistas ni sus encuadres.
“El Señor tiene una pesada carga para ti”, un encuentro con la tercera fase, productivo pero tibio; si Spielberg, en su inicio glorioso, optó por mezclar varios géneros y sentimientos en su película de aventura fantástica, el presente trabajo se decanta por el enigma y la ocultación poco alarmante, por las carreras y despistes de tenue misterio y un interrogante nunca satisfecho, dentro de su válido pero incompleto rompecabezas.
No es ninguna lumbrera, tampoco podrás rellenar lo pasado por alto, de modo que..., tómala según venga.
Midnight special, especial de medianoche, que con la llegada del amanecer flojea.

Lo mejor; la intriga por saber qué despierta.
Lo peor; le preocupa más correr que explicar por qué lo hace.
Nota 6


sábado, 28 de mayo de 2016

The confirmation

Anthony, un niño de 10 años, es enviado por su madre a pasar un fin de semana con su padre Walt, un carpintero alcohólico con el que apenas tiene relación. En su primer día juntos todo se tuerce: el camión de Walt se estropea, su casero amenaza con echarle de casa y, además, le roban la caja de herramientas que necesita para poder trabajar. Padre e hijo se lanzan a la búsqueda del ladrón con la ayuda de un vecino y, mientras tanto, van descubriendo un verdadera conexión entre ambos.


“Escucha lo que dicen y decide por ti mismo”.

Simpática y entrañable, con esos adjetivos juega para encandilar y entretener a la audiencia, diversión que sube enteros, al tiempo que establece una dinámica más sosegada y calmada, para volver a coger la forma y rematar ese respirado sentido cordial y cálido, que te hace participar de su aventura con proximidad de espíritu y querencia de sonrisa en tu rostro.
Porque toda ella invita a abrazarla y degustarla con placer sincero, con esa beatitud e intimidad dulce, agradable y angelical de ver a un desastroso padre, en recuperación de un hijo necesitado de su compañía, amor y diálogo, al tiempo que intenta volver a ser quien en su buen día fue.
Porque Clive Owen expande su cómoda actuación hacia ese pequeño compañero de reparto, un incisivo y generoso Jaeden Lieberher que le ayuda y facilita la labor de crear una pareja amena y sabrosa, que parte de la frialdad del primer contacto para emprender esa andadura hacia la candidez, lealtad y esperanza de quien comparte, se entrega y apoya en el otro pues es su necesidad, es su vocación, es su propensión para con ese cariño buscado que comparten, pero aún no han manifestado abiertamente.
La santidad de un crío entra en contacto con la atracción, delirio y locura del infierno requerido, tropiezo con lo prohibido, fascinación por el poder que otorga, tentación de pensamientos turbios que permiten hacer justicia cuando la vida no la otorga; palabras no dichas de complicado panorama, verdades que entorpecen el fin de quien se estima, mentiras que permiten el acceso al objetivo, que no es otro que redimir a un padre, descubrir a un hijo, devolver la dignidad a los ojos de cada uno y el respeto y valor a la relación que les une.
“¿Qué es un pensamiento impuro?”, paso del que
parte Bob Nelson para escribir y dirigir una cinta sobre el saber de la vida y sus procedimientos, sobre cómo funcionan realmente las cosas y cómo digerirlas, cómo escuchar todas las opiniones para decidir en solitario, primer paso de un crecimiento que un sobrio padre intenta enseñar a su admirado hijo, esponja que lo absorbe todo y saca sus propias conclusiones.
Llana y modesta, sencilla y diestra, habla de conocerse y conectar, de recobrar y mantener, de perder y volver a hallar, encantadora y benévola, puede que en exceso según tramos, para volver a la senda del equilibrio afectuoso con logro y complacencia.
La confirmación, que viene tras esa comunión donde se come a Jesucristo, bueno, no realmente pues es una galletita y jugo, no la sangre de Cristo..., y tras ese deslumbre paternal, el retoño aprende que no todo es como parece, que no todos dicen la verdad,
que hay variadas posturas y que, en ocasiones, es estrecha la separación entre el bien y el mal, lo correcto y lo errado, y en aprecio de todo ello se encamina.
Ingenua y discreta, didáctica y emprendedora, bonachona, de alma pura es asequible de ver; opta por ser buena, con pinceladas sutiles de malicia para que la inocencia, de un alma en crecimiento, tenga algo que narrar al cura; la confesión nunca más será aburrida, ahora tiene experiencias que contar, orgullo de un tiempo querido con un progenitor por quien se preocupa y ama, lo mismo que ocurre a la inversa.
“El mejor legado de un padre a su hijo es un poco de su tiempo cada día”, aquí se decanta por fines de semana, de horas y trastadas completas.

Lo mejor; su candidez y bonanza argumental.
Lo peor; la misma puede saber a rancio consumo.
Nota 5,7


viernes, 27 de mayo de 2016

Noche real

8 de mayo de 1945, día de la Victoria en Europa. La ciudad de Londres celebra el final de la guerra, y en Buckingham Palace, la princesa Margarita y su hermana Isabel, están deseando ser parte de la alegría fuera de palacio. A ambas se las permite salir de incógnito para formar partes de las celebraciones, dando comienzo a una noche llena de emoción, peligro y romance.


Correrías fuera de palacio, castas por supuesto.

Ya en su día, la hermosa Katherine Hepburn se tomó unas vacaciones en Roma, de incógnito de su corona de princesa, para delicia de todo aquel que haya tenido el placer de ver tan deliciosa película; aquí la princesa no está sola y no parece pasárselo tan bien como la susodicha, por lo menos hasta muy entrada la noche, cuando se superan toda una serie de locos acontecimientos sin control.
En busca de libertad para respirar, aunque sean unas únicas horas, múltiples imaginados “y si...” posibles de hacerse realidad, unos engañosos/otros deseados, permitirse un descanso y un liviano momento de júbilo donde el albedrío cogerá el mando para desmadrarse un poquito.
“La vida que vivimos no es para mezclarnos”, pero esta noche la reina madre permite una excepción que llevará a la gracia atropellada, a la inocencia de mirada y al curioseo de ese inesperado contacto externo de dos novatas de la callejera vida, criadas en la protección y formalismo de palacio.
Es simpática, afable y risueña, inocencia urbana de torpe y angelical andada donde las inmaculadas damas son lanzadas a la aventura, convertida en un superar y sobrevivir hasta llegar a casa.
Cándida, se previene mucho de ser osada; el atrevimiento es superfluo y magnánimo, el romance muy suave, se insinúa pero no saborea, se expone pero sin atisbo de peligro; la época lo demanda y el
público lo acepta con moderado gusto, agrada tenuemente con su ambiente jovial de presencia frágil, dada la confusión y desconocimiento en el que se verá envuelta la protagonista.
Un digno héroe para rescatar a la doncella, que en su anónimo camino deja ver anímicas heridas de guerra, decepción profunda de un deber que ha superado el nivel de exigencia y que necesita distancia y tiempo para recobrar la firmeza de su convicciones; dos almas, en excedencia laboral, a la búsqueda de esa atolondrada hermana que no piensa y actúa precipitadamente, experiencia amena de ronda caótica que da para una fiesta linda de asombro, perplejidad y entendimiento, donde hay alcohol de muy baja graduación, donde hay baile pero nunca de subversivo ritmo; todo ligero, todo bello, todo ingenuo y donde sólo cabe sintonizar con ese tono pastel para disfrutar, sin excesos ni sobresaltos, de una noche de celebración, medio pesadilla vuelta inolvidable encanto, cuya infracción será la pureza de un tierno encuentro de bondadosa compañía y ayuda imprescindible.
Ser rebelde durante unas horas pero con la intacta
dignidad de quién se es y lo que se representa, espléndida fotografía envolvente para una añorada música de tiempos añejos cuya pareja Sarah Gadon y Jack Reynor son la mejor razón de su existencia; un guión clásico, en exceso formal, que no da rienda suelta a la proposición que presenta, se contiene y opta por la voluntad de entretener, sin alterar ni un ápice lo descaradamente previsto.
Julian Jarrold rueda con el mismo fervor encorsetado, la comedia no se afianza, el romance ni llega, se presagia pero no confirma, se conjetura pero no contacta; levedad cordial y sociable que pretende pero ni cala ni deja gran huella.
Es sugestiva su ambientación recreada, evoca sentimientos amables de salero y elegancia para dosis controladas de desorden; la noche real no se mezcla con los barrios bajos, por mucho que lo quiera, ni alcanza para ser mundana, del pueblo ordinario; da para correr, preguntar, buscar y volver a correr para, entremedias, desplegar una intimidad que nunca logra carácter ni fuerza.
Pide permiso para salir y vuelve un poco más tarde de lo permitido y mientras tanto, has pasado el rato.

Lo mejor; su recreación y Sarah Gadon.
Lo peor; su manuscrito no permite ni una mancha en el historial de la princesa.
Nota 5,9


jueves, 26 de mayo de 2016

El juez

En una pequeña población francesa, el juez Michel Racine es presidente de un temido tribunal de lo penal. Todo cambia el día en que Racine se topa con Ditte Lorensen-Coteret. Ella es miembro del jurado que va a juzgar a un hombre acusado de homicidio. Seis años antes, Racine estuvo enamorado de esta mujer, prácticamente en secreto.


Un juez firme, a la espera de sentencia.

Empiezas sabiendo de un juez, para conocer un juicio y acabar descubriendo el amor reencontrado en un tribunal, diferentes giros en una jugada a tres bandas, que pretende conectar las carambolas en plano único y seguido de estímulo interesante.
Y hace un buen trabajo, sobrio, digno y cercano, fundamentalmente gracias a la naturalidad y comodidad de sus dos actores principales, unos excelentes y deliciosos Fabrice Luchini y Sidse Babett Knudsen, quienes comparten una afinidad e intimidad presencial que enamora y sonroja, seduce y alecciona a seguir indagando sobre ellos.
Pero, he ahí que pierde fuerza y rumbo, coraje y marcado pues se limita a presentar e instruir vagamente sobre los hechos y sus personajes, insinuando y contando tenuemente para que sea el espectador quien rellene y configure la historia, pero dejando claros y huecos importantes.
Y esa es la partida, la estratagema que usa Christian Vincent para exponer sus vidas y relato, no aclarar la verdad, no ofrecer seguridad de andadura y conocimiento, sino pretender que sea la concurrencia quien resuelva, con ese desenvolver a través de la información aportada, cómo tuvieron lugar éstos y cuál es la resolución que nos dictan los mismos, a partir del olfato y perspicacia de cada uno.
Pues como ilustra el mismo juez, al atento y confundido jurado, “el principio de la justicia no es sacar a la luz la verdad”, mandamiento que también se impone en las relaciones humanas donde se avanza a tientas, con el riesgo de lo poco abonado/de lo ínfimo descubierto, esperando una conclusión benefactora y complaciente a los intereses del afectado, donde impera ese temeroso mar de dudas que surge cuando se ama a alguien y se está en fase reciente de conocer a la persona, magnificada y ensalzada a maravilla hermosa por los escasos datos recolectados, sin estar seguros de la realidad de los
mismos, pues hay mucha ensoñación sugestiva involucrada de nuestra parte.
Todo ello deja un relato cándido, veraz y amable que no profundiza enormemente en la razón de la audiencia, pues ésta queda como vidente esquiva que sabe pero no ratifica, intuye pero no cerciora, gusta pero echa de menos mayor calado y remate en los tres puntos enfocados.
Desconcierto grato no confirmado, que distrae tu mirada y mente hacia donde le apetece, según surja, para tener un poco de todo pero nada sólido en conjunto, puertas abiertas para un juicio que maneja la habilidad del despiste, la ausencia de datos y la veracidad del procedimiento judicial a su antojo para exponer la labor de un juez, la obligación de un jurado, la incertidumbre de un juicio, la sorpresa de un hallazgo, la ilusión de un recordatorio, la posibilidad de un mañana, con esa sutileza que permite enterarse y participar pero no saborear ni regodearse en el mismo.
Humanidad, indulgencia y desconocimiento para la clase media alta y la marginal, retrato puntero, locuaz y sensible sobre la cara formal y externa y lo
que esconde el interior emocional de la persona que se revela debajo, distinta visión de la justicia más esa intuición, paciencia y madurez que dominan los pasos diarios de quien la representa y ejecuta.
En la vida pocas cosas se saben con absoluta certeza, es el cambio, presentimiento e indecisión la que domina el escenario, se avanza por elecciones asentadas en opiniones y valoraciones propias y, a partir de ahí ¡suerte de no equivocarse!; “puede que nunca sepamos la verdad, sólo los implicados la saben”, por tanto, como invitada observadora, únicamente queda fijar la mirada, prestar atención y dilucidar una opinión propia.
Cálida en lo personal/fría en lo laboral, curiosa en general..., aunque se le achaquen decisivas lagunas y vacilaciones.
No pretende resolver, sólo un esporádico contacto.

Lo mejor; la pareja protagonista, en complicidad y por separado.
Lo peor; abre frentes que no desea concluir.
Nota 6,2



miércoles, 25 de mayo de 2016

Reencontrando el amor

El descubrimiento de un hueso y una pistola, envía a una pareja por distintas aventuras en el transcurso de un fin de semana.


Un desahogo de papás siendo irresponsables.

A veces, encontrar lo que persigues te lleva a dejar de desearlo, a apreciar lo que tienes, a valorar lo logrado; porque se pierde la identidad cuando estás en pareja, porque desaparece el uno en favor de la otra persona, porque no se trata de lo que se quiere sino de lo que quiere esa otra parte de un dueto, que aporta tanta felicidad como agobio, alegría como asfixia, comodidad como opresión amarga.
Cuando necesitas esa velada en solitario, donde dejar de pensar en los demás a tu cargo y ser sólo la que eras, la que tanto echas de menos al estar siempre en compañía, una paz y espacio de decidir lo que apetece sin más compromiso que disfrutarlo; porque estás en ese punto donde necesitas volver a ser tu misma, recuperar la ilusión, volver a tener entusiasmo, ganas de lo mundano para dejar de soñar con un espiritual anhelo que carcome y hace daño por dentro, a una alma cansada de la rutina, agobiada de responsabilidades, harta de ser la jefa que lleva la batuta y siempre interpreta el papel de mala, por tener a su cometido la sensatez y la obligación de las tareas.
Adultos jugando a ser solteros de nuevo, durante breve rato, padres que necesitan recordar su nombre en singular para hallar lo buscado y descubrir qué se pretende, toda una noche de búsqueda que recuerda
la conveniencia, deber y placer de estar -o no- juntos y querer seguir estándolo.
Unidad o parte separada, un guión de Joe Swanberg que centra su obsesión en esa posibilidad de libertad de unas horas para soltar la soja del compromiso y descubrir qué se prefiere; armonioso Rosemarie Dewitt y Jake johnson como matrimonio que necesita un mutuo respiro para echar en falta esas imperfecciones, cargantes y desquiciadas, que tanto pueden dañar una relación, llenarla de mal rollo y ausencia de verdadera comunicación.
Es sencilla, agradable y se disfruta con sintonía imprevista, no pretende lucir falsedad alguna, opta por la sinceridad de dos que vuelven a ser uno momentáneamente, en un prestado lugar de descanso donde salen a la luz las desavenencias mutuas sobre la linea en común elegida, esos decididos papeles cuya interpretación asfixia y distancian uno del otro para que la cabezonería, el misterio, el empeño y la duda den paso al amor que en su día les posibilitó.
“Creo que conozco gente que es feliz”, ellos no lo pretenden, se conforman con lo construido pero
incluso esa aligerada dicha, puede ser potente y suficiente, para almas encajadas que se combinan con la suerte de entenderse y gustar el resultado en común.
Ágil, amable y sin rumbo pretendido logra que en su distendido tiempo se diga todo por lo bajito, sin excesivo ruido pero con contundencia notable, se disfruta su acción calmada, de andadura sin trecho ni dirección, pero que llega a grato puerto; con humildad, banalidad y tropiezo ofrece esa consistencia de afirmar lo que se sabía, pero había sido desvalorado hasta olvidar su importancia.
Historia sobre la pareja, la confianza y la seguridad del contrato adquirido; juegan a ser niños para descubrir que les gusta ser adultos, siempre que puedan ocasionalmente ser irresponsables, sin graves consecuencias de ello.
Pensar en ti para averiguar que tu pensamiento lo ocupa la otra persona, poner en peligro lo poseído para volver a protegerlo; conjunto de nimiedades que dicen mucho sin pretenderlo. Cavando en busca de fuego, para apagarlo una vez hallado. 

Lo mejor; el sosiego y tranquilidad de decidir lo que se desea. 
Lo peor; su densidad es tenue, breve y corta, se requiere más de ella.
Nota 6,2


martes, 24 de mayo de 2016

Freeheld, un amor incondicional

Basada en la historia real de Laurel Hester y Stacie Andrée y su lucha por la justicia. A Laurel, una condecorada policía de Nueva Jersey, le diagnostican un cáncer terminal y quiere dejar su pensión ganada durante años a su pareja de hecho, Stacie. Sin embargo, los funcionarios del condado, que no ven con buenos ojos la pareja homosexual, conspiran para evitarlo.


Débil y torpe, enferma de insignificancia.

Falta de habilidad e ideas para narrar esta historia como se merece y no como flojo cliché tradicional, sin apenas espíritu o ánimo, que cuenta los hechos pero se olvida de hacerlo con atractivo, gracia, donaire y con ese estilo que te hace saborear su respiración y conocidos pasos con gusto y deleite de estar entusiasmada, o al menos gratamente implicada.
Porque emociona, si, estos relatos siempre tocan la fibra sensible del espectador hasta conmoverle y que surja alguna lágrima de afecto, consuelo y estima por sus protagonistas; pero más allá de ese momento de éxtasis empático, que tampoco alcanza enormes decibelios, estamos ante una cinta sosa, apagada e insípida que, ni sabe ofrecer la pasión del enamoramiento con salsa y fervor, ni sabe exponer su lucha por la igualdad de trato con carisma, tensión y con esa determinación de la cual, la primera detective mujer de Nueva Jersey, hizo gala, ostentación y tarjeta de personalidad desbordante durante toda su vida.
Amor, derechos de los homosexuales y una injusticia, enfermedad, dignidad de la persona y hacer lo correcto, todo en la figura de una servicial policía que cree firmemente en su trabajo y en pelear por los débiles, por su comunidad, y que tanto ha contribuido a mejorar su ciudad durante 23 años ¿y
esto es todo lo que obtiene su director Peter Sollet?, ¿toda la originalidad e imaginación que su mente y experiencia direccional le permiten?, y gracias que cuenta con la presencia de una cumplidora Julianne Moore que hace destacar la cinta, por encima de todo, dentro de la anodina puesta en escena y la apatía con que se ha rodado porque, en caso contrario ¡ya ni te digo!, ni para sobremesa de domingo hubiera despertado o nutrido a la audiencia.
Simpleza de contenido y rodaje, en su versión más llana y extrema, y no en el apetente y gustoso sentido de sencillo, sinónimo de simple que valdría encantado, pues la elegancia e interés de una narrativa franca, discreta y sobria hubiera sido de agradecer dada la escasez de talento e inventiva en su planteamiento y exposición, que no pasa de un común estándar excesivamente visto, sin escozor, alteración o semejanza; un relato que se observa pero apenas sientes ya que, demuestra gran inutilidad para airear y explotar todas sus opciones.
Neutralidad posicional que hace del espectador un vidente desganado, casi aburrido, que conoce el final
e intuye el cuerpo, pero no vibra con su inicio, ni palpita con su corazón peleón, ni tiembla con su despedida emotiva.
Basada en una historia real padece de muchas carencias, no defrauda pues es humana y sensible, alguien muriéndose, para más inri de cáncer, y que pelea por dejar su legado a la persona que ama, quien al ser también mujer abre la disputa por lo merecido, por el cambio costumbrista establecido; catálogo que suena con ganas pero, ahí llega su fallo, cuando el encargado de su composición y muestra se conforma con ordinariez y no da todo su exponencial - ni siquiera rueda la suculenta enfermedad con audacia-, únicamente da para una ínfima porción de ella, suficiente para saber de esta valiente pareja/insuficiente para hacerles merecida justicia recordada.
No todos saben cocinar con delicia para el paladar, aunque todos saben mezclar los ingredientes,
encender el fuego y esperar su cocción; aquí se sirve un plato de menú al paso, barato y cotidiano, alimenta la necesidad pero al alma no llena.
Cuando te sientas a ver una película, cuando eliges visionar una historia, solicitas disfrutar y salir complacida, requisitos que no cumple; simplemente se limita a hacer una película.
Mirar sin convicción, escuchar sin pretensión..., holgazán proyecto.

Lo mejor; Julianne Moore.
Lo peor; la pobreza del resto.
Nota 5,2



domingo, 22 de mayo de 2016

Reina Cristina

Coronada en 1633, a los seis años, y educada como si fuera un príncipe, la Reina Cristina de Suecia fue una joven dirigente, enigmática y brillante, que combatió a las fuerzas conservadoras para revolucionar Suecia al tiempo que experimentaba el amor y exploraba su incipiente sexualidad. Huérfana de padre, rechazada por su madre y criada en una corte luterana dominada por hombres. Revolucionaria, estudiosa de las artes y las ciencias, amiga de Descartes, librepensadora, precursora del movimiento feminista..., en síntesis, una nueva europea políticamente visionaria que tomaría una de las decisiones más controvertidas de la historia.


La molestia y martirio de una reina que piensa.

Que guste el personaje ¿añade exigencias a la película, o se disculpan sus pormenores por haber tenido la facultad de darte a conocer al mismo?; aparte está el caso de que ya sepas de ella, que poseas información previa de tan lustrosa figura histórica, pues será conocimiento sentenciador que la juzgue, con demanda variable, según se va observando.
Posturas diferentes que mandan a la hora de apreciar y valorar la cinta ya que, del agradecimiento de quien no sabía nada y lo descubre todo nuevo, al informado, ya sea ligero o experto, que sabe de las circunstancias y hechos hay un desajuste sideral, donde no habrá manera de ponerlos de acuerdo.
Pobre o rica, suficiente o escasa, el argumento se debate entre esa ambivalencia de quien disfruta con lo aportado y a quien, dado su saber previo, sólo ve fallos y carencias; ambos, sin embargo, compartirán la locuaz, penetrante y soberana interpretación de Malin Buska, que ayuda enormemente a curiosear con ganas en su vida y a estimarla y valorarla en conjunto, a pesar de cierta flojedad de asuntos y sujetos envolventes; como particular hallazgo te haces vaga idea del portento, valor y firmeza de la reina Cristina, como general abrazo se diluye su importancia y magnetismo al no mostrar, con contundencia y poderío, toda la envergadura de personalidad, coraje de sus decisiones y afianzamiento de sus convicciones contra viento, marea y todo un imperio en contra.
Con todo es historia, lo cual le hace ganar muchos enteros pues siempre es interesante, cultivador y entretenido que te narren lo vivido y ocurrido en otra época, esos amenos tejemanejes de rivalidades,
disputas, engaños, traiciones y demás dificultades para gobernar un país por heredada corona; presiones políticas, imposición religiosa, despertar sexual, pensamiento propio más esa edad adulta que entra en escena y lo trastoca todo, con la rebeldía, carácter, osadía y entereza de una mujer valiente, revolucionaria, adelantada a la negrura de su tiempo.
Falta cuerpo y madurez sabrosa, de mayor calado y visionado más impactante, un interior más cuidado y profundo, detallado y penetrante que cubra las delicias de esa atención que se otorga pero no se colma; se perciben tintes de lo que fue esta vigorosa majestad, pero apenas sientes o vives con pasión determinada la herencia de su mandato y lo visionario de su actos.
Las artes, las letras, pinturas y libros como cultura deseada para su pueblo, libertad sexual elegida, fin del analfabetismo como objetivo, amén de esa investigación ilustrada y deseo de participar y promulgar descubrimientos físicos y metafísicos que
mejorarán la vida de la gente, un enorme y pesado legado que da para mucho más que una cinta correcta y válida pero que deja mucho, casi lo mejor, fuera o sin gracia y don al ser explicado.
The girl king, la niña rey, que intenta añadir un poco de color a su vida gris, que está en buena salud para concebir pero nunca se someterá al dominio de ningún hombre, que habla y actúa diferente pues, como enamorada devota de la sabiduría de Descartes, busca hallar su glándula pineal, aquel asiento del alma que la prive de amar, sufrir y descorazonarse por tanto mal, rencor y odio que la rodean.
La mujer que no amaba a los hombres, la chica que soñaba con un libro y una pluma femenina, la reina en el palacio de las corrientes asfixiantes..., queda
pobre y limitada en su creado reflejo; el cine sueco sabe plasmar con mayor habilidad y destreza sus historias, a la versionada referencia me remito aunque, por supuesto, es una co-producción alemana, francesa y canadiense, con firma finlandesa y la mencionada Suecia, y puede que ese sea el problema, la colaboración falla.

Lo mejor; la reina Cristina.
Lo peor; poca soltura en todo lo que la rodea.
Nota 5,5


sábado, 21 de mayo de 2016

La última apuesta

Narra la historia de dos jugadores itinerantes a la búsqueda de la partida de su vida en Nueva Orleans.


Ruina emocional, para una caótica travesía.

Aún intento dilucidar ¡cuál es el papel, la incógnita motivación del segundo personaje!, pues claro queda el reflejo de su compañero, ese eterno perdedor que no sabe parar a tiempo y que vive permanentemente en la cuerda floja, asustado y gustoso de esa tensión y adrenalina, desesperación vigorizante que provoca apostarlo todo a una carta, y caer después de haber rozado la cima.
Su invitado de armas y juerga se presenta como esquivo jugador que gusta de jugar, sin más, dejando al margen la victoria, charlatán simpático que emula estar por encima de la apuesta y que disfruta con ser ese duende amuleto requerido que otorga la suerte.
Un carismático, genial y portentoso Ryan Reynolds da vida a esa interesante figura que sabe engañar como nadie, con sus gestos, para evitar las señales que le delaten y así leer, con cómoda ventaja, al resto de sus rivales; para la ocasión un amigo, tanto víctima como aliado, descompuesto desmadre andante interpretado por Ben Mendelsohn con el mismo ímpetu, don y sabiduría que su aliado de diversión y correrías descontroladas.
Pareja excelente que envuelve con carácter y atención ese ir a ninguna parte que se tuerce según rueda, para enderezarse y volver a la loca noria que tanto complace y desborda, ludópatas descritos con talento, intimidad y desgarro emocional por un guión que, si bien no pretende apostar nada, redacta con
maestría a sus personas, a su inquieto estacionamiento, su destartalado avance y lúgubre resolución, que parecen no encontrar nunca meritorio asiento.
Una exquisita música, de aspiración magnética, envuelve ese fantástico tour por las calles que tienen el placer de estar implicadas en sus recorrido, ambiente urbano, puro y vibrante, para una apuesta segura que aparca las luces de neón, los trajes de gala y su esmoquin blanco por el indecoro, la vergüenza, la aniquilación y la esperanza de auxilio de quien volverá a estar derrotado, pues el tiempo corre y su mente le juega malas pasadas para elegir la hora de irse, “el machu picchu”, y no la siguiente tanda.
“Tengo un problema con el dinero”, y no puede parar de apostar, las señales hablan y dirigen, son la cruz consejera para dejarse llevar y perder el norte de una desaparecida lógica cuyo consejo no se desea, pues se ha reducido su voz a mínimos inaudibles.
Anna Boden y Ryan Fleck escriben y ruedan un relato peculiar y diferente sobre el mundo de los envites, el juego y sus inconfesables vicios, donde éste queda casi relegado como excusa ante el poder enigmático
y sugestivo de los personajes creados; individuos de daño anímico y desorden físico que con insistencia se agreden para sentirse vivos ya que “algunos tipos nacen para perder”, y da igual a qué sea, tienta, se saborea, conoce y maneja con asustado entusiasmo, adquirido por costumbre reiterativa.
Espléndidos los actores, una delicia su aroma, sinceridad dialéctica que atrae e hipnotiza a esos oídos encantados con su sonido y con el ritmo emprendido; el argumento no te lleva por donde esperas, realiza paradas inconclusas de quien está perdido, hambriento y se coge a lo que sea; una pareja refrescante, inspirada y enérgica que, como el mejor y más bellos arco iris, saca lo mejor de si mismo tras la tormenta y los nubarrones, justo cuando todo va mal y sabes, intuyes que aún puede ir a mucho peor.
“Gracias por el paseo”, lleno de vaivenes, fraternidad, tropiezos y honesto intercambio de personalidades, posee trucos en la manga, no todo se sabe, parte desconcierta, el resto discurre como puede, caos eléctrico y subversivo de quien circula al máximo, seco por dentro, cogiéndose a un clavo ardiente para seguir entero; incertidumbre razonable de polemista dueto cuyo contencioso se resuelve con verdades, mentiras, deslealtad y franqueza mutua, batiburrillo de emociones y actos que no dejan de
sonar hasta la salida de ese sol traicionero, que no oculta la afrenta y humillación de ser uno mismo.
La última apuesta cede su éxtasis y pasión a la curiosa querencia de sus hábiles jugadores y a sus deliciosas localizaciones.
“El viaje es el destino”, agudiza la vista y afina el oído.

Lo mejor; su banda sonora, su ambientación y ejecutores actores.
Lo peor; el propio relato del juego.
Nota 6,5



viernes, 20 de mayo de 2016

High-Rise

Adaptación de High Rise, novela publicada por J.G. Ballard a mediados de los años ‘70. La historia narra la llegada del doctor Robert Laing a la Torre Elysium, un enorme rascacielos dentro del cual se desarrolla todo un mundo aparte, en el cual parece existir la sociedad ideal.


El deterioro y la perversión de la buscada perfección.



Escalofriante, extraña, curiosa, siniestra, extravagante, provocadora, caótica, loca..., y podría seguir con numerosos adjetivos, que describen y se ajustan a los diversos sentimientos por los que se atraviesa durante su visión.
Sin duda alguna es una sorpresa y todo un deslumbrante acontecimiento el hallazgo de esta peculiar micro sociedad con sus diferencias, roces, disputas y enfrentamientos diarios, que van preparando ese caldo de cultivo que cuece lentamente hasta lograr esa explosiva y candente ebullición, donde será la llegada de la sinrazón, la barbarie y brutalidad salvaje las armas del más fuerte para dominar el terreno; violencia como lenguaje ofensivo para trepar, avanzar, llegar y ganar, pues toda rebelión conlleva destrucción para pasar, subsiguientemente, a la planificada colonización.
Un diseñado desmadre, de acelerado interés y consumo asombroso, dentro de su constante indigestión y cuestionamiento perpetuo de la situación, de su desarrollo, ejecución y desenlace dentro de ese pulgar, que es el crisol de un mañana de entera mano conformada; no deja indiferente, sea la postura que te domine, sean las sensaciones que absorbas, sea la opinión que domine en tu
anonadada mente y estupefacto corazón es atrevida, original, discrepante y abrupta, letal y dominante en ese despertar incisivo atento a sus posturas, hechos, deducciones y corrientes interpretadas según el personaje, la ocasión y el momento.
Toda una revolución de quienes, con determinación, reman contra corriente siguiendo a ese osado líder que burlará lo establecido, para romper las barreras y acceder a derechos y privilegios prohibidos; dignos que buscan la paz, indignos que inician la guerra, peones que se dejan arrastrar, retrato desquiciante de nosotros mismos a niveles aterradores.
Ben Wheatley logra rodar una abrumadora cinta, de fotografía y música exquisita, que juega a diferentes niveles de intensidad ralentizada y eclipsadora para atentar contra la comodidad del espectador y provocarle todo tipo de emociones; desde el éxtasis hasta el pundonor, desde el espionaje hasta la
saturación de quien observa mudo, escucha sin pestañear y reflexiona sin escrúpulos, dado el desaliñado espectáculo que está presenciando.
“Estoy decidido a hacer todo bien”, sentencia un atractivo Tom Hiddleston representante de esa armonía, pulcritud y perfección que se desean hasta que la convivencia irrumpe y provoca esa interrupción de un injusto equilibrio para llegar a mayor desbarajuste, puertas abiertas al libre albedrío tomado por la fuerza y sin permiso; sin ser experta en Ballard y su obra, se admite una creadora fantasía que radia la ostentación y mediocridad por tiempos, al volver toda su estrafalaria andadura, en cansancio monótono, por atragantarse consigo misma.
Tontería o delicia, estúpida o memorable, saldrás con una opinión firme sobre ella, ya sea sabrosa o repulsiva, fantástica o todo un bodrio, sin término medio, aunque si que se coincide en que es colorista,
visual, artificial y numerera; su rompedora escalada es engañosa en sus aportados nutrientes pues, lo que abrazas en principio, sin prejuicios para ver qué entrega y dónde lleva, pierde intensidad e ideas hacia sus tres cuartos, topando con un encerramiento creativo de quien da vueltas sobre lo mismo, al no poder salir de su claustro edificio y adquirir nuevos aportes a su orgía ciudadana.
Con lamento, se queda sin historia y focaliza su obsesión en imágenes desbordantes de la lujuria demente de quien ya no es él o, es él más que nunca.
Difícil de definir, será tu sensibilidad la que marque el límite de lo soportado y su nota; hay inclinación por verla, sugerencia de descubrir qué hay en ella, cuál será tu conclusión sobre ella, aptitud predispuesta a absorber su aroma y ver qué tal..., su posible disfrute es cosa aparte.
Devorado por su propia criatura, aún respira.

Lo mejor; su ofrecimiento visual y musical.
Lo peor; se atraganta hacia el final, sin saber resolver lo planteado.
Nota 6,4



Escuadrón de élite

El veterano policía Serge Buren es el líder de un escuadrón de policías de élite con métodos poco convencionales, y a los que poco les importa “olvidarse” del reglamento a la hora de realizar espectaculares arrestos. Todo se complica cuando unos ladrones sanguinarios roban con facilidad varios bancos y joyerías de la capital.


Partida de cartas, de ganador seguro.

¿Es válida una película sólo para entretener cuando estás viendo a un Jean Reno, de mejores tiempos, hacer un papel muy triste y penoso por su dificultad para desempeñar, a estas alturas, ciertos papeles, como ser el abnegado y desfasado líder de un escuadrón de élite?
Y es que ¡le viene grande!, ciertamente ya está mayor para jugar a polis y ladrones, siendo él una especie de Harry el sucio que lidera a su respetada banda; hasta Liam Neeson ha cedido ya en la interpretación de dichos papeles, esos de duro y héroe, porque reconoce que sería hacer el ridículo según se van cumpliendo años y es que..., la edad no perdona, el cuerpo no aguanta y la actuación se desgasta al vivir de una maltrecha andadura, que ya no porta el sello de esa atractiva y gloria suculenta de estos personajes.
Clásica constitución del equipo, que rueda según lo esperado, estereotipado argumento que no molesta ni desagrada, es acción básica, de trama fácilmente supuesta y anticipada en su resolución; lo sabes y lo aceptas con gusto pues quieres pasatiempo ligero, de diversión media, que ocupe el tiempo y no molesta a una razón que durante su consumo se da de baja, por falta de necesaria participación en ella, pero es que...,
..., cada vez que los ojos le ven moverse -al referido cabecilla- y los oídos recitar el texto, en ese papel de legítimo rompedor de las normas por su eficacia,
bravura, contundencia y valentía, no puedes evitar pensar ¡ya estás mayor para esto!, ¡no se puede ejercer de un John Wayne urbano toda la vida!, que la carne cede y la postura !ya no es la misma!
Respecto al resto, sin novedad alguna, jovencitos en sus respectivas funciones chiché rodeando al abuelo para adornarle y hacer fuerza; su conspiración es elemental y sencilla, su malla no se extiende a complicadas argucias, se mueve con soltura y rapidez y ejecuta velozmente lo que no tiene mayor enredo ni desperdicio aunque, sigue pesando lo mismo en tu recuerdo..., ¡hay reno, que ya no estás para esto!
Buenos y malos, tiros y persecuciones, algún herido/algún muerto, un poco de situación familiar para entrar en calor, el colega fiel y el jefe plasta, gracia por aquí/fanfarronería por allá y ya tenemos el antigang, esa tropa de élite cuyo escuadrón es corriente y plano pero, tanto bullicio y colorido no quitan que el caudillo flaquea, y no voy a repetirme
que cansa oír ¡que alguien ya está grande para ciertas tareas!, aunque a primera vista sea captación obvia.
El conjunto no está mal, aunque tampoco es una lumbrera; en el centro conformista está la clave.
Y el sol sale, y la noche llega, y los días pasan pero ¡uno ya no es el que era!..., perdón, pero no he podido resistirme a su reiterada mención.

Lo mejor; es acción ligera de distracción funcional.
Lo peor; Jean Reno no llega, se asfixia.
Nota 5,1



jueves, 19 de mayo de 2016

Gurov and Anna

Con su matrimonio con Audrey casi a su fin, Ben comienza un tórrido romance con Mercedes, una joven estudiante francesa de su clase de escritura. El asunto pronto se sale de control, sus emociones empiezan a colgar de un hilo.


¿Ama a alguien o sólo juega?

No es muy original el argumento, ni rebusca mucho dentro de su propia idea; un profesor que se vuelve loco de obsesiva pasión por una de sus alumnas, hasta llegar a ese desquicio de arriesgarlo todo por un amor confundido, que resulta más bien ser juego seductor de enganche para la otra parte.
La juventud egocéntrica y manipuladora frente a la madurez cansada que dejó atrás sus sueños, tormento de una frustrante atracción que se trata de evitar a toda costa, hasta caer en la telaraña gustosa de quien gusta gustar y conocer el límite de dicha demencia; todo un juego de control y dominación envuelto en esa semejanza hacia la obra que se cita, The lady with de dog, como excusa para hallar el paralelismo con los personajes Gurov y Anna.
Suave, mimada, de melancólico ritmo para narrar esa tragedia de quien no sabe amar pero enamora a todos a su paso, colérica relación disyuntiva de fuerza y desventaja donde el pardillo cazado sufre, suplica, anhela y cae en esa verdadera oscuridad de la que no hay regreso, pues su cavidad es dolorosa y profunda.
Rafaël Ouellet, cámara en mano, centra su objetivo en esa mirada feroz e indemne, provocadora y astuta que reta a la sinceridad, deseo y angustia de quien le
devuelve el placer de la vista para hablar sin comunicación, únicamente con la seducción de un iris penetrante e indagador y unos labios encendidos y ardientes, que cuentan lo que el habla no se permite expresar con palabras.
Incitación, aflicción y enorme daño emocional para una historia dual, a cuatro bandas, que camina y golpea sin excesivo estruendo; conmoción o coqueteo para un espectador que observa un clásico, decorado con aires intimistas, cálidos y arrebatadores que, aún con su pretendida voluntad de cercanía, devastación, desasosiego y socorro expositivo no levanta sugestión, querencia o reflexión más allá de ese estereotipo de alcanzar lo prohibido, para una vez poseído dejar de interesas y convertir, ese logro, en un maldito castigo de ofuscación que perturba y ahoga.
Andras apergis y Carlo Mestroni, más su buena sintonía en escena, correctos y adecuados para
representar esa domesticación sumisa de quien es abstraído de su aburrimiento para volver a sentirse vivo y probar la agonía del infierno obtenido; estilizada fotografía, muy cuidada en los detalles y enfoques, constantemente arropada por una banda sonora que abraza el drama como introductor a esa esperada caída después de haber tocado el cielo pues, placer de minutos supone condena eterna para una cinta de sentimientos y relaciones inconvenientes que, dentro de su tradición escrita, no supera el umbral de una visión plana y cómoda que no excita, altera o acongoja al espectador con el protagonista.
Sufrimiento sin estallido, desazón sin suplicio, ligereza de alivio para una visión que no penetra ni vive al máximo la insensatez de su paranoia.
Y el pájaro herido vuelve a por más, hasta que extenuado, sus alas ya no pueden volar.

Lo mejor; la intimidad de sus personajes.
Lo peor; poca excitación o padecimiento para lo realmente pretendido.
Nota 6


Supercondríaco

Romain Faubert es soltero, sin esposa ni niños. Trabaja como fotógrafo para un diccionario médico online, cosa que no alivia su condición de hiponcondríaco. Su único amigo es el Dr. Dimitri Zvenka, pero es una amistad no correspondida, pues el médico quiere librarse de Romain a toda costa, especialmente porque saca de quicio a su mujer.


Objetivo: deshacerse del pesado inoportuno.

Es divertida, mundana, animada y chistosa, te ríes con esa espontánea gracia de quien está pasando un rato agradable y relajado, sin pedirlo ni esperarlo.
Pasamos de un loco maníaco de las enfermedades a un demente enfermo que ya no tiene miedo de los microbios, terapia de choque que utiliza el humor y la ironía como armas combativas, para crear un entorno dicharachero y colérico que entretiene con simpatía, corazón y ese encantado cariño de quien, de poco y básico, encuentra compañía amena y distraída.
Nadie como Dany Boon para representar a ese amigo insoportable, eterno paciente incurable que agobia, desespera y por el que se siente una lástima dulzona de quien quiere olvidarse para siempre de él, pero no puede evitar preocuparse por su salud mental y esa anhelada felicidad espiritual que no le acompañan ni por asomo, cual gafe devoto a quien todo se le estropea.
La ley de Murphy, “si algo puede salir mal, saldrá mal”, si la tostada se cae lo hará por la parte de la mantequilla y, para el presente caso se puede decir que, de tanto estrellarse y volver a darse, nuestro involuntario héroe alcanza una magistral cura de quien, enamorado, hace y dice las fantasiosas memeces que hagan falta para cautivar y encandilar a la doncella, una altruista médica, con complejo de novia de James Bond, que acaba con un tarado cantinflas, de buen corazón, pero manos y pies muy torpes.
Es complaciente dentro de ese tiempo distendido del que no se espera gran cosa, oportuna en su motivo
elegido para crear la comicidad y su burla; empieza con válidas ganas de charlotadas continuas, por su camino la energía bravucona de inicio se tuerce hacia la candidez de ese romance escondido, para proseguir con una aceptable unión de ambas partes en esa comedia romántica, de vulgar y corriente contenido, que sabe jugar bien sus comunes cartas para agradar a la audiencia, si ésta se deja, está por la labor y no dificulta la sonrisa facilona.
Producción francesa, dirigida y escrita por el nombrado referido actor, donde se van dando los pasos adecuados para diagnosticar un aneurisma que acaba explotando de forma benévola y dichosa; se alcanza la sana razón, pero se pierde toda lógica para un amor triunfante -¡hay, que sería de los bellos cuentos si en su final no comieran perdices!, aunque sea en ambulancia con la sirena en marcha- de galopantes baches, que sabe mezclar ínfimas dosis de unos ingredientes bien conocidos por el protagonista intérprete -es su especialidad- donde, para actuar y recitar lo de otro, mejor se invierte en uno mismo, que la experiencia va creando habilidad y manejo de dicho género y arte.
Mando funcional para situaciones, escenas,
acompañantes y excusas ya vistas pero que continúan creando ese entusiasmo ligero y breve, de descanso y comodidad disfrutada; no arriesga, va a lo seguro, su éxito “Bienvenidos al norte” no se repetirá, pero es segura la aparición de esa carcajada generosa que, aún admitiendo la flojedad del argumento y su tontería, da en el clavo y..., confirmado, te ríes con esa espontánea gracia de quien está pasando un rato agradable y relajado, sin pedirlo ni esperarlo.
Exagerada y estrambótica, un desastre incompetente de líder, que en su negada utilidad produce un óptimo recreo.
Supercondríaco, tratamiento: dosis disminuidas de alegría, fuera preocupaciones y besos por doquier, cuantos más ¡mejor! 

Lo mejor; cumple eficazmente su cometido de distraer.
Lo peor; se conforma con un argumento barato, de circulación acelerada, sin exprimirlo en su profundidad.
Nota 5,2



miércoles, 18 de mayo de 2016

Capitán Américan: Civil War

Después de que otro incidente internacional involucre a Los Vengadores, causando varios daños colaterales, aumentan las presiones políticas para instaurar un sistema que exija más responsabilidades y que determine cuándo deben contratar los servicios del grupo de superhéroes. Esta nueva situación dividirá a Los Vengadores, mientras intentan proteger al mundo de un nuevo y terrible villano. Tercera entrega de la saga Capitán América.


Descontrolada justicia, para apaciguar personales víctimas.

Me preocupaba su visión, me apuraba un posible fraudulento consumo, es más, me acerqué a ella con miedo y cuidado después de pensarlo mucho, pues temía el desengaño de la anterior y una decepción, intuida por prejuicio anticipado, dado los daños colaterales sufridos con su mayor hermana que todavía pesan, con fuerza, en la memoria; pero no, estaba equivocada, por suerte para quien escribe esta crónica satisfecha, se lo han currado.
Han puesto empeño y buen trabajo argumental en ella, han tenido, en esta ocasión, más gracia, idea e ingenio para combinar a toda la trope vengadora; cierto es que la causa no es original ni nueva, se lleva mucho últimamente pensar en las víctimas inocentes de los superhéroes y en someterlos a supervisión y leyes manifiestas, tema por otro lado un poco absurdo pues, alguien que no es de aquí o posee poderes extra terrenales, veo difícil pueda ser sometido a la voluntad terrestre, aunque claro, se les supone una ética humana y un corazón sensible del que no pueden evadir la moral de su conciencia.
Pero, más allá del asunto, ya un poco reiterativo, de los daños, muertos y desperfectos y la responsabilidad sobre todo ello, está la cuestión de la acción, emblema que debe lucir por encima de todo ya que es su fuerza, etiqueta y exquisita tarjeta
mayúscula de presentación, amén de ser, al tiempo, su posible talón de Aquiles; y aquí, momentáneamente y al inicio, se vuelca más hacia ese mencionado designio, corroborado por unas imágenes que no ocultan el torpe uso del ordenador para ciertas peleas, golpes y enfrentamientos; cierto también que, conforme entras en calor, ya de lleno, ésta mejora consistentemente y es un placer goloso observar y disfrutar de unos contra otros, de ese ingenio irónico, de combate entre amigos que se aman, respetan y creen fielmente en sus motivos para llevar a cabo sus actos, ¡vamos!, que olvidas rápidamente ese resquemor de principio.
La venganza pretende consumir a los vengadores, convertir lo mejor de ellos en justiciera voluntad que cada uno decide llevar a término por su cuenta, el grupo se quiebra, la amistad se pone en juego, el ego interior está en duda, lo personal se vuelve principal, lo demás es secundario, derribar un imperio por un corazón roto de alma herida, lo correcto, lo justo, lo propicio, conveniente..., la
familia como núcleo clave de todo el andamiaje, pues siempre estará allí cuando se la necesita, no importa dónde, cómo o cuánto hace de su contacto, son hermanos y son fieles, no se abandonan/nunca defraudan.
Anthony y Joe Russo cuentan con un guión audaz y estoico, sabiamente sazonado para manejar a tanta estrella; saben coordinarlos con destreza, humor y gancho, candente motivación que se agradece y aprecia, al no limitarse a unir las piezas y hacerlas saltar y correr sin orden o aliciente más allá de la esperada taquilla.
Inteligente, divertida, serena y de combinación maravillosa, camina con talento, usa con desenvoltura su humor interno, acopla con suculenta delicia las artes y habilidades de cada particular héroe, razona, late, siente y vigoriza su espectáculo en aceleración progresiva, de aptitud generosa, hacia ese súmmum combate, colosal en estilo, articulación, bromas y enganche de adultos cabreados y peligrosos, pues todos creen tener la razón de su parte, más un inesperado crío, que habla por los
codos, mientras alucina por codearse con las estrellas mayores.
La perspectiva social, económica y política, las rencillas sufridas, las intolerables pérdidas, la firmeza ante la presión, resistencia que obedece a una intuición basada en experiencia, deudas acumuladas en un guión fantástico que los hermanos Russo llevan con determinación, categoría y lucidez rica a la pantalla; se disfruta enormemente, se agradece la mejoría y borra el desaborido recuerdo de su antecesora, una era de Ultrón barrida por una Civil War vivida en imágenes, sentida en contenido, gozada en conjunto.
Con gran presión y responsabilidad en su nacimiento, espléndida.

Lo mejor; la mejoría de un guión maduro o reflexivo.
Lo peor; su inicio combativo deja señales del dirigido ordenador que hay detrás.
Nota 6,9


martes, 17 de mayo de 2016

La venganza de Jane

La joven Jane está casada con uno de los tipos más peligrosos del Oeste. Un día su marido regresa a casa con 8 heridas de bala. La banda del cruel Bishop lo ha acribillado y es cuestión de tiempo que vengan a rematar la faena. Jane decidirá no esperar a que venga e ir directamente a por ellos. 


Sintonía que envuelve sin sobresaltos.

Empezamos directo al grano, para no perder tiempo en escenas de relleno, sin preámbulos ni rodeos vamos al asunto, nos preparamos para la defensiva venidera reservando dar explicaciones aclaratorias por el camino, conforme el roce y acercamiento despiertan a la memoria y se avanza en un relato de pasiones contenidas, de amarguras sufridas y de revelaciones que van poniendo cada pieza en su sitio, para que todo encaje y ofrezca ese armonioso puzzle de vista apta y competente, que no rebusca en el esfuerzo.
La fotografía en el género western es importante, es el dictatorial personaje que aporta el alma seca, árida y agria que con escozor viste y seduce, quien dispone el tapete sucio, arenoso y desvalido para jugar la parcial partida, siempre injusta en número de combatientes/sobrada de carácter y latente ofensiva; y aquí, el dibujo base para toda la jugada imaginada cumple con validez su cometido aunque, la verdad, más que una del oeste es un verdadero drama romántico, impera poderosamente la tragedia de sentimientos profundos y resentidos, añorados y revividos con fuerza e intensidad en su tiempo invertido, hasta que, por supuesto, se abre fuego, los disparos mandan y hablan por si solos.
Es entretenida la preparación del enfrentamiento, lo que se conoce y aporta a través de ella, simple y corriente no deja de ser un borrador o copia de
hermanas más lustrosas; común historia donde tenemos a Natalie Portman que, sin apenas estropear su maquillaje y despeinarse sólo cuando ya no cabía remedio, capitanea el argumento con la valentía de una madre, el coraje de una esposa, la osadía de una quebrada prometida y la venganza de una mujer que no olvida, ni perdona y se ha reconstruido a si misma para sobrevivir y esperar ese ardiente y doloroso acto de poner a cada cual en su sitio.
Porque “la gente buena no se vuelve mala” pero si ajusta cuentas, aunque el débito se adivina de memoria, nada nuevo o interesante refleja; camino de huellas previstas que llevan a donde sabes, con esa adherencia e interés que te hace prestar atención a pesar de adivinar la lección por anticipado pues, no importa ya sepas destino, armas y pronostiques la función y su desenlace con descarada inocencia, te resulta agradable de oír, gustosa de ver y adecuada en conjunto, dentro de su ligereza de argumento y pobreza de contenido.
Tres hombres rodean a la heroína femenina, figura
reivindicativa de moda que no logra grandes decibelios ni atronadores relámpagos, a pesar de la tirantez y nervio que la misma pretende; un disfrazado Ewan McGregor que vivió tiempos mejores, un poco participativo Noah Emmerich como rescatador oportuno y un poderoso Joel Edgerton, quien cubre sobradamente las demandas de la audiencia como herido y traumatizado, fiel y seguro compañero de corazón y revolver, que no duda y satisface en esa sobria actuación de príncipe destronado que, por una mala pasada del destino, vuelve para descubrir lo oculto y recuperar lo que es suyo.
Adalid de pistolas que cabalga en solitario para hallar a su pareja y marcar rumbo, describe correctamente sus pautas, no deja nada fuera pero tampoco aporta novedad alguna; se prescinde de una originalidad que hubiera dado alas, brío y ardor a este clásico, tan previsible y llano que su tradicional escrito no pasa de correcto, habitual y válido, como pasatiempo que
no demanda grandes mareos al pensamiento.
Ella no excede en llegar lejos, en arriesgar, penetrar o en subir la cima de la colina, a lo más alto; tampoco lo hará una razón que permanece estable, acomodada, grata y concluyente en su veredicto: limitada en sus flashback temporales, distrae, ameniza, por momentos recuerda el placer y delicia de este género y cumple adecuadamente con su propósito aunque puede que, en su flojedad constructiva, según narra y busca la concordancia dichosa de sus inocentes golpeados, pierda parte de la ácida exquisitez y tormento atractivo que siempre envuelve a estos ave fénix que resurgen de sus cenizas y lo destruyen todo a su sonoro paso bendito.
Fácil de ver, no inspira-no molesta; deja fuera lo complicado, busca simpatizar con la concurrencia con un equilibrado relato.
Jane got a gun -la traducción española la dejamos aparte-, jane tiene un arma aunque, su ir a por todos escasea.

Lo mejor; su respirado ambiente.
Lo peor; ser recatada y modesta en su historia.
Nota 5,6